Todos estos aciertos y desaciertos, resquemores, peculiaridades de juicio, iluminaciones y dislates, llegan a conformar algo más que un catálogo de preferencias. «De estas manías [...] resulta la persona», anota Bioy (15 de junio de 1963); y no cabe duda de que de ellas resulta el escritor. Tanto Borges como Bioy, que, en general, secunda las opiniones del primero, identifican con ellas las afinidades electivas de la literatura de cada uno. «Afinidades electivas» es una frase que Goethe tomó prestada de la química para hablar de relaciones humanas; y, como escribió en la novela homónima, «las afinidades sólo son de veras interesantes cuando producen separaciones». No es casual que Borges repudie, por ejemplo, a Goethe. «El Fausto es malísimo», dictamina (29 de mayo de 1962). Pero cuando sugiere que la «jugada» de Goethe fue dejar «muchos libros, para que no puedan juzgarlo [...] por ninguno» (ídem), está proponiendo la intensidad como criterio, y dejando entrever más de lo que era su intención. Porque Borges, que entonces escribía cada vez menos, probablemente tuviera la esperanza de que se le juzgara por unas pocas obras señaladas ( Ficciones , El Aleph ).
Tomemos, a la inversa, esta opinión de Bioy: «En los mejores momentos, Verlaine escribe [...] con palabras llanas, y la poesía no resulta [...] de una alteración del orden normal de las palabras, de una palabra un poco insólita o indebidamente empleada [...]. Es poesía de buena ley, no de utilería perceptible» (2 de junio de 1963). ¿A quién se aplica esa ley sino al que la proclama? Precisamente, el Bioy que escribe estas líneas es el escritor maduro, ameno y coloquial de sus mejores libros, el de El sueño de los héroes (1954) o Dormir al sol (1973); la urbanidad general del diario es, por supuesto, otra muestra de su toma de partido. Borges dijo alguna vez que Bioy estaba libre de supersticiones literarias, pero Borges expone una verdad más prosaica aunque no menos interesante. En realidad, muchas de aquellas supersticiones eran compartidas.
Una de ellas era la sobriedad, la escritura «llana». Ambos contaron en diversas oportunidades que la influencia mutua los había llevado al clasicismo. Borges se alejó así del barroco de Historia universal de la infamia o Discusión y Bioy de los desórdenes anteriores a La invención de Morel . Uno y otro llegaron a avergonzarse de sus obras tempranas, al punto de no permitir que algunas se reeditaran y, en el caso de Borges, de corregir otras para la edición de las Obras completas . Cuando conversan, de alguna forma están saldando cuentas con los excesos del pasado. Y si los firmes dogmas literarios, los rechazos y afiliaciones conforman un costado de la madurez, el otro es la soltura con que, seguros del terreno, se dedican al oficio. Hay mucha diversión reflejada en estos diarios, desde la de escribir juntos relatos bajo el pseudónimo de Bustos Domecq (Bioy siempre sofrenaba las bromas de Borges), pasando por las lecturas compartidas y comentadas, hasta las colaboraciones en traducciones y antologías. Ambos encarnaron la idea del juego literario, como vemos cuando trabajan en la antología Cuentos breves y extraordinarios (1955). En un momento Borges recuerda una historia oriental: «Mañana compro el libro donde lo leí». Bioy: «No: contemos nosotros el episodio y se lo atribuimos a un autor cualquiera» (28 de abril de 1953). Así lo hacen.
Pero no todo es concordia. Un tema en el que difieren hondamente es el del amor en literatura. Bioy escribió en sus memorias que «Borges se pasó la vida enamorado, pero enamorado de verdad, y sufrió muchísimas veces. Sin embargo, tenía un prejuicio en contra del amor en la literatura [...] A veces exageraba y tenía una postura casi puritana contra el amor»
[ 2 ] . El diario ofrece una visión más descarnada. «Para Borges el sexo es sucio. Por mucho tiempo me dejé engañar, porque entendía que lo excluía, en literatura, por ser un expediente fácil, socorrido y un poco necio. No; esa burla oculta, esa vergüenza de que lo tomen por mojigato, [es] un violento rechazo» (29 de diciembre de 1972). El rechazo es más que un prejuicio literario; subyace a varias actitudes de Borges.
Vida y literatura siempre acaban cruzándose. Bioy fue un testigo muy despierto de lo que tanto incomoda a los biógrafos de Borges: sus relaciones amorosas y, en particular, su enigmática sexualidad. Por ejemplo, ni el biógrafo argentino Horacio Salas ni el inglés Edwin Williamson -el más reciente y esmerado de todos - parecen haber tenido acceso a la relación de Borges con la escritora María-Esther Vázquez, a la cual ni siquiera aluden en sus libros. Bioy, en cambio, presenció las zozobras de su amigo en tiempo real y anotó sus impresiones sin melindres retóricos. Extrañamente, el pudor de Borges suele contagiarse a sus comentaristas. Pero Bioy llama a las cosas por su nombre: «Tengo aquí una intuición: la relación con esta mujer debe ser un noviazgo blanco. Con noviazgos blancos quiere retener a las mujeres [...]. Sin comprender la realidad, habla de su trágico destino repetido y de que por una fatalidad siempre aparece un hombre y se las quita. (Una mujer que le dura un año o dos con amor blanco dura mucho; Borges no puede quejarse; debería jactarse)» (19 de octubre de 1963). Tristemente, el diario consigna varias repeticiones del caso.
La vida irrumpe de otras maneras, a veces haciéndose pasar por literatura. El diario registra paso a paso la ascensión de Borges a la fama internacional. El 2 de mayo de 1962, mientras Borges está cenando en casa de Bioy, lo llama por teléfono «una señorita» de Radio El Mundo para avisarle que acaba de recibir el premio Formentor (el premio internacional de editores, ex aequo con Samuel Beckett). Según Bioy, «sospecha que se trata de una broma. Borges: "¿Qué es ese premio?". La señorita: "¿Qué hará con el dinero, señor Borges?" Borges: "¿Qué es ese premio?" La señorita: "¿Qué hará con el dinero, señor Borges? ¿Viajará?"». A Borges empezaba a perseguirlo la celebridad. Dos años después, con motivo del Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes, Bioy anota: «Es la apoteosis de Borges, comenzó el movimiento universal de reconocimiento y ya nada lo detiene» (9 de diciembre de 1963). Al año siguiente, el movimiento aumenta incluso en París, donde la editorial L'Herne le dedica un volumen de homenaje. Bioy contribuye con las reminiscencias «Libros y amistad». Sin embargo, la amistad comienza por entonces a espaciarse. La prueba más concluyente para el lector es la abreviación de las entradas en el diario. Los años 1947-1967 ocupan unas mil doscientas páginas. Los que van de ahí hasta la muerte de Borges en 1986, sólo cuatrocientas.