Una de las particularidades de la carrera de Borges es que su «apoteosis» como persona pública, hombre de letras, erudito ciego, conferenciante internacional, etc., coincide con su declive como escritor. Los premios que le llegan a finales de los años sesenta y durante los setenta y ochenta son en gran medida retroactivos, por obras de décadas anteriores. En El hacedor (1960), quizá su último libro importante, Borges propone la famosa parábola de que al «otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas». Bioy asiste algo desconcertado a este desdoblamiento y empieza a disentir más a menudo. En 1966 le aconseja a Borges que se esfuerce por no repetirse: con el tiempo, lo previene, son las manías las «que escriben a través de uno» (2 de octubre de 1966). Borges, fiel a sí mismo, hace oídos sordos. Es como si hubiera quedado atrapado en su propio cliché. De esa trampa lo ayuda a salir, improbablemente, un traductor norteamericano, Norman Di Giovanni, quien además se convierte en su secretario. Con él redacta Borges su «Autobiographical Essay» y cotraduce cuentos al inglés. Di Giovanni, cuya ambición era innegable, no es muy popular entre los exégetas de Borges, sobre todo en Argentina; pero Bioy le tiene simpatía y reconoce que a él le debe Borges «el estar escribiendo cuentos» (13 de noviembre de 1974). El traductor desempeñó, por último, un papel decisivo en la entrada de Borges en el mercado anglosajón. Y entonces la apoteosis fue completa.
Borges viajó por Estados Unidos dando conferencias, recibió doctorados honoris causa de varias universidades europeas, conoció Japón e Islandia y visitó varias veces, junto a María Kodama, la ciudad de su juventud: Ginebra. Aunque parezca paradójico, es la etapa más triste de la amistad con Bioy. No sólo porque las ausencias impiden la conversación. Antes fructífero, el diálogo se vuelve casi un monólogo; Borges está viejo y no escucha, se repite, olvida las cosas. Incluso se disipa la ironía que lo había llevado a decir: «Vos y yo nos estamos pareciendo a Bouvard y Pécuchet» (10 de diciembre de 1962). En una oportunidad, después de despedirlo camino de España, Bioy anota: «Este viaje, como el mío el sábado próximo, coincide con supuestos y recelados términos de una época de la vida [...]. Para los dos, de una vida libre y feliz; acaso para los dos, por los azares de lo que puede pasar, de esta amistad de conversar y colaborar diariamente» (22 de abril de 1973). No es el final; aún serían amigos durante más de diez años y hasta escribirían juntos de nuevo. Pero la mecánica ha cambiado. Los últimos años del diario quizá sean los menos destacables, pero Bioy sigue cautivando al lector con sus observaciones. En este libro lleno de humor e inteligencia, hay también espacio para una nostalgia franca y sin sentimentalismo.
Una mención aparte merece la edición casi panóptica de Daniel Marino. Las incontables citas y alusiones están rastreadas, referidas a los libros que usaron los protagonistas y exactamente traducidas cuando hace falta. Si cabe un reparo es que el editor es demasiado discreto; una introducción más abarcadora hubiera sido útil, en especial para lectores no argentinos. Y la falta de un índice analítico constituye un problema importante. Aun así, el conjunto es admirable. De hecho, ejemplifica lo que se echa en falta en las ediciones de Borges, quien aún hoy espera una edición crítica en español y en otros idiomas; la única que se hizo, la francesa de Jean-Pierre Bernès para la colección de La Pléiade, está agotada desde hace años y su reimpresión ha sido neciamente obstruida por María Kodama en un juicio contra Gallimard. Pero cuanto más se retira Borges hacia la historia -y parte de su mundo es hoy irreconocible-, más necesarios se hacen las notas críticas y los testimonios. «Lo que podría hacer -ha escrito Bioy- es sólo contar cómo lo vi yo, cómo fue conmigo. Corregir algunos errores que se cometieron, defender a Borges y, sobre todo, defender la verdad»
[ 3 ] . Su diario, uno de los grandes diarios de la lengua española, es ya «parte integral de la imagen» que uno puede hacerse. El resto, como escribió Henry James, es la locura del arte.