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Revista de Libros 121 Revista de Libros

El tamaño sí importa: naciones pequeñas, naciones mezquinas

por José V. Rodríguez Mora
Revista de Libros nº 121, Enero 2007

Número de páginas: 5
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Al nacionalismo no se llega: en el nacionalismo se cae; sale del corazón y no de la cabeza. Se vive y se siente, pero ni se llega a él por los caminos del razonamiento y la exposición crítica de la evidencia, ni se toma la decisión de ser nacionalista catalán, o vasco, o español, o ruso, o lituano. Es como en el fútbol, donde es absurdo intentar racionalizar por qué se es forofo del Real Madrid, o del Barça, o del Atleti. Se es, y punto. Por eso sorprende el empeño que tienen algunos en racionalizar no sólo por qué son nacionalistas, sino también por qué los demás también deberíamos serlo. Y no en abstracto, sino en concreto: por qué deberíamos apoyar el nacionalismo de aquí, y por qué no el de allá. El nacionalista catalán nos intenta explicar por qué el nacionalismo catalán es «bueno» (así, en general, para todos), y por qué el nacionalismo español es malo. Y el nacionalista español invierte los términos (aunque la verdad, en Cataluña este viceversa se ve hoy con bastante menos frecuencia). Curiosamente, ninguno parece concebir que alguien sea no nacionalista (de la misma manera que al forofo le parece imposible que haya personas a quienes no les guste el fútbol), pero aun así nos intentan explicar a todos por qué su nacionalismo es el nacionalismo correcto .
Unos y otros generan una literatura absurda, pesada y aburrida que abarca en un extremo el nacionalismo rancio y casposo, la arenga patriotera y burda, chabacana, al estilo de la tradición «romántica» de Rovira i Virgili, que sustituye el análisis histórico por el periodismo dicharachero (y en quien el sueño de la razón produce nombres de universidades) o el inolvidable «derecho de conquista» que proclamaba Torrente Ballester. En el otro extremo está la obra de profesionales competentes a los que la pasión nacional (o el deseo de ponerse medallas ante un nuevo régimen en ciernes) mueve más allá de donde el intelecto debería.
En parte, se trata de propaganda, pues buscan justificar las acciones de «la nación» ante terceros. Y en parte, de arenga, pues intentan reconfortar a los nacionalistas afines e incitarles a la acción. Y se trata también de autoayuda psicológica, pues los nacionalistas inteligentes (que los hay, aunque cuando hablan del tema no lo parezca) parecen desesperados por dar un porqué racional a su nacionalismo. No les basta con desear, sino que desean que su deseo sea racional, que su deseo sea un deseo que es «bueno tener», consecuencia quizá de una incapacidad para aceptar que se es nacionalista sin razón, pero con sentimiento. Pasional, no racionalmente.
Propaganda, arenga o excusa, pero en ningún caso investigación o análisis. El lema es « mi nación es buena», y a él no se llega: de él se parte con argumentos por necesidad sesgados. Se exponen sólo aquellos aspectos que favorecen el leitmotiv mi nación es buena»). Se ocultan o se descartan los que se le oponen, argumentos que dirían « mi nación es mala, su nación es buena». Justifica acciones y quizá tranquiliza y alegra al ya creyente, pero, como mucho, deja perplejo al escéptico. El drama es la falta de universalidad de la argumentación por la necesidad de centrarse sólo en lo que a uno conviene, en estirar y tergiversar para que el resultado cuadre. No es ciencia; ingeniería intelectual a lo sumo.
En éstas se sitúa este libro de Josep M. Colomer, que no es un libro de «ciencia política»: es arenga y propaganda que sólo puede entenderse en el contexto de la política catalana y del entramado social catalán. Una lectura superficial puede dar la sensación de que el tema del libro es la determinación del tamaño de las administraciones públicas (tanto del que sería deseable que tuviesen como del que efectivamente tienen), pero sería incorrecto (y hasta injusto con el autor) quedarse con esa sensación. El libro lo que es en realidad es un alegato a favor del nacionalismo catalán, y como tal ni puede ni sabe proclamar verdades universales. Quizá tiene vocación de ciencia, pero ni es ciencia ni puede serlo. De hecho, en castellano un título alternativo podría ser «Las naciones pequeñas molan, sobre todo la mía, que no es tan pequeña (¡ea!), y además la tuya es fea», pero, claro, quedaba muy largo y poco científico.
Se trata, en todo caso, de un libro honesto que no puede engañar a nadie. Empezando con una introducción improbablemente fechada un 11 de septiembre, fiesta nacional de Cataluña (uno no quiere imaginárselo, pero se lo imagina: un momento de exaltación patriótica, los solemnes sones de Els Segadors como música de fondo) y la solvencia añadida de haber recibido el premio de la notoriamente científica e imparcial Fundación Ramón ­Trías Fargas en su novena edición. En la medida en que el libro es una arenga nacionalista, escrita para que los nacionalistas la disfruten y los incautos se la crean, el libro está muy bien. Lo cierto es que es uno de los libros más inteligentes a la hora de argumentar en torno a las virtudes de la independencia... de Cataluña. De Cataluña, porque para argumentar a favor de la «independencia» y unidad nacional de Alemania, Italia, Estados Unidos, Turquía, India o España se sostendría exactamente lo contrario. Con todo y con eso, algunos de sus argumentos son interesantes, en particular cuando el autor se refiere a las vicisitudes políticas de España desde la transición.
Lo que el libro pretende decir es que Cataluña puede ahora independizarse de una España que fue (pero ya no es) un envoltorio político a medio camino entre conveniente e inevitable, pero que la existencia de la Unión Europea y la dinámica política española de los últimos veinticinco años lo han vaciado de contenido. Se sugiere también que la independencia de Cataluña no sólo es posible, sino que además sería positiva.
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