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Revista de Libros 115-116 Revista de Libros

Ron Howard: El Código Da Vinci

por Juan Pedro Aparicio
Revista de Libros nº 115-116, Julio / Agosto 2006

Número de páginas: 3
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Eso está bien contado. Eficazmente y con gusto. Pero para llegar a ello hemos tenido que soportar más de una hora de persecuciones y disparos, tantas y tantos que echamos de menos una pequeña vuelta de tuerca capaz de provocar una soterrada hilaridad que nos aliviara del espesor de temas tan barbados. Verbigracia, cuando ese coche biplaza, el Smart creo que se llama, de uso preferentemente urbano, escapa marcha atrás a toda velocidad, con nuestros protagonistas dentro, por las aceras de París. En el cine nadie aplaudió, claro. Pero, seguro estoy, de que en la play station la misma situación ha de provocar el entusiasmo de los usuarios. Quiero decir que el desvelamiento de un secreto capaz de trastocar nuestro mundo occidental, al tocar el corazón de nuestras creencias más arraigadas, nada supone en la película al lado de esas peripecias que el conocimiento de tal secreto provoca. En ese sentido, la película ya la hemos visto. Es el cine americano más tópico y bobalicón de los últimos años, con gran abuso de banda sonora, en el límite del sobresalto. La finura y el ingenio se han trocado en petardazos.
Debatir sobre lo que en El Código Da Vinci se cuenta, como se ha hecho tan abundantemente en otros foros, deseosos la mayoría de salir al quite de lo que consideran calumnias contra instituciones religiosas, el Opus Dei o el propio Vaticano, parece superfluo y, sin embargo, qué difícil resulta, mire usted por dónde, no caer en la tentación. Leonardo Da Vinci era un genio, uno de los genios indiscutibles que la Humanidad ha conocido, pero estaba casi tan lejos del Cristo hombre como nosotros. No es Da Vinci un testigo contemporáneo de los hechos, según mucha gente pudiera pensar a tenor de la novela o de la película. Da Vinci es un hombre del Renacimiento, por tanto mucho más cerca en todos los sentidos de nuestro tiempo que del de Cristo. ¿Qué importa quien sea ese personaje, si María Magdalena o San Juan? ¿Qué, si no hay taza o copa, si hay una copa común para Cristo y los apóstoles o una para cada uno? Y el caso es que, como ya he dicho, eso es lo más interesante de la película, lo que está contado de mejor manera.
Pero pueril es que si el Santo Grial es un linaje, el linaje de Cristo, su crecimiento haya sido durante nada menos que dos mil años tan raquítico, en contraposición a las leyes de la naturaleza. Todos los hijos unigénitos, del primero al último, en este caso la última, esa policía francesa del departamento criptográfico llamada Sophie que interpreta como puede Audrey Tatou. Y peor papel si cabe es el de Tom Hanks, nunca tan desafortunado. Se le supone un afamado especialista en simbología, pero ni él se lo cree ni nosotros, los espectadores, lo creemos. Tan falto de autenticidad está que ni siquiera hay entre él y la coprotagonista ese beso o ese abrazo que es desde hace ya tiempo obligado en el cine, con lo que, sin quererlo, ahí está, a mi juicio, la mayor originalidad de la película: los protagonistas no se besan.
El periodista británico Simon Jenkins ha denunciado en el periódico The Guardian la básica impostura del libro de Dan Brown. El Priorato de Sion, proclamado por el autor como un hecho cierto, nunca existió. Por eso la Iglesia católica o el Opus Dei han exigido, es verdad que en vano, que la película fuera acompañada de un aviso en los títulos de crédito que advirtiera sobre la naturaleza imaginaria o ficticia de los hechos narrados. A Jenkins, como periodista, le indigna que hechos falsos sean presentados como verdaderos y escribe: «Los hechos deberían ser sagrados. Tienen que averiguarse y comprobarse; no vale con inventárselos» . Se queja, por último, el periodista británico de que los novelistas y los cineastas hayan entrado en lo que él llama «La fortaleza de los hechos» por la puerta de atrás, apoderándose subrepticiamente del tesoro de la verdad, y dejando en su lugar una superchería. Estoy de acuerdo. Pero en todas partes cuecen habas, y algunas muy gordas en el periodismo británico, dignas de figurar también en el blog de Arcadi Espada como el propio artículo de Jenkins. Me refiero a eso que los periódicos publican a sabiendas de que no es verdad. Un ejemplo muy cercano del prestigioso TLS ( Times Literary Supplement ): en carta al director, un inglés, colaborador ocasional de esas mismas páginas, denunciaba con toda desfachatez que, con motivo de la polémica sobre el Estatut, ya se habían inc reme ntado [ sic ] las palizas a los catalanes en las ciudades españolas. Que venga Dios y lo vea.
Mi mala opinión de la película nada tiene que ver, sin embargo, con sus contenidos religiosos supuestamente blasfemos o calumniosos. La película es difícil de soportar, porque está mal concebida y realizada, a pesar de la abundancia de medios a su alcance, no pasando de ser un subproducto más de ese Hollywood que ha hecho de la play station la falsilla sobre la que guiarse. De no tener contraída esta obligación con los lectores de la Revista de Libros me hubiera salido a la media hora y me hubiera evitado dos horas adicionales de franca incomodidad.
Cuentan que hubo en León a principios del pasado siglo un pellejero borrachín, de nombre Genaro, que murió atropellado por el primer camión de la basura que tuvo la ciudad. Acababa de salir nuestro hombre de una casa de lenocinio, y empezaba a desahogarse de orines o de vientre, que eso no está claro, al arrimo de la muralla romana cuando, ¡zas!, el camión, conducido por manos inexpertas, lo atropelló. Una mujer salió del cercano lupanar y con unos periódicos viejos tapó sus heridas. Desde entonces, y ya van para casi cien años, todos los Jueves Santos, el día central de la Semana Santa, en la ciudad se conmemora su muerte con una procesión algo estrafalaria, en paralelo a la del Santo Entierro. Julio Llamazares escribió sobre ello. ¿Por qué traigo esto a colación? ¿Se imaginan lo que hubiera hecho de esto el afamado Dan Brown, en complicidad con los productores de Hollywood? Superchería por superchería, me parece mucho más interesante la del entierro de Genarín que la de El Código . El entierro esconde, bajo una envoltura de aparente ingenuidad, lo que le permitió sobrevivir al franquismo más duro: una enorme carga contestataria y contracultural.
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