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Revista de Libros 89 Revista de Libros

La singularidad vasca, antes del nacionalismo: identidad y diferencia

por Javier Fernández Sebastián
Revista de Libros nº 89, mayo 2004

Número de páginas: 3
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_« Queremos fueros, dicen los nacionalistas vascos, leyes diferentes al resto de España. ¿Para qué? ¿Qué tenéis que defender? ¿Qué dirección espiritual teméis que se vaya a malograr? Yo no veo más sino que queréis que haya más intolerancia religiosa, más frailes, más procesiones, más entronizaciones y más faramalla clerical de aire judaico. Yo no veo en las provincias vascongadas -y lo siento- un espíritu distinto al mal espíritu español. En San Sebastián como en Bilbao, en Vitoria como en Pamplona, se celebran las frases churriguerescas de Maura, los malos chistes de Romanones y los gorgoritos de don Melquíades; aquí como allá se discuten en los cafés las estocadas de El Gallo y de Belmonte, y en esto no veo que nos diferenciemos nada de Sevilla, de Cuenca y de Guadalajara. Las gracias que se repiten en toda España salen de los teatros de Madrid, y el cuplé, generalmente estólido, de la Imperio y de la Chelito, llegan a Port-Bou y al puente de Behobia. Alguno dirá: "¿Y eso qué importa para la política?". ¡No ha de importar! Para la política verdadera eso es ­todo» [ 1 ] .
Como es sabido, los nacionalistas vascos suelen caracterizar tópicamente «lo vasco» por oposición maniquea a «lo español», hasta el punto de que «el antiespañolismo [constituye la] seña de identidad fundamental del movimiento nacionalista vasco, desde Sabino Arana hasta la actualidad» [ 2 ] . Esto no siempre fue así. Por el contrario, durante siglos el imaginario de la identidad vizcaína era prácticamente indistinguible del de la identidad española: tubalismo, vascoiberismo, vascocantabrismo; catolicismo militante; amor a la independencia y espíritu indómito ancestral; acrisolada lealtad a la corona... No en vano, como mostró Jon Juaristi hace más de una década, los orígenes míticos de la España primitiva que formularon Poza o Garibay en el siglo xvi aparecen íntimamente entretejidos con los de «Vizcaya-Vascongadas» (o «Cantabria», como solía decirse por entonces) [ 3 ] . Sólo desde que, al finalizar la Guerra de Sucesión, la foralidad de las provincias exentas quedó casi como único vestigio de un derecho público especial en el contexto tendencialmente homogeneizante de la monarquía borbónica, comenzaría a despuntar un discurso resueltamente diferencialista , que iba a acentuar crecientemente algunos rasgos históricos, políticos y culturales privativos de vizcaínos, alaveses y guipuzcoanos -frecuentemente, también de los navarros- no ya respecto de castellanos, gallegos, andaluces o aragoneses en particular, sino del conjunto de los demás españoles en general (agrupados a menudo bajo el impreciso gentilicio de «castellanos»). Pero sería la política niveladora y regalista de finales del siglo xviii y, sobre todo, la revolución constitucional iniciada en Cádiz -con la proclamación de la soberanía nacional- la que iba a dar origen a un discurso y a una práctica propiamente fueristas , directamente impulsadas por las instituciones forales. Dinámica sociopolítica y discurso institucional que fueron ya objeto de estudio por parte de Coro Rubio en algunos de sus trabajos anteriores [ 4 ] .
Este nuevo libro de la profesora donostiarra trata precisamente de los comienzos de esa discordancia identitaria o, para ser más precisos, de la construcción discursiva de una identidad «vasca» diferenciada de la identi­dad general española, diferente también de las identidades previas de menor radio, entre ellas la relativa a cada uno de los espacios forales (es decir, de las identidades provinciales , cristalizadas no sin conflictos a lo largo de varios siglos). Para ello fue preciso un proceso de redefinición que asimilara idealmente como vascos al aldeano vizcaíno o guipuzcoano, al pastor o al viticultor alavés, al marino bilbaíno, al comerciante donostiarra, al pescador bermeano, al ecle­siás­­tico, militar o escribiente vitoriano... De las Encartaciones al Goiherri, de Laguardia a Fuenterrabía (e incluso más tarde, para algunos, de Tudela a Bayona), todos serían «vascos» -de­nominación, por cierto, que a princi­pios del ochocientos se reservaba en el uso corriente para los basques de Francia- y, qua vascos, marcadamente distintos de sus vecinos burgaleses, santanderinos o riojanos. El proceso de identificación «interior» - id est , de difuminación del ima­­gi­nario correspondiente a las dife­rencias locales- comportaba, pues, inseparablemente la otra cara de la moneda: la diferenciación «externa». Se trataba, en suma, de hacer que -puertas adentro- apareciesen como fundamentalmente semejantes los que antes eran percibidos como diferentes, y como sustancialmente di­ferentes los que -puertas afuera- antes podían verse como semejantes. La fluctuación de los nombres aplicados a la región a lo largo del ochocientos - Vascongadas, Irurac-bat, Provincias Hermanas, País Vascongado, País Vasco, Vasconia, Laurak-bat, Euskalerría, Euskeria, Euzkadi ...- y la falta de acuerdo acerca de sus límites -geográficos, humanos y sociológicos- dejan adivinar que esta reconceptualización no resultó fácil ni estuvo exenta de titubeos ni conflictos. Sin embargo, aunque en este terreno nada pueda afirmarse con total certeza, no faltan indicios de que la nueva autovisión de la región y de sus gentes -referida sobre todo a la fracción autóctona de la población- había logrado calar a finales del ochocientos en amplios sectores. Sea como fuere, según Rubio, la singularidad vasca decimonónica reposaba esencialmente sobre tres argumentos: 1) los fueros (y la historia mítica que los acompaña y justifica); 2) la fortaleza de su fe católica, y 3) la lengua euskara (funcional para los dos primeros ingredientes del cóctel foralista, puesto que, por un lado, la pervivencia del vascuence es esgrimida como «prueba» de que los vascos no fueron conquistados por ningún otro «pueblo», y, por otro, constituyó para los tradicionalistas una utilísima barrera espiritual para preservar a la población rural de la contaminación ideológica del liberalismo y la impiedad moderna).
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NOTAS
  • [ 1 ] Pío Baroja, Momentum catastrophicum [1919], en Obras completas , ed. de José Carlos Mainer, Barcelona, Círculo de Lectores, 1999, t. XIII, pág. 678. Por la misma época, Rafael Sánchez Mazas sostenía que, a causa de la «política de familias» y el rechazo al moderno individualismo, contrariamente a las apariencias, Bilbao era «en el fondo, mucho más que Burgos o Toledo, una de las ciudades verdaderamente tradicionales de España» ( Apología de la historia civil de Bilbao , Bilbao, Biblioteca Vascongada Villar, 1969, págs. 219-221 y 235-236).
  • [ 2 ] José Luis de la Granja, «La idea de España en el nacionalismo vasco», en Nacionalismo e imagen de España , Madrid, Sociedad Estatal España Nuevo Milenio, 2001, págs. 37-62.
  • [ 3 ] Jon Juaristi, Vestigios de Babel. Para una arqueología de los nacionalismos españoles , Madrid, Siglo XXI, 1992.
  • [ 4 ] Revolución y tradición. El País Vasco ante la Revolución liberal y la construcción del Estado español, 1808-1868 , Madrid, Siglo XXI, 1996; Fueros y Constitución: la lucha por el control del poder (País Vasco, 1808-1868) , Bilbao, Universidad del País Vasco, 1997.

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