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Revista de Libros 115-116 Revista de Libros

El calentamiento global: año 2006

por Francisco García Olmedo
Revista de Libros nº 115-116, Julio / Agosto 2006

Número de páginas: 9
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Dentro del ámbito de los informes del IPCC se han propuesto posibles escenarios y a cada uno de ellos se les ha intentado asignar una etiqueta económica. Así, por ejemplo, los costes de estabilizar la concentración de CO 2 en 550 partes por millón para el año 2050 se han estimado en el 1% del PIB en los países desarrollados, una cantidad muy por debajo de la que representarían los daños por inundaciones y otras catástrofes agravadas por el cambio. Una voz tan autorizada como la del consejero científico jefe del gobierno británico considera muy asequible tal opción, ya que crearía más oportunidades económicas que las que destruye [ 11 ] , señalando que una sola violación de la exclusa del Támesis supondría treinta mil millones de libras en daños para la ciudad de Londres, un 2% del PIB británico. Sin embargo, en Estados Unidos tiende a pensarse que el IPCC subestima costes por un amplio margen y, en general, empieza a admitirse, incluso dentro del IPCC, la debilidad de su análisis económico [ 12 ] . El IPCC ha reforzado recientemente su componente económico, pero es ya tarde para que este cambio incida en el informe del año próximo y habrá que esperar al del año 2013 para que surta efecto. William Nordhaus [ 13 ] , valiéndose de un modelo que liga economía y geografía, ha estimado en estos días el impacto económico de un calentamiento de 3 ºC, que ha cifrado en el 1-3% de descenso de la renta global, una magnitud muy superior a las estimadas previamente.
Los ecologistas escépticos, a la Lomborg, propugnan un análisis coste-beneficio de las alternativas ante el cambio climático, incluidas las del Protocolo de Kioto, y en general proponen el establecimiento de prioridades para las distintas acciones ambientales y humanitarias, concluyendo que es mucho más rentable permitir la mayor parte de las emisiones -y pagar sus consecuencias según vayan llegando- que tratar de restringirlas en exceso. Según éstos, a Kioto no le sal­drían las cuentas y los beneficios de retrasar un poco el calentamiento global serían sólo marginales. Esta tesis, ya avanzada en su libro El ecologista escéptico , ha sido desarrollada vigorosamente en el denominado «Consenso de Copenhague 2004», declaración coordinada por diez distinguidos economistas, incluidos tres premios Nobel. En esencia, este documento consensuado viene a decir que, incluso si Estados Unidos cumpliera con Kioto, sólo conseguiría retrasarse el calentamiento en seis años, a un coste no inferior a los ciento cincuenta mil millones de dólares anuales. Por la mitad de ese dinero se solucionarían los problemas sanitarios, el hambre, la falta de agua y la educación para toda la humanidad. Sin desdeñar los nobles objetivos enumerados, si la catástrofe es evitable (si el componente antropogénico no es desdeñable como sumando frente a las otras posibles causas), el argumento no sería válido, y si es inevitable, lo que proponen sería como pedir a la orquesta que siga tocando lo mejor posible mientras se hunde el barco. Algo así creo que ocurrió en el Titanic . Las tesis escépticas han sido recogidas en una novela titulada Estado de miedo , un híbrido de narración y ensayo pseudocientífico escrito por Michael Crichton que, con justicia, ha sido calificado por un miembro del IPCC como «viagra para ecólogos escép­ticos».
KIOTO
La política sobre el clima debe afrontar retos cuya escala de tiempos está entre las varias décadas y el siglo aunque, por supuesto, no se excluyan acciones a más corto plazo como primera línea de ataque. En un siglo debería alcanzarse una economía prácticamente «descarbonizada», es decir, exenta de emisiones de gases invernadero, y este objetivo no es alcanzable con las tecnologías de bajo coste actuales, que no lograrían contrarrestar los aumentos de emisión proyectados para las poblaciones en expansión de los países en de­sarrollo. Además, se ha estimado que el coste de mitigación asciende rápidamente hasta valores prohibitivos cuando las emisiones per cápita se reducen a la mitad. A las incertidumbres científicas del diagnóstico se suman, por tanto, las inherentes a las posibles soluciones tecnológicas y a su coste económico.
La política, como en cierto modo la ciencia, es el arte de gestionar la incertidumbre, pero es bien conocido que el horizonte político no suele estar más allá de unos pocos años, y es por esto por lo que las soluciones políticas al problema global son tan difíciles de encontrar. Ante un panorama de tanta complejidad y tan huero de certezas, caben tres actitudes alternativas, según la psicología y la ideología de cada uno: la de olvidar o negar que el calentamiento existe, la de ir adaptándose a él, según se produzca, y la de intentar atajarlo.
Los que adoptan la primera actitud suelen aferrarse al hecho de que los modelos climáticos actuales son obviamente imperfectos, lo que para ellos llega a equivaler a posiblemente erróneos e, incluso, falseados. Los afiliados a la segunda opción admiten que existe un calentamiento global, pero piensan que el componente antropogénico puede no ser tan importante como proponen algunos, en cuyo caso el ingente coste de la mitigación reportaría unos resultados desdeñables y sería mejor dedicar dicha inversión a adaptar nuestra vida a un planeta más caliente, que algún día entrará en una fase de enfriamiento como ya ha hecho en el pasado. Para muchos de los partidarios de enfrentarse vigorosamente al problema de frenar el calentamiento, no parece caber duda de que somos responsables casi exclusivos del fenómeno y de que estamos a tiempo de enmendarnos.
No vale taparse los ojos ante el cambio observado, tanto si representa la mera salida de la pequeña glaciación, impulsada por factores naturales, como si es consecuencia directa de la actividad humana. La copa del conocimiento estará siempre medio vacía y medio llena, y no cabe apoyarse en lo que ignoramos para justificar la inacción, algo que se hace con inusitada frecuencia en los tiempos actuales. Los modelos son, efectivamente, imperfectos ya que, como hemos señalado, la aparente convergencia de sus conclusiones numéricas esconde presupuestos de partida no siempre compatibles entre sí y divergencias notables a nivel regional, pero dicha imperfección sólo añade dificultad a un proceso decisorio que no debe por ello interrumpirse. Dentro de una década tendremos seguramente modelos más afinados, pero si esperamos hasta entonces será más difícil alcanzar el objetivo. En cualquier caso, el mejor de los modelos sólo nos ofrecerá probabilidades y no certezas.
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NOTAS
  • [ 11 ]

    David A. King, «Climate change science: adapt, mitigate, or ignore?», Science, vol. 303 (2003), pp. 176-177.

  • [ 12 ]

    Quirin Schiermeier, «The costs of global warming», Nature, vol. 439 (2006), pp. 374-375.

  • [ 13 ]

    William Nordhaus, «Geography and macroeconomics. New data and new findings», Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, vol. 103 (2006), pp. 3510-3517.


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