El libro en realidad son tres. En apariencia, el primero expone una idea que pretende pasar por abstracta y universal; el segundo y el tercero utilizan esa idea presuntamente para explicar dónde van y qué son Europa y España. En realidad, la primera parte reargumenta viejas ideas muy queridas por los nacionalismos acomplejados por su (pequeño) tamaño: van desde «el tamaño no importa» al « small is beautiful » y recuerdan el alegato de un presunto machote acuciado por dudas sobre su capacidad sexual. En todo caso, el autor la convierte en una justificación del nacionalismo en naciones pequeñas y, tangencialmente, en una argumentación de que el tamaño óptimo de los gobiernos es «pequeño». El resto del libro se vale de ese argumento para proclamar que, obviamente, como Cataluña es « small », y como « small is beautiful », entonces «Cataluña es beautiful ». De hecho, el análisis de la evolución política en España desde la transición es muy interesante, y en muchos sentidos lo mejor que tiene el libro, pero su esencia es la primera parte, que es donde el libro tiene estructura y juega a ser «ciencia».
La tesis del libro (de su primera parte) es que el mundo puede dividirse entre imperios, Estados y naciones. Los Estados son malos, ineficientes, se pelean, generan guerras y, en general, hacen a la gente profundamente infeliz. Las naciones son pequeñas y simpáticas. Son buenas, no se pelean entre ellas, no gastan dinero, son democráticas (los Estados aparentemente no lo son), son todas como pequeños cantones suizos llenos de muchachitas con mofletes sonrosados que sonríen y disfrutan de prosperidad. El problema de las naciones es que, al parecer, no tienen un tamaño lo suficientemente grande (porque son pequeñas, claro) como para sobrevivir independientemente. Por eso, durante los siglos xviii y xix, fueron absorbidas por los Estados (malos, malos, ¡malos Estados!). Afortunadamente, en rescate de las naciones llegan (¡taachaaán!) los imperios. Uno podría pensar que eso de imperio suena mal, que un imperio tendría tendencias imperiales, pero no, eso pasa porque uno ha visto demasiados episodios de la guerra de las galaxias. No, los imperios, aunque no son buenos en sí mismos, al final de la película intervienen y hacen posible que los buenos (las pequeñas naciones) ganen a los malos (esos malvados Estados). El truco es que los imperios proveen a las naciones (y al parecer gratis) de servicios de los que antes carecían, y que les permiten independizarse de los (malos, malos, malos) Estados.
Para que nos hagamos una idea: Cataluña es una nación, España es un Estado (y, al parecer, no una nación) y la Unión Europea y Estados Unidos son imperios (ni nación, ni Estado). La idea podría tomarse en serio si se planteara de otra manera, si se dijera que los entes públicos de pequeño tamaño sufrieron un proceso histórico de absorción por parte de entes de mayor tamaño que comenzó en algún momento de finales de la Edad Media y ha proseguido aparentemente hasta la última década del siglo xx , y que la existencia de unidades políticas de ámbito continental (la Unión Europea, la OTAN) hace que hoy en día sea posible la supervivencia de unidades administrativas más pequeñas. No es que en ese caso el libro fuese a contar más verdades, pero parecería menos simplista. La elección de sustativos es importante en un texto tan discursivo, y en este caso se trata de una elección tendenciosa, con mucha mala leche y muy poco sentido común. El libro habla de lo terribles que son los Estados, que han librado guerras constantes durante todo el siglo xx, y alega que si el mundo fuera un mundo de naciones pequeñas tales guerras no habrían nacido. El hecho de que las guerras de las que habla fuesen guerras emprendidas por Estados nacionales por y para la consecución de objetivos nacionales parece ser irrelevante. El truco está en definiciones absurdas tanto por ser contrarias al uso generalizado como por ser incoherentes. Estados Unidos no es ni nación ni Estado: es imperio; y Alemania no es nación, es Estado, y Francia, pues no lo sé, y dudo que el autor lo tenga claro. Los cantones suizos son naciones, Suiza no es nación, es Estado. Japón es imperio, no Estado, no nación. Supongo que las prefecturas japonesas son nación, o quizás Estado...
En el mundo de las definiciones el autor se pierde, y pierde al lector. Se quiere igualar nación con administración pública «pequeña» y asociarla con ideas positivas, y con Cataluña. Aunque, claro, la misma definición debe servir para los Estados alemanes, para las regiones de Francia, de Portugal o de Suecia, para los Estados (¿o los condados?) de Estados Unidos, para las provincias de Argentina, etc. De la misma manera, quiere asociarse la palabra «Estado» con administración pública de tamaño intermedio y con resultados negativos, y con España. Pero, como es obvio, la misma definición debe servir para Francia (que no es nación, ojo, o si lo es lo es sólo para algunas partes del argumento) o Alemania (que tampoco). Por último, quiere asociarse la palabra «imperio» con una administración lejana que, si bien cumple sus (pocos) cometidos eficientemente, es casi invisible en el día a día de los individuos (y previsiblemente no ofendiendo su identidad nacional), y con la Unión Europea. Pero hay que fastidiarse e incluir a Estados Unidos y a Japón (que, además, oficialmente se llama «imperio») y a China (que no es nación). Para que el mensaje de fondo funcione, el autor llama «nación» a lo que normalmente se llama «región», como en «la Europa de las Regiones» que tanto le gustaba (presumo que ya no) a Jordi Pujol. Sin embargo, llamando a Cataluña «región» difícilmente se gana un premio de la Fundación Trías Fargas, como tampoco es fácil ganar premios en Cataluña llamando a España nación.