Coro Rubio parte de la base de que la identidad vasca, como cualquier otra, no ha de entenderse como una propiedad intrínseca de los sujetos pertenecientes al colectivo en cuestión, sino que es la resultante de un proceso selectivo de construcción discursiva que otorga significación y relevancia
política a tal o cual rasgo
cultural y, por tanto, identidad y diferencia han de verse como una producción social contingente, dirigida por agentes históricos concretos. En este sentido, es probable que los «vascos» de 1900 no fuesen muy distintos de los vizcaínos, guipuzcoanos o alaveses de 1800. Sin embargo, entre esas dos fechas algo había cambiado, al menos en el imaginario de sus élites políticas. Un cambio que, si nos situamos en los dos extremos del arco ideológico, se traduciría sin duda un vuelco espectacular. Así, mientras que los primeros liberales bilbaínos o vitorianos se enorgullecían de su condición de ciudadanos españoles, cantando las alabanzas de la nación (véanse, por ejemplo, los periódicos
El Bascongado y el
Correo de Vitoria , 1813-1814), apenas ocho décadas después Sabino Arana sostendrá en un periódico de Bilbao que «los bizkaínos no somos españoles ni por la raza, ni por el idioma, ni por las leyes, ni por la historia» (
Bizkaitarra , 1893), proclamando por activa y por pasiva un odio sin límites hacia España. Aunque las posiciones de los constitucionalistas del año 12, por una parte, y las de Arana y sus seguidores, por otra, fuesen en su momento francamente minoritarias
[ 5 ] , parece innegable que a lo largo del siglo el clima se ha transformado radicalmente. Y en ese cambio de clima -junto a las decisivas transformaciones en el contexto sociopolítico- le correspondería un papel esencial a los diversos avatares del fuerismo, que desde esta perspectiva pudieran ser vistos como una larga línea de continuidad entre el constitucionalismo de 1812 y el bizkaitarrismo de 1893. En efecto, si bien, como he intentado mostrar en otras ocasiones, en modo alguno cabe considerar al fuerismo como una suerte de protonacionalismo, es indudable que el aranismo encontró el terreno bien abonado por varios siglos de particularismo foral y, de manera más inmediata, por varios decenios de diferencialismo identitario promovido por las instituciones provinciales, y alentado desde determinados sectores de la sociedad civil.
¿Quiénes fueron los impulsores de este proceso de redefinición vasquista? Una de las virtudes del libro que comentamos es haber agrupado con buen criterio el rico material discursivo en tres bloques, correspondientes a los tres principales sectores sociales involucrados: agentes políticos (patriciado provincial, líderes políticos, instituciones forales), agentes culturales (escritores, periodistas, impresores, folcloristas, pintores, pedagogos) y agentes religiosos (clero vasquista). Aunque no se trate en absoluto de tres universos separados -abundan, por el contrario, los puentes entre unos y otros-, sin duda es una clasificación operativa, que permite apreciar la diversidad de contribuciones y de intereses movilizados en torno a ese objetivo común. Tal vez la mayor y más original aportación de esta obra resida en la importancia concedida por la autora al papel de la Iglesia en la génesis del particularismo vasco decimonónico. Destaca en este sentido la erección del obispado de Vitoria (1862), sobre cuyo trasfondo más político que espiritual caben muy pocas dudas. Se trata de un paso decisivo hacia la formación de esa «Iglesia vasca» que tanto habría de contribuir a la elaboración de los mitos y símbolos de la «vasquidad», foralista primero, nacionalista después (señalemos, a título indicativo, que la popularización del sintagma pueblo vasco fue obra sobre todo del canónigo Vicente Manterola durante el Sexenio).
¿Cuáles fueron las razones últimas de este proceso de construcción identitaria? Las élites políticas vascas tenían indudablemente buenos motivos para impulsar una política de «afirmación de la diferencia», a saber: el mantenimiento y ampliación de un régimen foral que comportaba privilegios muy tangibles en el orden político, económico y social. Privilegios de difícil justificación bajo un régimen liberal consecuentemente igualitario, si bien es cierto que la inflexión moderada del liberalismo español desde mediados de los años cuarenta propició un entorno político-cultural más favorable para la penetración del discurso fuerista. «El argumento que [tales élites] utilizaron podría resumirse así: poseemos unas leyes singulares porque somos un país singular, un pueblo singular, y no pueden destruirse aquéllas sin agredir gravemente a éste, pues forman parte esencial de su propia naturaleza» (pág. 24). Como se ve, estamos ante un razonamiento circular, que invierte la relación causa-efecto. La singularidad de los vascos no residiría ya en el hecho de gozar de fueros exclusivos, sino que, por el contrario, si gozaban de especiales beneficios ello se debería precisamente a sus peculiaridades identitarias. Eran privilegiados por singulares, no singulares por privilegiados.
La pervivencia extemporánea de la foralidad, que constituye originalmente la base de la diferencia política con los demás españoles (jurídicamente consagrada por primera vez en época constitucional por la ley de 25 de octubre de 1839), se utilizará luego paradójicamente como un argumento central -los famosos «derechos históricos»- para realzar una supuesta diferencia de carácter ontológico. No es preciso decir que, por elevado que fuera inicialmente el grado de coincidencia de los códigos identitarios vasco y español, y por mucho que la «vasquidad» apareciese todavía como una forma especial de «españolidad», el desenvolvimiento de esa lógica político-discursiva llevaba aparejada una discordancia creciente que podía conducir finalmente a modelar dos identidades contrapuestas. Mientras que en otras regiones, como Cataluña o Valencia, se mantuvo durante décadas un «doble patriotismo» que, como han mostrado convincentemente Josep M. Fradera, Ferrán Archilés o Manuel Martí, entre otros, pudo servir de base en cada caso a la construcción en paralelo de una identidad dual más o menos armónica (española y catalana o valenciana, respectivamente), en Vascongadas, bajo la acción combinada de las agencias estatales y extraestatales -diputaciones forales e Iglesia local, fundamentalmente- el equilibrio inestable entre esos dos niveles identitarios, regional y nacional, podía fácilmente abocar a un juego de suma cero: a más vasquismo, menos españolismo, y viceversa.
Las cosas, sin embargo, resultan más complicadas y no se dejan atrapar en un esquema tan simple. El discurso vasquista fue uno de los principales discursos identitarios, pero no fue el único. Y no me refiero sólo a otro tipo de identidades sociales o religiosas, sino a las propias identidades territoriales, cuya complejidad es mayor de lo que suele reconocerse. Como sucede en otras regiones, también en el País Vasco ciertas identidades locales muy arraigadas constituyeron un vehículo de incardinación en el nivel nacional. Por ejemplo, el bilbainismo liberal decimonónico alimentó sin duda un particular modelo identitario más españolista que vasquista, muy alejado en cualquier caso del estereotipo vasco impulsado por las diputaciones.