En el caso de Baroja, como en el de Josep Pla, se produce en la actualidad esta dicotomía. Por una parte, el rechazo del chaqueteo de Baroja o, cuando menos, de su aquiescencia silenciosa a un régimen político reprobable. Un chaqueteo, dicho sea de paso, que, a juzgar por algunas de sus manifestaciones previas al conflicto, no procedía exclusivamente del miedo o de la necesidad de adaptarse a las circunstancias, sino a unas convicciones más o menos ambivalentes, pero innegables. Por otra parte, el reconocimiento casi doloroso de que en medio del naufragio que supuso la Guerra Civil, el exilio y la represión, los tibios y los cobardes que optaron por la sumisión y el exilio interior, como Baroja o como Josep Pla, fueron auténticas tablas de salvación, y, en este sentido, más útiles que quienes optaron o se vieron obligados a adoptar actitudes más radicales. Porque en última instancia, tanto Baroja como Pla, incluso en sus denuestos más antidemocráticos, se expresan en un tono profundamente liberal, un tono cansino, de tertulia privada, en el café o junto al brasero, que contrasta con el tono castrense y la fanfarria multitudinaria y fundacional propia de otros intelectuales de aquella época.
Dicho esto, y dejando al margen su permanente amenidad y su calidad literaria, ¿de qué nos sirve el Baroja pensador o memorialista? Sin duda para entender un período dilatado y convulso de la historia de España, que él pinta de un modo sesgado y fragmentario, pero con magistrales brochazos impresionistas. Algo menos para entender al propio Baroja. Mucho para acotar el terreno de un debate histórico y moral sobre el pasado, que ahora se abre y que por supuesto no se cerrará, pero influirá en nuestra actitud presente y futura.
Y, con todo, para sus devotos lectores, los que compartimos con él el placer por la narración, es probable que al hacer balance de su persona y de su tiempo, ahora que se ha acallado el ruido de botas y puede oírse el murmullo de las conciencias, sea este Baroja, equívoco, evasivo, a menudo irritante, pero siempre próximo, el que recordemos al cumplirse el quincuagésimo aniversario de su muerte.