Dejando de lado las (oscuras) definiciones, la sustancia del libro es una larga reargumentación del viejo « small is beautiful » en vernáculo: « Al pot petit hi ha la bona confitura ». El argumento principal es que las unidades políticas pequeñas son mejores porque son más democráticas, y son más democráticas por dos motivos: (1) porque como las decisiones públicas se toman «cerca» de la población, la autoridad pública es capaz de interpretar mejor los deseos de sus ciudadanos, y (2) porque, al ser sociedades muy homogéneas, el nivel de conflicto entre los ciudadanos es menor y es más fácil acceder a la democracia y mantenerla. Así se llega a lo que podemos llamar el pseudoteorema del nacionalismo pequeñito: (1) + (2) = « small is beautiful ». Argumentaré después que esta ecuación sufre de matemáticas incompletas, pues se tienen que agregar varios factores que -voluntaria o involuntariamente- se omiten (resulta interesante que se trata de factores que nunca omitiría un nacionalista de país grande) y porque parte del argumento es una falacia. Veamos antes, no obstante, dos corolarios que el nacionalismo pequeñito saca del pseudoteorema y que constituyen la novedad del libro.
El primer pseudocorolario es que «los Estados son malos». Los «Estados» son unidades territoriales más grandes que las naciones (en ocasiones da la sensación de que el autor de verdad cree que todos los Estados están compuestos de diversas «naciones»). Estas unidades más amplias son inestables, porque buscan expandir sus fronteras (las naciones no, las naciones no quieren expandir sus fronteras: las naciones son buenas), así que se lían a cañonazos unas con otras, no por motivos «nacionales», sino por motivos «estatales». Claro. ¿Quién le iba a decir a Gavrilo Princip que estaba matando al archiduque Francisco Fernando por una cuestión de expansión estatal, no por nacionalismo? ¿Quién le iba a decir al millón y medio de griegos que fueron expulsados de Anatolia en 1923 y al medio millón de musulmanes a los que echaron de Grecia que esta limpieza y homogeneización étnica nada tenía que ver con el nacionalismo? Es una consecuencia del tamaño de los Estados: como son muy grandes, es muy difícil establecer democracia en ellos: como son grandes, son heterogéneos y, por tanto, los intereses son tan diversos que sólo a bofetadas pueden tomarse las decisiones. Incluso si son democráticos, su gran tamaño hace que las decisiones públicas se alejen de los deseos de los ciudadanos, que pueden ejercer mucho menos control. Los Estados actúan, pues, para favorecer a los grupos de presión que los dominan, mientras que las naciones no. Los gobiernos de las (pequeñas) naciones toman decisiones para mejorar el bienestar de los ciudadanos. De acuerdo con el primer pseudocorolario, las administraciones públicas grandes son más proclives a la corrupción del interés público que las más pequeñas. Total, que los Estados se pasan la vida a bofetadas entre ellos y con sus ciudadanos. Ni el nacionalismo (la obsesión por la identidad colectiva) tiene nada que ver con las bofetadas entre Estados, ni en los pueblecitos hubo nunca caciques.
El segundo pseudocorolario («los imperios son majetes») es un pseudocorolario con salto mortal. Como los Estados son territorialmente expansivos, las unidades políticas en un mundo dominado por Estados tienden a ser grandes: una unidad política pequeña es inviable en un mundo de Estados, porque será absorbida. De ahí la violencia de los últimos siglos, del deseo expansionista de los Estados. Por fortuna, al final intervienen los imperios. Los imperios son una especie de Estado hipertrofiado que ha crecido tanto que es incapaz de gobernar directamente toda su extensión. Por consiguiente, devuelve el poder a pequeñas administraciones (las «naciones») que, al fin y al cabo, son lo eficiente (recuérdese el pseudoteorema). De acuerdo con este segundo pseudocorolario, en las zonas imperiales es posible mantener gobiernos pequeños. El salto mortal radica en que los imperios se postulan, no se deducen. No queda claro el porqué de su generosa actuación. Es caro establecer una defensa, y es caro asegurarse que los miembros constituyentes no se fagociten unos a otros (porque digo yo que dice el libro que es lo que a los Estados les gusta hacer). Uno esperaría que los imperios quisieran sacar algo de todo esto, pero al parecer no. Es verdad que algún imperio no parece estar por la labor, y le da por reprimir las aspiraciones «nacionales» de sus miembros. ¿Lo convierte esto en «Estado»? Es muy confuso. Obviamente, el autor tiene en la cabeza a la Unión Europea, que es una unión de Estados, pero que en la práctica vaciaría de contenido a los Estados permitiendo que «las naciones» (lo que en todo el mundo menos en este libro llaman «las regiones») puedan recuperar su soberanía de forma efectiva y mejorar, así, el servicio a los ciudadanos que proveen los Estados pob reme nte. Pero, ¿por qué querrían los malvados Estados unirse para proveer mejores servicios? Dada la definición de «Estado», cuesta ver de dónde sale la Unión Europea. Es profundamente incoherente.
Pero volvamos al pseudoteorema (1) + (2) = « small is beautiful ». Porque el libro es una arenga que pone énfasis allí donde quiere y niega lo que molesta. Se habla sólo de los aspectos positivos de los gobiernos «cercanos» al ciudadano, de las administraciones públicas pequeñas, pero no habla de las desventajas. Juzgar el tamaño óptimo de las administraciones basándose sólo en lo que se nos presenta es juzgar sin ver toda la verdad, incluso viendo algunas cosas que no son verdad. Es peor que ver la mitad de la película: es ver la mitad mala de la película.
Hay muchísimos elementos que deberíamos incluir en la ecuación, pero hay dos en particular que se me antoja como inconcebible no tomar en cuenta antes de emitir un juicio. Los dos son resultados obvios y bien conocidos en economía y teoría de juegos: impepinables. El primero es que la «devolución» del poder político a las unidades pequeñas desde las grandes (a las «naciones» desde los «Estados» en la confusa y confundida terminología del libro) disminuye la competencia entre los agentes económicos, y que esto incide en una disminución de la eficiencia económica. El segundo es que aumenta la competencia entre los gobiernos para atraer empresas, capital y base impositiva, lo que repercute en políticas económicas más conservadoras: menos redistribución de renta entre ricos y pobres. Examinémoslos por separado.