Pero si es cierto que a Machado no lo vemos crecer y formarse, seguimos, en cambio, paso a paso, con notable intensidad, su acabamiento. Con la República y, sobre todo, con la Guerra Civil, Machado empieza a ser algo más que un sobrio poeta de reconocida bondad y desaliño, y adquiere la envergadura pública por la que lo han venerado las generaciones posteriores. «Uno de los más altos símbolos de esta España transida de dolor», lo nombra un periodista (p. 601). Es la parte más biográfica de la biografía de Gibson: se trata ya de un Machado siempre viejo y enfermo, pero es también su época más abundante en entrevistas, cuando la prensa lo busca y lo exhibe como autor y autoridad poética, política e incluso filosófica. Casi todos los que lo conocen -y fueron muchos- anotan entonces puntualmente los detalles de sus encuentros con el escritor. Desde luego, Machado tiene todavía el «aire lejano» y el «desdén por todas las pequeñas cosas del mundo», que observa uno de sus entrevistadores (p. 523); de pronto, en medio de una conversación animada -anota otro- «Machado se abstrae, como si estuviera pensando en otra cosa» (p. 575). Esta extraña confluencia de publicidad y reserva, del hombre comunicativo y el ensimismado, da lugar entonces a anécdotas tan estremecedoras como la siguiente: unos visitantes, en el Madrid asediado, le anuncian que acaban de oír a su hermano Manuel en la radio de Burgos; Machado cambia de conversación, pero al despedirlos, ya en la puerta, les pregunta ««sólo por curiosidad» qué decía su hermano. «Estaba leyendo unos sonetos patrióticos, uno de ellos dedicado al general Franco». Machado no hace ningún comentario» (p. 576). Apagadamente, a escala diminuta, la pregunta y el silencio reproducen juntos aquel desgarramiento que consume al país y que acabará con la vida del poeta. Curiosamente, es el final, su retirada desde Barcelona hasta Collioure, el pasaje más minuciosamente documentado de esta biografía: cada parada, cada desvío, la (nueva) angustia, los bombardeos, los kilómetros que faltan, la frontera, la llegada al hotel, los últimos días, un paseo hasta el mar, la muerte. Y, sin embargo, el propio Machado parece haber descalificado desde el comienzo su identificación con estos tiempos tan visibles y documentados de su vida pública y privada; es decir, «el día de hoy, en que vivimos demasiado despiertos y nada soñadores» (p. 570).
El misterio, el desconocimiento de la intimidad, la insuficiencia de lo accidental, esa suerte de vacío que la documentación más prolija apenas disimula, constituyen sólo uno de los desafíos de la biografía de Machado. El otro tiene más que ver con lo que efectivamente se sabe; es decir, con lo que Gibson indaga y documenta. Se diría que es la profunda admiración hacia la poesía de Machado y, en presunta ecuación, hacia el hombre que parece revelarse en ella, lo que impulsa a Gibson a emprender esta larga biografía. En el proceso, sin embargo, Gibson, que es un biógrafo avezado y honesto -un biógrafo que descarta «hagiografías» y «apologías pro vita sua » no sólo como géneros escasamente modernos sino, sobre todo, como géneros falaces ( Cela , p. 30)-, se encuentra con inesperadas contradicciones, noticias, acontecimientos que desemparejan aquella ecuación: no cabe duda sobre la grandeza de la obra; el hombre que la hizo, empero, podría ser otra cosa. Gibson registra entonces contradicciones y noticias, pero guarda generalmente silencio sobre lo que representan o lo que denuncian. Estas equívocas elipsis -que no son comunes en la obra de Gibson, ni en las biografías que ensalzan al escritor, como la de Lorca, ni en las que exponen las degradaciones de su persona, como la de Cela- resultan aquí un acierto: permiten al lector sacar sus propias conclusiones sobre el héroe; permiten, sobre todo, que el lector, por su cuenta, dé al hombre lo que es del hombre y al poeta lo que es del poeta. Se trata, en definitiva, de lo siguiente: la figura que construyen estas páginas no sólo es la de un poeta superior, uno de los más grandes; es también la de un hombre débil, inseguro y desplazado, entregado a infelices servidumbres, anclado en criterios trasnochados, víctima no tanto de un dolor trascendental como de unas limitaciones casi (o sin casi) patológicas. Que estas debilidades vergonzantes sean compatibles con aquellos grandes poemas o que sean incluso sus cómplices es acaso la paradoja más enriquecedora del libro. Resumo dos o tres muestras representativas.
Dentro de su propia generación, Machado se relacionó sobre todo con Unamuno y Ortega, pero lo hizo como si fueran sus inalcanzables superiores, gigantes que condescendían a escucharlo (o a leerlo), pero con los que nunca se hubiera atrevido a equipararse. De acuerdo con la documentación de Gibson, sólo acabará disintiendo calladamente de Ortega, incapaz de acatar sus dictados sobre la «deshumanización del arte» o su definición de las «masas» o su absentismo de la Guerra Civil. Más aún, Machado no sólo parece haber llegado algo tarde a la noción esencialista y castellanista de España que divulgó aquella generación sino que, anota Gibson, en 1932 «sigue aferrado al dogma de que Castilla es la esencia misma de España» (p. 495); en 1937, Dolores Ibárruri llegará a parecerle la «mujer española auténtica» (p. 567), y a lo largo de la guerra acusará reiteradamente a los «frívolos» fascistas de vender su patria al extranjero. Entretanto, se han instaurado las vanguardias y ha tomado el relevo la generación del 27. Gibson no se detiene a examinar las relaciones que Machado mantuvo con las dos: le basta con dar indicios, aquí y allá, de la falta de apertura y de sintonía que las caracterizó. Machado -que padecía entonces una «crisis de inspiración» de la que llegó a salir con las prosas de Juan de Mairena y los cancioneros apócrifos de Mairena y Abel Martín- fue duro, por ejemplo, con el surrealismo, dejó ver o entrever su desdén por el barroco y denunció la frialdad intelectual en la retórica poética de sus nuevos herederos: «se dirigen "más a la facultad de comprender que a la de sentir"; padecen la "contaminación" de Paul Valéry y la "poesía pura"» (p. 443). La generación del 27, a su vez, fue respetuosa con Machado, pero no lo encumbró como a Juan Ramón Jiménez. Encontraron en su teatro, en su poesía, más afinidad con el siglo xix que con el xx . Acaso no les faltaba razón; acaso el propio Machado aspiró a vivir o a revivir un pasado español que no había sabido serlo: precisamente en tiempo de vanguardias, Machado concibe a sus heterónimos Abel Martín y Juan de Mairena como (cita Gibson) «dos poetas del siglo xix que no existieron, pero debieron existir, y hubieran existido si la lírica española hubiera vivido su tiempo» (pp. 414-415). Cuando Machado concibe su labor como «la poda de ramas superfluas en el árbol de la lírica española» (p. 327), Gibson entiende que se refiere a los excesos del «modernismo»; quizá aludía más bien a los de Núñez de Arce, Zorrilla, Campoamor y tantos versificadores de segunda fila que entretuvieron las veladas del siglo xix con poemas banales y declamatorios. Más aún, frente a las nuevas frivolidades españolas, Machado -con «cierta ingenuidad», acepta Gibson (p. 340)- se siente mucho más emparentado con las prédicas y pesadumbres rusas de Tolstói, Turgueniev y Dostoievski, que «parecen movidas por un resorte esencialmente religioso, una inquietud verdadera por el total destino del hombre» (p. 574).