El cincuentenario de su muerte, ocurrida el 30 de octubre de 1956, coincide con una etapa de renovado interés por la figura de Pío Baroja. De este interés, probablemente desmedido, Baroja nunca se vio libre, ni en vida ni ahora. En vida, él mismo se lo buscó, utilizando una astuta combinación de provocación y retraimiento. En su juventud y madurez fue un polemista feroz; no dejaba títere con cabeza y sus opiniones a menudo eran simplonas, pero siempre categóricas; en su vejez, muy limadas las aristas de su veredicto, se había convertido en el representante de una España perdida irreversiblemente. Hoy, desaparecido desde hace medio siglo el inductor de este icono, las razones no ya del interés, sino de la polémica que todavía le rodea, piden un análisis más matizado, en la medida en que seguramente revelan más sobre nosotros que sobre el propio don Pío. Porque Baroja, narrador extraordinario, memorialista mediocre y pensador de ideas inconsistentes, deslavazadas y contradictorias, hoy parece atraernos más como intelectual que como creador. No se trata, por supuesto, de un desvarío, sino de un desplazamiento de nuestra atención en el que, sin duda, han intervenido varios factores.
El primero es que la narrativa pura tal como la practicó Baroja, que en el pasado fue considerada el espejo de la vida, pertenece hoy al terreno del entretenimiento, y el vacío que ha dejado lo ocupa la escritura autobiográfica y testimonial. Curiosamente, sus novelas siguen leyéndose como novelas, sin que el paso del tiempo las haya recubierto del velo historicista o académico, pero quienes las leen y las disfrutan ya no creen que sean, como en su día fueron, una representación veraz y puntual de las personas y sus circunstancias. A diferencia de sus escritos autobiográficos, que participan de lo real, o de sus artículos y ensayos, las novelas de Baroja sólo son hábiles construcciones de la imaginación y de la técnica narrativa.
El segundo factor, más importante, a mi juicio, es el cambio de perspectiva que paulatinamente -pero de un modo acusado en los últimos años- se ha producido en nuestra evaluación de la Guerra Civil española, sus antecedentes, sus consecuencias, sus vicisitudes y sus personajes, justamente ahora, cuando se cumple el septuagésimo aniversario de su inicio y se debate la ley sobre la memoria histórica. No porque hayan cambiado esencialmente los criterios de valoración política o moral, sino porque una nueva generación y una nueva coyuntura han impuesto una reflexión menos emocional y más abierta a controversias de todo tipo. Es este revisionismo el que ha propiciado la aparición en fechas recientes de algunos textos inéditos de Baroja relacionados directa o indirectamente con la guerra. Así,
Ayer y hoy o
La guerra civil en la frontera , editados por Caro Raggio en 1998 y 2005, respectivamente, o
Ilusión o realidad , un escrito excéntrico que aparece por primera vez inserto en la nueva y magnífica edición de las memorias de Baroja que está sacando la editorial Tusquets
[ 1 ] , y cuyo último volumen, aparecido mientras redacto este texto, incluye también
La guerra civil en la frontera y otra recuperación,
Rojos y blancos , lo que constituye otro ejemplo, quizás el más contundente, de este renovado interés por el Baroja testimonial.
Aunque desiguales, erráticas, una verdadera «cabalgata de impresiones», como las calificó con acierto José Carlos Mainer, y por añadidura bastantes falsas, en la medida en que abundan las copias casi literales de episodios quizá reales, pero ya publicados antes en forma de novela, las memorias de Baroja ejercen un poderoso influjo en el lector contemporáneo, que busca en ellas la clave del pensamiento y la actitud de Baroja ante los hechos terribles en que apenas intervino, pero de los que fue testigo privilegiado por cuanto su talento le permitía legarnos un relato vivo y cabal. Dicho esto, hay que admitir que la lectura de las memorias no despeja el secreto último de este personaje opaco y huidizo.
Ahora bien, ¿existe realmente este secreto? Y si existe, ¿vale la pena esforzarse por descubrirlo? Por supuesto, descubrirlo es lo único que nos autorizaría a emitir un juicio sobre la actitud de Baroja, pero, ¿qué necesidad tenemos de ejercer esta jurisdicción y dictar sentencia? Si fue o no fue franquista, si chaqueteó con el régimen por miedo o incluso por afinidad, ¿qué nos importa ahora?
Aunque unas veces lo admitía y otras lo rechazaba, Pío Baroja fue un conspicuo miembro de la Generación del 98. Sin ser el más profundo de sus pensadores, sí es probablemente uno de los que mejor representan sus virtudes y sus defectos, sus ilusiones y sus desencantos, su intuición y su ceguera. Reclamaban para España una modernización que mal podían entender y apoyaban un sistema político que conocían y en el que creían en el terreno de la teoría, pero que luego, en el de la práctica, les resultó difícil de aceptar. Quizá con su espíritu crítico, a menudo intransigente o aristocrático, estos intelectuales contribuyeron a crispar los ánimos en vez de apaciguarlos. No es probable que una actitud más indulgente o más pragmática hubiese cambiado el curso de la historia, pero es probable que en el ánimo del Baroja memorialista pese un vago remordimiento que él mismo definió con un esquematismo rayano en la estolidez: «A veces protestábamos. No sabíamos lo que iba a venir. Si lo hubiéramos sabido no hubiéramos protestado»
[ 2 ] . De esta generación, sólo Antonio Machado permanece en la memoria colectiva como paradigma de la integridad. Su patética estampa se hace presente de un modo inevitable cuando se enjuicia la conducta de Baroja, más pusilánime en su comportamiento y empeñado en condenarse a los ojos de la posteridad con un alarde de lo que años más tarde se denominaría incorrección política. Incluso el título de sus memorias,
Desde la última vuelta del camino , tiene una resonancia machadiana que hace casi inevitable la comparación. Es curioso, sin embargo, que de aquel grupo heterogéneo y conflictivo sólo le pidamos cuentas a Baroja. También, con la distancia que impone su estatura, a Ortega; y a una escala más local, a Josep Pla. A los demás se les concede el beneficio de la perspectiva histórica o se acepta el hecho de que mal podemos valorar su pensamiento o sus actos con nuestros parámetros. ¿Qué pertinencia tiene hoy el ideario de Valle-Inclán, de Azorín, de Benavente o del propio Unamuno, preservado para la eternidad por un heroico pero fugaz desplante ante las autoridades que había estado apoyando hasta aquel mismo momento?