Las prolijas biografías de nuestra era -digamos, desde la de Samuel Johnson, que Boswell publicó en 1791- crecieron y se multiplicaron al mismo tiempo que los extensos archivos de las burocracias, los censos, la prensa diaria, todos aquellos registros donde, de un modo u otro, se anotan periódicamente las señas de identidad y los aconteceres de una población. Ian Gibson se ha confesado a menudo apasionado indagador en esos almacenes de datos (la última vez, creo, en la autobiografía novelada que titula Viento del sur. Memorias apócrifas de un inglés salvado por España , donde el protagonista se declara «biógrafo» de profesión [p. 126], y exalta los placeres del archivo y la hemeroteca [p. 155]). Esta biografía de Antonio Machado pone de manifiesto la maestría que Gibson ha adquirido en el oficio: precisa, por ejemplo, cada una de las fechas en que Machado se examinó o dejó de examinarse, los miembros de los distintos tribunales, las calificaciones que le otorgaron, las modestas viviendas que compartió a lo largo de los años con unos u otros miembros de su familia y, desde luego, los nacimientos, empleos, sueldos, matrimonios y defunciones de todos ellos. Más aún, el biógrafo ha recorrido todos los caminos del poeta, los de sus excursiones, sus paseos, sus viajes, sus traslados, para constatar lo que queda y lo que ha desaparecido y lo que el tiempo va desfigurando sin remedio.
Paradójicamente, sin embargo, las biografías modernas son también contemporáneas y deudoras de un fenómeno contrario: lo que Borges llamó «el hallazgo romántico de la personalidad». Es decir, pertenecen a una era angustiada por la secreta, inalcanzable intimidad del individuo. En palabras del mismo Borges (a propósito del ciudadano Kane, contemporáneo más o menos ficticio de Machado y del que todo se sabe y se clasifica, menos la oscura intimidad, que se resiste también sin tregua a las indagaciones de un investigador), se trataba de algo «ya previsto por David Hume, por Ernst Mach y por nuestro Macedonio Fernández: ningún hombre sabe quién es, ningún hombre es alguien». El subtítulo de esta biografía, «ligero de equipaje», que Gibson toma de un repetido verso de Machado, quizá no se refiere tanto a los escasos adminículos que el poeta arrastró por la vida -en aquella era de ampulosos viajeros, cuya itinerancia se ostentaba en las etiquetas de baúles desmesurados-, ni a la última, misteriosa maleta que hubo de abandonar en uno de sus postreros alojamientos, camino del exilio y de la muerte. «Ligero de equipaje» quizá se refiere más bien a otra levedad, mucho más devastadora para el buen ejercicio del biógrafo: un vacío de informaciones íntimas, intransferibles, que obliga a Gibson a inundar su biografía no sólo de cautelosos «tal vez», «acaso» y «quizá», sino de resignadas acotaciones como «hay que suponer» (pp. 131, 150 y 164); «es probable que» (pp. 175 y 176); «podemos imaginar» (p. 165); y, sobre todo, «no sabemos» (p. 169), «no lo sabemos» (p. 187), «nada sabemos» (p. 215), «sabemos muy poco» (p. 531).
Se trata aquí, sin embargo, de un escritor, más aún, de un poeta lírico, y parece lícito conjeturar que dejaría huellas suficientes de su intimidad en una obra de varios miles de versos. Gibson suscribe, en varios pasajes, esta premisa, a veces con precauciones de antiguo profesor de literatura: «Aunque no habría que caer en la ingenuidad de identificar exactamente el "yo" de estos versos con el poeta que los ha creado, es evidente que la angustia que impregna Soledades no se inventa» (p. 150). El problema es que la mera y repetida apelación a esa «angustia», junto a la de una imprecisa «melancolía» y un «estoicismo» oscilante, parece agotar la intimidad revelada por la poesía de Machado. Gibson, biógrafo de considerables recursos, resulta, en esos momentos, un crítico literario de destrezas más limitadas. A diferencia de tantos otros biógrafos modernos, Gibson tampoco se sirve de Freud o el psicoanálisis más que de paso y sin matices: menciona el «inconsciente», que Machado habría descubierto a través de Freud, y una cierta relación, acaso una dependencia, entre la Interpretación de los sueños (1900) y el concepto de los sueños que Machado reiteraría luego en sus versos. Gibson, que reconoce dos «pérdidas» fundacionales en la poesía de Machado -la de la infancia y la de la amada (o la del anhelado encuentro con ella, que nunca se produce)-, no parece, sin embargo, dispuesto a ensayar un análisis de la consiguiente «melancolía» con los argumentos que reúne Freud en otro ensayo tanto más decisivo para los estudios literarios: Duelo y melancolía (1917). Machado mismo confiesa repetidamente su «neurastenia» y su «hipocondría»: Gibson tampoco recurre a Freud ( La neurastenia y la neurosis de angustia , por ejemplo, de 1895) para darles contexto y carácter.
El saldo, entonces, no es pródigo: hacia la página 105, ya su hermano Manuel ha alcanzado una definida presencia y junto a él han desfilado por la biografía toda una serie de personajes de volúmenes densos y precisos -el padre, algunos de los tíos y, más que nadie, el abuelo paterno-, pero Antonio, que tiene ya entonces más de veinte años y suficientes síntomas de sus aflicciones, sigue siendo una figura casi vacía, apenas un hueco, sin otra entidad que la que le otorga su entorno. Gibson citará enseguida a su hermano José, que recuerda, entre los propósitos más firmes de la vida de Antonio, el de «conservar en el fondo de la conciencia la clara visión de la infancia [...], ya que, para él, el hombre era una degeneración del niño» (p. 140). Gibson lo considera «un testimonio [...] clave» (p. 141), pero ese niño fundamental apenas se ha entrevisto en las páginas anteriores ni se entreverá en las siguientes, más que en los pertinaces «recuerdos de un patio de Sevilla» (el limonero, la fuente, las galerías, tal vez unos tules blancos sobre un cuerpo deseado, poco más) y en una o dos menciones del «trivial suceso» (p. 50) de la caña de azúcar: el niño Antonio le pregunta a su madre si la caña dulce que él saborea no es más larga que la de aquel niño que pasa a su lado; la madre le dice que no -«¿dónde tienes los ojos?»- y ese desengaño y esa pregunta ya no lo abandonarán nunca («he aquí lo que yo he seguido preguntándome toda mi vida»).