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Revista de Libros 118 Revista de Libros

Inmigraciones en Francia: una perspectiva histórica

por Michael Seidmanr
Revista de Libros nº 118, Octubre 2006

Número de páginas: 4
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Ralph Schor piensa que la situación actual es en gran medida una repetición de la de los años treinta. Su análisis no aborda los cambios que se han producido en el terrorismo desde el período de entreguerras. No hay duda de que en los años treinta se producían actividades terroristas, pero se trataba por regla general de asesinatos de blancos políticos individuales. Por contraste, los terroristas contemporáneos, vinculados a menudo al islam radical, golpean a una masa anónima de ciudadanos. Schor declara que el tipo similar de crisis de «identidad nacional», que se correspondió con el aumento de la xenofobia y el antisemitismo durante el período de entreguerras, resurgió en los años ochenta por los mismos motivos: de­sem­pleo y demagogia de la derecha. Excepto por su intento de establecer un paralelismo entre el recelo francés del «catolicismo nacional» de españoles, polacos e italianos durante los años treinta y la desconfianza del islam entre los franceses, su argumento ignora el papel del islam. Cita encuestas realizadas en los años ochenta que mostraban que la mitad de los franceses temían al islam, y el 71% lo juzgaban «fanático». Durante esa década, el historiador Fernand Braudel ofreció un análisis que difería del de Schor. Braudel utilizó el controvertido concepto del «choque de civilizaciones». El analista, cuya revista se subtituló «Economies, Sociétés, Civilisations», pensaba que el modo de vida islámico y sus actitudes hacia el papel de las mujeres impedía la asimilación. Estas diferencias culturales explicaban por qué dos terceras partes de los veinte mil matrimonos mixtos fracasaron, ya que estos matrimonios exigían que uno o ambos cónyuges rompieran con su entorno. «El islam es más que una religión», concluía Braudel, «es toda una civilización llena de vigor, un completo modo de vida» [ 1 ] .
La negativa por parte de Schor a afrontar temas delicados de cultura y religión provocan su incapacidad para explicar sus propios datos. Por ejemplo, una encuesta de 1985 que cita revelaba que el 45% de los franceses se negaría a aceptar a un yerno o una nuera árabe, pero el porcentaje descendía a sólo el 25% si fueran asiáticos. La explicación que da Schor del rechazo de extranjeros no europeos -«cuanto más cerca [de los franceses] se halla un inmigrante en idioma, costumbres, aspecto físico o jerarquía de presencia, más se le acepta» (p. 227)- no puede dar cuenta de estas diferencias sustanciales en la percepción de los inmigrantes árabes y asiáticos. Los franceses admiran a los asiáticos por su capacidad de adaptarse y los buenos resultados de sus hijos en el colegio. Aparentemente, los empresarios no los discriminan en la misma medida que a los norteafricanos. En otras palabras, quizá Schor y Viet no estén enteramente en lo cierto en su afirmación sartreana de que el «Nativo» crea al «Otro». La dialéctica entre los dos sigue siendo, de hecho, una compleja in­te­racción que desafía fórmulas sim­plistas.
El tratamiento que da Schor al antisemitismo contemporáneo tampoco resulta completamente satisfactorio. Muestra correctamente cómo el «antisionismo» es en ocasiones un odio levemente disfrazado de los ju­díos que niega el Holocausto y defiende que un lobby judío controla Estados Unidos y el mundo. Ignora, sin embargo, el antisemitismo desplegado por los hijos de inmigrantes recientes procedentes de África, algunos de los cuales han participado en violentos ataques contra barrios judíos y contra personas judías. Parte de esta agresión antisemita es una respuesta al conflicto israelo-palestino, en el que judíos franceses se han convertido en sustitutos accesibles de los armados y lejanos israelíes. Otros actos violentos expresan el ressentiment de los hijos (porque la violencia es casi siempre masculina) de recientes oleadas de inmigrantes islá­micos contra una minoría religiosa más integrada y de mayor éxito. El antisemitismo populista de comienzos del siglo xix, que se había asociado a una izquierda anticapitalista, ha sido heredado por la banlieue de deshe­redados.
Al igual que Schor y Viet, a Patrick Weil le preocupa refutar «el prejuicio racista de la inasimilabilidad» en relación con la inmigración francesa, especialmente la islámica. Weil es consciente de que Francia -al igual que sus colegas europeos- necesita inmigración. Para mantener el nivel actual de su población activa hasta el año 2050, Francia necesitará 110.000 inmigrantes por año, Alemania 500.000 e Italia 400.000. Aunque no cita cifras para España, reconoce que su bajo índice de natalidad también exige una cifra igualmente alta. Weil es muy crítico con la política de cuotas anuales del gobierno español. Las tilda de no realistas e ineficaces porque se han traducido en legalizaciones no planificadas y periódicas de cientos de miles de trabajadores clandestinos.
El autor cuenta lo que él ve como la historia de la victimización de inmigrantes recientes. «Mercaderes del sueño» que tenían hoteles viejos e insalubres en centros urbanos explotaban a los argelinos que llegaban a Francia a finales de los años cincuenta y en los años sesenta. A finales de los sesenta, muchos inmigrantes se habían desplazado a bidonvilles de los suburbios. En los años setenta y ochenta, los gobiernos intentaron alojarlos en edificios de apartamentos subvencionados (HLM, habitations à loyer modéré ). Para favorecer su integración, el plan original había sido dispersar a los grupos de inmigrantes «culturalmente diferentes» entre una población francesa nativa, pero muchos residentes franceses abandonaron rápidamente estos proyectos de viviendas públicas. Durante los años ochenta y noventa gaullistas y giscardianos influyentes, incluido el antiguo presidente Valéry Giscard d'Estaing, reclamaron limitaciones del ius soli tradicional de modo que los hijos de los inmigrantes no pasaran a ser automáticamente franceses sino que tuvieran que realizar una petición formal para po­seer esa nacionalidad. Estos intentos de limitar el ius soli fracasaron en buena medida, pero, según Weil, dejaron un amargo legado a los jóvenes de origen norteafricano que se sintieron rechazados y no queridos. Muchos de ellos llegaron a pensar que eran únicamente «franceses de papel» ( Français de papier ).
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NOTAS
  • [ 1 ]

    Fernand Braudel, The Identity of France, trad. ing.de Sian Reynolds, Nueva York, 1988, 2 vols., vol. 2, p. 214.


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