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Revista de Libros 117 Revista de Libros

«La vida es ante todo lucha»

por Carlos Solís Santos
Revista de Libros nº 117, Septiembre 2006

Número de páginas: 4
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Los Recuerdos de mi vida de Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) constan de dos libros de contenido muy distinto. Tan sólo los une la urdimbre mental de su autor, un personaje de actitudes desmedidas convencido del poder absoluto del esfuerzo de la voluntad, y un estilo altisonante lleno de expansiones morales y patrióticas que pueden llegar a fatigar. En nuestros tiempos de desazón nacionalista, sorprende que su patriotismo esté por encima incluso de las luchas de clase. Por ejemplo, si los ricos pensasen más en la patria y en la raza en lugar de entregarse al « sport extranjero», al «culto enervador a su majestad la mujer », al palco, las apuestas y los toros, entonces podríamos olvidar incluso la triste verdad de que su riqueza es «el sobretrabajo del proletariado» (p. 85).
La primera parte, que se publicó en 1901, cuando el autor rozaba el medio siglo, cubre la infancia y juventud hasta aproximadamente los veinticinco años, mientras que la segunda, añadida en 1917 (y reeditada en 1923), es básicamente una biografía científica del período siguiente hasta su jubilación en 1922, cuando flaqueó su moral combativa: «Somos otros y acaso peores -señala en la última página-, porque lo ganado en experiencia lo hemos perdido en entusiasmo y fe».
La primera parte, antes de la conversión a la ciencia, es un documento espléndido en el que, sobre un borroso trasfondo de pronunciamientos militares, liberales y reaccionarios, se dibujan con vigor las aventuras de un rebelde indomeñable y arisco por los pueblos del Alto Aragón. Si su talento literario fuese parejo al científico, hubiera escrito un libro aún más portentoso. Pero el ambiente en que creció no era el de su contemporáneo, el neurofisiólogo y también premio Nobel Charles Sherrington (1857-1952), en cuyo hogar se reunían literatos y eruditos, sino un muy modesto hogar rural. La madre callada y ausente de la narración sólo servía como menestral, mientras que el padre, cirujano-barbero, autoritario y más terco que el hijo, abomina de las artes plásticas y la literatura, tratando de instilar en la mente del retoño el realismo y la docilidad a golpe de estaca. Sólo conseguiría quebrar su carácter salvaje, que se crece con el castigo al final de esta primera parte, ayudado por los estragos del paludismo y la disentería que nuestro autor contrajo en la manigua cubana.
Los modelos literarios de Ramón y Cajal fueron las traducciones de escritores románticos (Lamartine, Cha­teaubriand, Dumas, Victor Hugo) leídos de tapadillo en la infancia, trufados más adelante con la retórica altisonante del admirado Castelar y la cultura general que fue adhiriéndosele en los casinos y tertulias. De ahí su tendencia a un orden de palabras engolado y a romper continuamente la narración con reflexiones morales y didácticas para comentar lo que muestran con claridad los hechos y ya habíamos entendido perfectamente.
Sin tantos arrequives, tendríamos una excelente obra picaresca. La primera gracia que se nos cuenta del zagal cuando tenía menos de cuatro años consistió en apalear, tal vez por disipar el tedio, a un caballo que le devolvió el cumplido con una coz en la frente de tal potencia que se le dio por muerto. No era más que el comienzo. La desmesura del niño puede calibrarse por tres episodios tempranos grabados en su mente. Uno -la victoria española en Tetuán- despertó en él «el culto fervoroso hacia los héroes de la raza» y lo convirtió para siempre en un patriota que trocaría las armas por el microscopio en aras de la nación. El segundo -un eclipse de sol- engendró la admiración por la capacidad predictiva (para él casi causadora) de la ciencia, si bien la confianza en el orden del cosmos se mitigó con la tercera. Un buen día cayó en la escuela un rayo que después de cometer tal desmán pedagógico atacó a la Providencia, pues saltó a la torre del campanario e hirió de muerte al cura que tocaba las campanas para exorcizar la borrasca. El ministro de Dios colgando boca abajo en la torre proclamaba la impotencia de la superstición frente a la naturaleza desatada.
Más a gusto con las cosas que con las personas, se entregó a los grandes placeres del carácter independiente: destruir la propiedad y desafiar a la autoridad. Como adalid de pandillas y hondero diestro, abrazó el principio de la caridad, según el cual es mejor dar que recibir. Mal estudiante por desinterés, se dio como el divino Newton de niño a la fabricación de artefactos, en general bélicos, pero también de pinceles, pigmentos y flautas. Esta inclinación tecnológica nunca lo abandonaría, pues en su profesión destacó por la preparación de placas rápidas desconocidas en España, por la invención de técnicas de teñido para sus preparaciones, por la aplicación de la fotografía a la litografía, e incluso por un diseño para mejorar el fonógrafo. Gracias a esta habilidad pudo obviar la animadversión de su padre hacia la pintura, proveyéndose por su cuenta del material necesario para ilustrar los márgenes de los libros de texto y las paredes de las vallas y de las mazmorras (que visitaba a menudo) con paisajes, escenas de guerra y caricaturas de los profesores. La oposición a la literatura del progenitor no fue mayor óbice. Con el pretexto de repasar las lecciones, se encerraba en un desván desde el que accedía al tejado por el que entraba a la buhardilla de un vecino repleta de novelas románticas que reafirmaban e inspiraban sus tendencias heroicas al coraje, la energía de la voluntad y la acción.
Puesto que todo héroe está abocado al fracaso para dar paso al espíritu (al menos eso pretende Hegel), sus aventuras acababan con frecuencia en soberanas palizas ofrecidas generosamente por el padre, los vecinos y aun los escolapios con todo tipo de instrumental, vergajos y trancas, sin despreciar las tenazas, hasta que en una ocasión se echó cuatro días al monte por el terror al castigo. Y, también como tantos héroes, conoció la mazmorra. Quizá sorprenda en esta época de tantos miramientos con los mozalbetes escolarizados que en aquellos benditos años muchas nobles instituciones pedagógicas dispusiesen de calabozos. En uno, verdadera cueva de Platón, descubrió a los nueve años el principio de la cámara oscura, pues la luz penetraba por un agujero fino y proyectaba sobre la pared las vívidas escenas de la plaza. Más adelante comprobó personalmente que el instituto de Huesca tenía una cárcel donde se encerraba a los tiernos niños durante veinticuatro horas. Pero ese no era sino un comienzo, pues llegó incluso a ser encarcelado cuatro días en los calabozos municipales de Ayerbe (¿cómo vamos a inventar algo así?) por haber experimentado con un cañón de diseño y factura propios en la portilla de un huerto.
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