www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España


Última actualización: (CET)

La cultura pasa por aquí
Revista de Libros 115-116 Revista de Libros

Ron Howard: El Código Da Vinci

por Juan Pedro Aparicio
Revista de Libros nº 115-116, Julio / Agosto 2006

Número de páginas: 3
imprimir

En esta sección solemos relacionar cada película, cuando es el caso, con la novela en que está basada. No lo voy a hacer ahora por la sencilla razón de que no he leído la novela. Tengo algún prejuicio, ya lo sé. Contra todos o casi todos los best sellers , género este el más genuino de nuestro tiempo y el que hace las delicias de algunos editores mayores, cuya vocación ha encontrado por fin su destino: la venta masiva de papel impreso. Entendería, pues, que se me reproche ese vicio tan español de la descalificación a priori, más frecuente de lo deseado entre escritores. En mi descargo diré, sin embargo, que soporto mal la prolijidad narrativa, la acumulación de detalles innecesarios que suelen caracterizar a todo buen best seller que se precie y aun a algunos que, sin lograr su objetivo, hacen todo lo posible por lograrlo. Aguanto malamente aquellos libros que se detienen en minuciosidades técnicas, científicas o artesanales, libros en que pueden aprenderse supuestas técnicas de investigación social o criminal, de navegación marítima o aérea, mientras dan de lado las emociones más genuinamente humanas, porque para ésas no hay manual de instrucciones que valga.
Recuerdo que siendo de niño gran aficionando a los tebeos, hoy cómics , algún compañero sabiondo venía a descalificarlos con burla porque ni El Guerrero del Antifaz ni el Capitán Trueno, entre tanto batallar, dedicaban siquiera un breve instante a ese sosiego reparador que supone vaciar la vejiga a tiempo o aligerar el vientre. Y es verdad que en viñeta alguna se veía a nuestros héroes haciendo eso que se llama sus necesidades. Tales cosas hay que suponerlas, le replicaba yo, anticipándome así en años a las alambicadas teorías del crítico barcelonés José María Castellet, tan de moda algunos años más tarde, elucidadas en su sorprendente best seller La hora del lector , publicado por el editor Carlos Barral.
Ya se sabe que todo ha ido últimamente por otro camino. Las novelas han engordado, el tamaño de los libros ha crecido, en Londres yo he visto ediciones de El Código Da Vinci grandes como maletines. El lector, lejos de esforzarse más, se ha entregado decididamente a la pereza. Si los libros fueran carne, habría que dárselos a comer en forma de papilla. Prolijidad, prolijidad. Se escribe lo innecesario, y se lleva al lector tan de la mano que no parece el escritor, o la escritora, sino una joven mamá dispuesta a auxiliar con los toques que sean necesarios la buena salida de la micción de su hijito varón.
Dicen las estadísticas que ahora sí se lee, que se lee más que nunca; pero se lee lo que no debió escribirse, que es precisamente, a tenor de tantos éxitos de última hora, lo que más gusta. Y acaba cumpliéndose la pesadilla del creador de afo­rismos: la élite está convirtiéndose en parte de la masa. No lo contrario, como sería deseable: la masa convirtiéndose en parte de la élite. Me dirán algunos que bueno y qué. ¿No estamos ensalzando a troche y moche la lectura? ¿Por qué cuando la gente lee, con tanta perseverancia y universalidad estos Códigos Da Vinci y sus allegados nos escandalizamos? Que lean, que lean, exclaman los posibilistas, siempre será mejor que no leer. No digo yo que no. Si leer o no leer es como comer o no comer, siempre será mejor comer algo. Pero ahí está el caso de ese periodista norteamericano que probó a alimentarse durante todo un mes de hamburguesas y esa clase de comidas que llaman en Estados Unidos fast food . Todos sus niveles de salud entraron en zona crítica: colesterol alto, ácido úrico por las nubes, triglicéridos para qué decir... De no haber cambiado inmediatamente de dieta sus días sobre la tierra estaban contados. ¡Hombre -exclamará algún lector-, pero la lectura no mata! Lo sé, pero este tipo de lectura, digámoslo así para entendernos, de hamburguesería o fast reading , atonta, idiotiza, o, cuando menos, oscurece algo la sesera. Por eso digo yo que el dilema de comer o no comer es falso, tan falso como el de leer o no leer. Pueden comerse otras cosas, como pueden leerse otras cosas. Claro que aquí vendríamos a topar con el espíritu de nuestro tiempo. Lo decía Borges: imponer lecturas es como imponer la felicidad y no existe la felicidad obligatoria. Amén.
Y ahora hablemos de la película. Oscura como un túnel. Larga -¡dos horas y media!- como un túnel también. Un túnel confeccionado con sotanas, como las obras de esos artistas de nuestros días que envuelven edificios o trabajan con harapos para rescatarlos del olvido y entregarlos al Gran Arte. Esa misma noche, después de ver la película, tuve una pesadilla atroz en la que, siendo el adulto que ahora soy, me vi sometido como un niño a unas sevicias ambientales muy de aquellos tiempos en que prevalecía un sistema educativo, el que había impuesto el franquismo por toda la piel de toro, de vocación férreamente medieval y atiborrado de sotanas.
Me llamó la atención que, en la cola para entrar al cine -la película la vi en Londres-, hubiera bastantes menos ingleses que gentes de otra procedencia. Abundaban los asiáticos, sobre todo los que me parecieron iraníes, varias parejas de hombre y mujer, y también pakistaníes. Les supuse a todos de religión musulmana, les supuse también interesados en conocer esos intríngulis t reme ndos que, según el señor Dan Brown, esconde el cristianismo o el catolicismo. ¡Pobrecillos!
¿Qué decir, pues, de la película? Ya he apuntado su oscuridad ambiental, porque lo de la sotana es algo más que una ocurrencia metafórica. Los tonos de la película son oscuros, la acción es casi siempre nocturna, como de vampiros. El pobre Alfred Molina, ese obispo o cardenal del Opus Dei, de nombre Aringarosa, parece el mismo Drácula con sotana y un buen montón de kilos de más. Su asesino a sueldo, el fanático monje Silas, con los ojos casi fosforescentes, a quien da instrucciones en español y con el que habla siempre en latín o en español, parece una versión, otra más, de Alien.
No todo es así de rechazable. Por ejemplo, la tesis que esconde la película, sobre la que se construye la acción, está muy bien expuesta por el impedido multimillonario inglés sir Leigh Teabin, magníficamente interpretado por Ian McKellen: de hecho, es lo mejor, el único momento de sosiego entre tanto disparo y persecución. De su mano y sobre una copia del cuadro de Leonardo descubrimos la pretendida impostura. San Juan no es San Juan sino María Magdalena. El Grial no es una copa sino un linaje, el linaje de Jesús y María Magdalena.
Número de páginas: 3
imprimir


Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Martes, 26 de Agosto de 2008 04:50:55