En un tiempo en el que Joseph Ratzinger, para subrayar la inherente violencia del islam, cita a un emperador bizantino que intentaba detener la conquista islámica de sus territorios y lo hace con el fin evidente de defender la identidad cristiana de la civilización europea; en un tiempo en el que una personalidad política de este país manifiesta que le gustaría que los musulmanes pidieran perdón por haber conquistado la península Ibérica (¿deberán pedir perdón también, quizá, los romanos?), la lectura de un libro como el aquí reseñado, dedicado en buena parte a una conquista islámica, adquiere inevitablemente una especial resonancia.
Y es que las palabras de Ratzinger y de Aznar, y tantas otras, se encuadran en un extremo, es verdad, del debate sobre la cuestión del islam y de sus relaciones con Occidente, debate que no hace sino acrecentarse alimentado por una cadena constante de acontecimientos que están afianzando el sentimiento de enfrentamiento e incompatibilidad. Las posiciones se radicalizan y, por más que las voces autorizadas intentan hacerse oír, no conseguimos adquirir una imagen más clara de qué es el islam o el mundo musulmán, ni siquiera el más cercano o el que forma parte de nuestra propia historia. Asistimos a una inflación de publicaciones sobre el islam, al tiempo que a un fracaso sobre toda tentativa de comprensión real, de aprehensión cognitiva que pueda enriquecer, si no desbloquear, el debate. En parte, todas estas tentativas fracasan porque reproducen una visión de las civilizaciones como un bloque coherente, de características esenciales, entidades distintas dotadas de una cultura específica, no contingente sino esencial, inalterada e inalterable. El debate no refleja, como sería de desear, la naturaleza histórica y, por tanto, fluida y contingente de estas civilizaciones y de estas culturas que además son compuestas, complejas, productos del mestizaje incluso en los períodos de conflicto y máximo enfrentamiento. En cualquier caso, el concepto de cultura, incorporado al debate político, adquiere las características de un sistema lógico, internamente coherente, permanente en el tiempo, inmanente. Desde esta perspectiva, el islam aparece como una cultura intraducible, incompatible. Lo que demuestran los términos actuales del debate es que es la propia noción de cultura la que necesita ser repensada a fin de evitar cuanto antes el riesgo, en el que ya hemos incurrido, de estar haciendo del concepto así acuñado de «cultura» un equivalente del término «raza».
No creo que Eduardo Manzano, historiador medievalista, tuviera este debate en mente cuando empezó a escribir este libro aunque, desde luego, puede deducirse dónde se situaría. Sí tendría en cambio, sin duda, en mente el famoso debate sobre al-Andalus que comienza en el siglo xix y que se ha recrudecido en años recientes en conexión con este sentimiento de enfrentamiento e incompatibilidad con el islam que dista de ser específico de España, aunque aquí adquiera características propias. El interés por al-Andalus, es decir, por el territorio de la península Ibérica regido por un poder político islámico, renació a mediados de los años setenta. Para un país que salía de cuarenta años de homogeneidad forzada y de un concepto de identidad nacional de ingredientes muy limitados y demasiado estrechos para una buena parte de españoles, la imagen mítica de una Edad Media peninsular, en la que convivían en interrelación positiva etnias y religiones diversas, cobró un nuevo atractivo en nombre de la «tolerancia» y la «convivencia», y al-Andalus se convirtió casi en un modelo de comportamiento, en un paraíso perdido y edulcorado. Proporcionaba ocasiones para fastos y celebraciones, brindaba además especificidades e identidades separadas a diversas regiones hispanas y, por tanto, a las élites que quieren ejercer el poder sobre ellas. Poco tienen que ver historia y mito; como todo mito, el de al-Andalus propone un modelo que sublima aspectos de la historia para justificar un programa político. Muchas y diversas voces se han alzado autorizada y ajustadamente contra esta sublimación de al-Andalus y sus «tres culturas», con poco éxito. Porque, al mismo tiempo, se ha producido una suerte de «contra-mito», o más sencillamente, se ha revivido el mito contrario, que justifica también un programa político y que se alimenta del pensamiento reaccionario decimonónico revitalizado por los miedos que provoca el creciente multiculturalismo y la globalización de la violencia de signo islamista. Han ido a buscarse a la historiografía de hace más de un siglo argumentos históricos que legitimen una postura de dureza frente a estos nuevos desafíos. Ni que decir tiene que son fáciles de encontrar. Siempre puede extraerse de la historia lo que a uno le hace falta si lo recorta y descontextualiza adecuadamente, siempre pueden encontrarse barbaries perpetradas por los unos y por los otros. Los textos o los episodios que forjan identidades de exclusión a lo largo de la Edad Media son tan numerosos y frecuentes que constituyen una verdadera mina para aquellos que quieran justificar la intransigencia o lo inevitable de la confrontación actual. El título más significativo de este tipo de publicaciones es el de César Vidal, El islam contra España. De Mahoma a Bin Laden , en el que se enuncian y desarrollan las posiciones que Aznar defendió en Georgetown en septiembre de 2004 («el problema de España con Al-Qaeda empezó hace mil trescientos años»), pero hay muchos más, como también hay muchos que hablan del «esplendor de al-Andalus» o de su calidad de «ornamento del mundo». Ambos géneros son fáciles de identificar si el lector hojea las referencias y la bibliografía: no hacen nunca uso de nada que se haya publicado hace menos de veinte años, sobre todo en lo que se refiere a la bibliografía especializada.