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Revista de Libros 118 Revista de Libros

Inmigraciones en Francia: una perspectiva histórica

por Michael Seidmanr
Revista de Libros nº 118, Octubre 2006

Número de páginas: 4
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Sin embargo, por primera vez en la historia francesa, los extranjeros se convirtieron en los chivos expiatorios de la decadencia y la derrota francesas en 1940. El gobierno de Vichy rompió con todos los regímenes anteriores al excluir a los extranjeros de los puestos de trabajo oficiales, internándolos y privándoles de su recientemente adquirida nacionalidad francesa. Los judíos, especialmente los extranjeros, fueron el blanco ideal. Durante la guerra, setenta y seis mil judíos (dos tercios de los cuales eran extranjeros) fueron deportados, y sólo dos mil quinientos lograron sobrevivir. Vichy también animó a Alemania a que satisficiera sus necesidades de mano de obra reclutando inmigrantes de suelo francés. No constituye por ello ninguna sorpresa que los extranjeros, incluidos miles de españoles, se erigieran a menudo en la vanguardia de la resistencia francesa a la ocupación alemana, a pesar de que esta circunstancia fuera minimizada durante décadas tras la Segunda Guerra Mundial debido a la insistencia gaullista y comunista patriótica, si es que no nativista, en la naturaleza «francesa» de la Resistencia.
El nuevo Estado republicano establecido tras la guerra asumió el control de todas las decisiones importantes relativas a la inmigración. En 1946, los tecnócratas dominantes -entre ellos el más prominente fue el demógrafo y economista Alfred Sauvy- demandaron inmigrantes sanos, jóvenes y assimilables. Este último criterio dejaba fuera a los norteafricanos, cuyas costumbres y civilización, se argumentaba, impedían su absorción en la cultura francesa. Se favorecía a los eu­ropeos, especialmente españoles y portugueses. Sin embargo, argelinos musulmanes -a menudo analfabetos- llegaron para ocupar puestos no cualificados en la Francia metropolitana. Viet subraya que el Estado francés tomó medidas que serían tildadas actualmente de discrimination positive con objeto de facilitar su integración. No obstante, durante la guerra de Argelia, de 1957 a 1962, diez mil personas que fueron consideradas sospechosas de guardar relación con actividades terroristas fueron internadas en campos en territorio francés. Este conflicto colonial reforzó la imagen de los argelinos musulmanes como inassimilables . En los años sesenta, Francia siguió prefiriendo a los inmigrantes euro­peos -de nuevo españoles y por­tu­gueses- que ascendían a casi setecientos mil en 1970. A pesar de la reticencia de las élites que estaban encargadas supuestamente de controlar la llegada de inmigrantes, la inmigración del norte de África y del África subsahariana no dejó de crecer. Viet achaca su fracaso a la hora de integrarlos al pesimismo de las élites en relación con la supuesta incapacidad de los africanos. La construcción social por parte de los franceses de un «Otro» extranjero es la responsable de la alienación de los inmigrantes respecto de la sociedad y la cultura francesas. Su argumento recuerda a las Réflexions sur la question juive de Sartre en que el «judío» es simplemente la creación de imágenes gentiles.
Según Viet, 1968 fue el momento del «descubrimiento del Otro» (p. 226), especialmente inmigrantes de las antiguas colonias francesas, que constituían casi una cuarta parte de la población extranjera. Viet da por hecho que los estudiantes y trabajadores extranjeros se unieron a sus camaradas franceses durante las protestas. Sin embargo, la participación de extranjeros, especialmente de obreros norteafricanos, en las masivas huelgas de trabajadores de 1968 fue muy baja. El autor defiende de manera más convincente que la extrema izquierda asumió el papel de portavoz y abogado de los inmigrantes a pesar de que éstos mostraran poco interés en proyectos «revolucionarios». Durante los años setenta, sin embargo, los trabajadores extranjeros sí que se mostraron muy activos en las huelgas consistentes en negarse a pagar los alquileres por sus altos precios. Su militancia en este tema de la vida cotidiana tuvo el efecto de promover su acceso a mejores viviendas públicas a finales de los años setenta, a pesar de que se hallaran situa­das en las banlieues y alejadas de los centros urbanos. En los años ochenta estos proyectos de viviendas subvencionadas ( grands ensembles ) se convirtieron en guetos extranjeros, y Viet condena al Estado francés por su fracaso a la hora de desarrollar e imponer una política de «integración social» que -piensa- podría haber impedido esta «guetización». Al culpar al Estado por su falta de previsión, Viet evita plantear la pregunta difícil y con una gran carga política de por qué determinadas comunidades de extranjeros -por ejemplo, asiáticos y judíos norteafricanos- que también se reu­nían en determinados barrios urbanos o suburbanos aceptaron los valores dominantes de la clase media de movilidad ascendente gracias a logros académicos con más facilidad que sus homólogos africanos islámicos.
La conclusión a finales de los años setenta de lo que los franceses llaman «los gloriosos treinta años» ( les trentes glorieuses ) de prosperidad económica trajo consigo presiones xenófobas renovadas. En 1977, el gobierno ofreció aproximadamente diez mil francos a los extranjeros que quisieran regresar a sus países de origen. De 1977 a 1980, 57.900 inmigrantes aceptaron la oferta: el 40% eran portugueses, el 26% españoles y sólo el 3,7% (2.142) argelinos, a pesar de que este último grupo ascendía a más de ochocientas mil personas. Una vez más, Viet culpa al Estado francés de la falta de participación de trabajadores argelinos en este programa. Sostiene que el gobierno francés -en cooperación con el régimen argelino- debería haber construido viviendas en Argelia para fomentar su partida.
Viet subraya que los años ochenta inauguraron una nueva situación que se caracterizó por altos niveles de de­sem­pleo que impidieron que nuevos inmigrantes quedaran asimilados en suelo francés por medio de sus actividades profesionales. Lo que sucedió, en cambio, es que muchos inmigrantes empezaron a reforzar su identidad religiosa diferente. El desarrollo de un communitarisme durante un período de crisis económica contrastaba fuertemente con la continua asimilación de grupos anteriores de inmigrantes incluso durante las depresiones económicas de las décadas de 1880 y 1930. Muchos franceses nativos reaccionaron ante la crisis económica y el fracaso del universalismo republicano votando a la extrema derecha, y en 1984 el racista Frente Nacional logró su gran irrupción en la política francesa. Las nuevas dificultades de absorción de extranjeros también provocaron el efecto de poner en tela de juicio el ius soli , que no se había cuestionado durante las anteriores crisis económicas de las décadas de 1880 y, como ya se ha señalado, de 1930.
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