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Revista de Libros 117 Revista de Libros

«La vida es ante todo lucha»

por Carlos Solís Santos
Revista de Libros nº 117, Septiembre 2006

Número de páginas: 4
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Su filosofía de café se revela en muchos órdenes. Tan pronto se declara espiritualista como un materialista dispuesto a reducir el espíritu y la razón a meras acciones celulares; tan pronto abraza el darwinismo como ve flaquear su fe evolucionista al contemplar el fino diseño de la retina que al parecer desafía la selección natural. Su concepción de la ciencia acusa un crudo positivismo decimonónico que lo hace declararse partidario de «la religión de los hechos», firmes como la roca frente la volubilidad de las doctrinas. Lejos de nosotros achacarle aquí no haber creído en el actual tantarantán de la construcción social de los hechos; pero su filosofía contrasta seriamente con su experiencia científica. Hubo de luchar continuamente para defender sus observaciones frente a las de sus émulos, por lo que no es obvio que los hechos sean tan firmes; continuamente hubo de criticar los hechos de los rivales como artefactos de técnicas inadecuadas , diagnóstico que exige una crítica de los métodos empleados desde una teoría de los procedimientos. Quizá ello se compadezca bien con que se encontrase habitualmente más cómodo en la indagación anatómica que en las interpretaciones fisiológicas, que suele tomar como adornos y aficiones que deja para otros. Así, cuando pronunció su Croonian Lecture en la Royal Society de Londres, dice haber añadido a la presentación «algunas interpretaciones fisiológicas y aun psicológicas más o menos verosímiles» para ponerse a tono con el auditorio y sin duda con su anfitrión, Charles Sherrington, que destacó en estos extremos, lo que tal vez explique que este otro pilar de la neurología no ocupe un lugar más relevante en su autobiografía. Aunque deseaba -como Sherrington- entender la fisiología de la conducta y la vida mental, sus grandes aportaciones consistieron en desvelar la constitución y conexión de las neuronas y la estructura de los centros nerviosos.
Ramón y Cajal comenzó sus investigaciones en un momento en que los conocimientos anatómicos e histológicos del sistema nervioso eran fragmentarios y en el que se desconocía en gran medida la conexión entre los aspectos estructurales y funcionales. Por ello eran continuas e inacabables las controversias tanto empíricas como teóricas que, al decir de Thomas S. Kuhn, caracterizan los períodos preparadigmáticos de la ciencia, antes de que la aparición de un logro sobresaliente o un texto fundacional consiga un consenso generalizado que oriente y dirija el esfuerzo investigador de la colectividad. A poner fin a dicha situación se dedicarían los trabajos de Ramón y Cajal desde el annus mirabilis de 1888, que cristaliza­rían en su Textura del sistema nervioso del hombre y los vertebrados (1897-1904) y en la no menos notable obra de su contemporáneo Sherrington, The Integrative Action of the Nervous System (1906), cuyo centenario también se celebra este año y que, no sin cierto exceso, se ha comparado con los Principia de Newton.
Antes de que nuestro hombre entrara en la palestra internacional, la visión dominante era la un tanto vaga teoría reticular de Camillo Golgi, nueve años mayor que Ramón y Cajal, con quien compartiría el Premio Nobel. Esta doctrina estimaba que los impulsos nerviosos se transmitían indiferenciadamente por todo el organismo mediante una red continua de fibras nerviosas unidas entre sí. Esta visión derivaba de la escasa resolución obtenida con los procedimientos de separación y teñido al uso. Las técnicas de Ramón y Cajal permitieron una discriminación más fina que condujo a lo que luego se llamaría teoría neuronal (el término «neurona» fue introducido por su seguidor Waldeyer-Hartz). Según esta teoría, las vías nerviosas están formadas por células separadas y discontinuas, pero en contacto, lo que permite rastrear las conexiones entre diversos centros frente a la inextricable maraña de la teoría reticular. Además, Ramón y Cajal estableció la polarización de las células, en el sentido de que la transmisión se rea­liza en un solo sentido, desde las arborescencias dendríticas al soma y de éste al axón (aunque en ocasiones se haga sin pasar por el soma), describiendo además las diferentes estructuras y divisiones que presentan las excrecencias extrasomáticas. Esta teoría creó un nuevo paradigma en la neurociencia, pues abrió un nuevo mundo para levantar un mapa de qué se conecta con qué y empezar a comprender el sistema nervioso. Sherrington dio luego el nombre de «sinapsis» a la brecha intercelular por la que se transmite el impulso nervioso, iniciando el estudio de la electrofisiología mucho antes de que el microscopio electrónico mostrase de forma patente la discontinuidad celular de Ramón y Cajal.
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