Exacerbado pero no vencido, el progenitor buscó nuevos reme dios que vinieron a dar en ponerlo primero de mancebo en una barbería y de aprendiz de zapatero después. Destacó en la fabricación de calzado fino, pero el padre desoyó las recomendaciones del patrón de dedicar al muchacho a ese arte. No se doblegó nuestro héroe, por lo que, con el aumento de la edad, su actividad pandillera ganó en armamento, organización y osadía, atacando a guardias y arrieros con riesgo de pasar de la travesura a la delincuencia juvenil. De nuevo el padre, severo pero amoroso, ingenió otros métodos, esta vez con éxito, pues cuando el mozo tenía dieciséis años se le ocurrió reclutarlo para montar un laboratorio anatómico en el granero lo que, a fin de proveerlo de materiales, exigía excursiones nocturnas al camposanto. Ningún joven lector de Bécquer podía negarse a tales excursiones. En este punto, ay, la fiera empezó a comer en la mano.
Con la entrada en la Universidad de Zaragoza, las aventuras cedieron paso a las mohosas anécdotas de clase sobre los profesores, aunque aún asomaron ciertas desmesuras, como la de pasar dos horas diarias en un gimnasio durante medio año para superar la afrenta de haber perdido un pulso, lo que le permitió además ganar un duelo a bastonazos con un rival en el cortejo de una dama. Andando el tiempo, abandonaría el ejercicio físico, justificándolo retrospectivamente con pseudoexplicaciones neurológicas del tenor de que las acciones motoras embotan el espíritu al absorber la energía asociativa de la mente, lo que -según pretende- ignoran los educadores ingleses. También más adelante abandonará por motivos parejos la práctica del ajedrez, en el que no era nada malo. Los libros de los románticos que antaño leía con fruición son ya tildados de «imbéciles lecturas» y se sustituyen por la mal asimilada ingestión de cuanto libro de filosofía encontrara en la biblioteca universitaria, desde los empiristas ingleses y Kant hasta el idealismo absoluto... y Balmes. Todo por mor de «apropiarme de los ardides de la sofística para asombrar a los amigos», excursión que lo sumió en los pantanos del idealismo y en un cierto descreimiento del que sólo se salvaron, y no es poco, la inmortalidad del alma y la existencia de una entidad regidora del universo.
Terminada la carrera de medicina, y tras un período en el cuerpo de sanidad militar durante la guerra carlista que le permitió constatar el españolismo de los catalanes, inició su última aventura al alistarse en el ejército expedicionario de Cuba, beatífica isla donde encontró su camino de Damasco. La corrupción e ineptitud tornaron a nuestro ejército impotente incluso contra el espíritu «lánguido y perezoso del criollo» y contra la no menos «lánguida y fascinadora hermosura» de las cubanas. Y, sobre todo -añadiríamos-, contra los mosquitos. El paludismo y la disentería agotaron sus fuerzas musculares y abrieron las puertas a las mentales. El viejo capitán de bandoleros cedió finalmente al sólido sentido común del padre, pues una vez licenciado y repatriado, se dedicó bajo su tutela al estudio, a la investigación y a las oposiciones tras casarse con una mujer invisible y abnegada.
La segunda parte de esta autobiografía resulta gris y tediosa desde el punto de vista dramático, pero tiene el interés de presentar un retrato disperso de las más variadas opiniones del autor y de dar un pormenor más notarial que bien articulado de sus logros científicos. Por más que las contribuciones de Ramón y Cajal transformasen radicalmente el campo de los estudios neurológicos, él mismo fue un mal historiador de su disciplina, más preocupado por registrar los detalles de sus innumerables trabajos que capaz de ofrecer un panorama global de su impacto en ella.
La imagen que se desprende en estas páginas del ciudadano (no del científico) es la de un filósofo de casino con una ideología mal articulada, ora progresista, ora retrógrada, como corresponde a su formación autodidacta y errática. Su visión de las mujeres revela el sometimiento a los prejuicios no analizados de su medio, a pesar de que parece apreciar a John Stuart Mill (a quien una errata convierte en Mili). La mujer, si es buena, es madre y esposa, teniendo como atributos centrales la propia negación, el trabajo y el sufrimiento. Su madre y su mujer son dos figuras totalmente desdibujadas en esta historia. De la segunda le atrajo su «infantil inocencia» y «melancólica resignación», pues «la armonía y paz del matrimonio tienen por condición inexcusable el que la mujer acepte de buen grado el ideal de vida perseguido por el esposo» (pp. 346-347). Al visitar los Estados Unidos de Norteamérica en 1899 se topó con que campaba allí la «locura feminista» de «solteronas típicas». Cuando unas periodistas quisieron entrevistar a su mujer, «tímida y nerviosa como buena española», para preguntarle sobre la condición de la mujer en nuestro país, el macho alfa las atajó y puso en su sitio con esta fina ironía: «En nuestro país vivimos por desgracia tan atrasados que las mujeres se contentan todavía con ser femeninas y no feministas . Y al parecer ello les basta para su felicidad y la dicha del hogar» (p. 586).