En primer lugar, la disgregación del poder político en unidades pequeñas genera por necesidad políticas diferenciadas. Quien sabe nadar en ellas tiene ventajas. En un universo de «naciones», con muchos entes de gobierno de pequeño ámbito territorial, en cada uno de ellos habrá políticas distintas que los agentes locales conocen mejor que los foráneos. Pequeñas empresas locales obtienen, así, ventajas competitivas en el mercado, pero no porque son eficientes, sino porque son locales . El nivel de eficiencia decae, porque hay más empresas ineficientes que pueden competir en el mercado local a pesar de su ineficiencia . Pierden los consumidores, que reciben bienes y servicios más caros y de peor calidad. Pierden los trabajadores, que reciben salarios más bajos, porque trabajan en empresas menos productivas. Pierden los empresarios y las empresas eficientes, porque disminuye su cuota de mercado a manos de empresas ineficientes pero con ventajas artificiales. Ganan algunos empresarios mediocres que pueden explotar sus contactos locales, sus ventajas específicas en un mercado provincial para subsistir a costa de los demás. Un mundo donde el poder político está en la «nación» («nación» à-la-Colomer ) es un mundo de pequeños botiguers , con poca competencia entre empresas.
No sólo habrá individuos que se aprovechen de las diferencias entre «naciones»: es que, como grupo de presión, harán lo indecible para asegurarse que tales posibilidades existan. El gobierno pequeño, que el autor viene en llamar «nacional» y yo prefiero llamar «provinciano», está mucho más sujeto a las presiones de grupos locales en busca de ventajas... locales; es mucho más propenso a caer en manos de la congregación de los intereses creados. Esta es, qué duda cabe, una fuerza importante, con toda probabilidad la más importante, en el nacimiento de «naciones». Los grupos que tienen poco poder político en un «Estado» («Estado» à-la-Colomer ) y, por tanto, poca capacidad para establecer regulación en su provecho, estarían interesados en trocear el «Estado» en la medida en que su poder de influencia aumentase en alguna de las partes constituyentes una vez rotos los lazos que las unen (el «Estado»). Esta fuerza centrífuga (el deseo del mediocre de tener más influencia y poder político) está en el origen de muchos procesos secesionistas.
En segundo lugar, además de menos competencia entre empresas, hay más entre administraciones públicas, y eso tampoco es bueno. A cualquier gobierno le gusta que en su territorio se instalen empresas, capital y señores ricos a los que poder poner impuestos y a los que poder vender chalets de lujo. Los gobiernos no sólo compiten pegándose cañonazos (eso al parecer es lo que les gusta hacer a los malísimos Estados, que lo hacen por vocación, como para divertirse), sino que también -y de manera mucho más relevante para el mundo de hoy- compiten atrayendo esos recursos. Lo hacen poniendo impuestos bajos, regulaciones laxas y, en general, haciendo la vida más fácil al capital. Lo dramático es que todas compiten, luego todas hacen la vida fácil a los propietarios del capital, sólo que sin atraer más capital. Compiten todas; yo pongo los impuestos bajos y una regulación muy favorable a las empresas, pero ellos también. Ni yo ni ellos atraemos a nadie, pero los impuestos y la regulación quedan del agrado del capital: el primero que suba impuestos o imponga regulación en vez de atraer, alejará el capital. De hecho, el «imperio» de la Unión Europea nace bastante menos para conquistar galaxias y bastante más como respuesta a la necesidad de coordinar políticas en economías bastante más integradas de lo que el autor parece creer. En ausencia de esa coordinación (centralización de la toma de decisiones), el resultado es una política más conservadora, que está muy bien... si eres conservador. En un ámbito económico tan enormemente integrado como España (en general dentro de los «Estados») es fácil imaginar dónde lleva una descentralización del poder de decisión política: a un mundo mucho más conservador en lo económico, más como Estados Unidos, menos como Europa.
La mera introducción de estos dos elementos hace que el pseudoteorema parezca mucho menos obvio. En la determinación del tamaño de las administraciones públicas hay fuerzas centrífugas y fuerzas centrípetas. El libro sólo considera las fuerzas centrífugas que son «positivas», y aquellas centrípetas que son «negativas». El mundo real es mucho más complejo: muchas de las fuerzas centrífugas son enormemente negativas, más si tienen la fuerza de los intereses creados. Un equilibrio no tiene por qué ser eficiente. Que, tras el estatuto de Cataluña, cada una de las comunidades autónomas vaya a apropiarse de uno propio con similares niveles de competencia no es debido a que el proceso sea «bueno». Se debe a que sobre todas ellas se ejercen las mismas fuerzas, pues en todas hay individuos que aspiran a su parcelita de poder (y todos tienen cuñados con necesidad de empleo), y a que desde cada una de ellas se ve con aprensión que las otras pueden competir mientras que ellas, en cambio, no pueden. « Small » es el paraíso de los mediocres y el infierno de los desfavorecidos. La insistencia en la belleza de la nación pequeña, en el terruño, no tiene nada de « beautiful ». Es soez, aburrida y carente de imaginación, resultado de un romanticismo infantil de trompetita y banderola. No, lo pequeño no es necesariamente hermoso, y siempre es mezquino.
Estoy de acuerdo con el autor cuando sugiere que la desvertebración del Estado es, en España, casi inevitable: las correlaciones de fuerzas son tales que difícilmente se vislumbra otro panorama. También puedo conceder que la existencia de la Unión Europea puede ayudar en algunos aspectos a que esto sea así. Ahora, como muchas veces en la vida real, esta película no tiene por qué acabar bien. Hay un trecho desde entender qué va a pasar hasta sugerir que es «bueno». Porque no lo es.