No cabe aquí considerar el conjunto del iceberg casuístico que se esconde bajo la anterior enumeración, pero sí urge que nos detengamos brevemente en torno a una posible alternativa cuya creciente mitificación puede llegar a oscurecer las verdaderas dimensiones del problema. Se dice con demasiada alegría que «pronto cambiaremos la cultura del petróleo por la del hidrógeno, que es mucho más limpia». La primera entre las diversas trampas que contiene dicha afirmación es la de que nos coceremos como mariscos si nos limitamos a esperar al futuro desarrollo de dicha tecnología, ya que plantea tales problemas que no parece que pueda estar disponible antes de mediados del presente siglo.
Para empezar, el hidrógeno no es una fuente primaria de energía, por lo que es tan limpio o tan sucio como el proceso que se utilice para generarlo, nunca generará más energía de la que se gaste en producirlo y su energía siempre será más cara que la de partida. A temperatura ambiente es un gas muy ligero, nervioso y escurridizo que presenta problemas de almacenamiento, transporte, licuefacción y seguridad, todos los cuales tendrán que ser resueltos antes de que pueda desempeñar su papel de intermediario en una nueva cultura energética.
En la actualidad, el 96% del hidrógeno que se produce con fines industriales utiliza gas natural, hidrocarburos o carbón gasificado como fuente primaria de energía, todos los cuales generan CO 2 , con el consiguiente efecto invernadero. Sólo el 4% se produce por electrólisis, costoso proceso que consume electricidad y no genera CO 2 de modo directo, pero sí de forma indirecta si la electricidad no es de origen eólico o solar. Todavía no se ha conseguido la disociación térmica del agua a escala industrial, que de nuevo no generaría CO 2 , salvo que lo produzca la fuente de energía térmica utilizada. Los sistemas microbianos que producen hidrógeno lo hacen con muy baja eficiencia energética (menos del 2%), aunque algunos pioneros de la biología sintética, tales como el famoso Craig Venter, parecen tener bien guardadas ideas sobre cómo mejorar la situación. La energía nuclear y la geotérmica permiten producir hidrógeno sin la concomitante generación de CO 2 . Estados Unidos parece dirigirse sigilosamente hacia un esquema futuro de energía nuclear, como fuente primaria de energía, e hidrógeno, como forma de transporte y distribución. Islandia, con su gran capacidad geotérmica, se encuentra en las mejores condiciones para ser vanguardia de la nueva era. ¿Cómo va a organizarse en Europa?
El almacenamiento estático de hidrógeno no plantea problemas, salvo que, a presión atmosférica, el volumen que ocupa es tres mil veces mayor que el de una cantidad energéticamente equivalente de gasolina. El almacenamiento en forma comprimida durante el transporte requiere un volumen ocho veces mayor que el equivalente energético de gasolina, mientras que en forma líquida ocupa un volumen más manejable, pero requiere depósitos altamente aislados y el proceso de licuefacción consume un tercio de la energía que contiene el hidrógeno. Además, durante el transporte se producen pérdidas muy importantes, que pueden representar un 40% de la carga en un trayecto de quinientos kilómetros. Entre las barreras a salvar para implantar la cultura de hidrógeno no es la menos importante la de los costes de una infraestructura específica de distribución.
Las ya inventadas pilas de hidrógeno, que se alimentan del gas para producir electricidad, serían la pieza clave en automoción, pero tendrán que hacerse mucho más robustas que las actuales para tolerar el bronco tratamiento que caracteriza esta aplicación. Además, el hidrógeno detona con facilidad y forma mezclas combustibles con el aire en una amplia gama de concentraciones (entre 4-75% en volumen), por lo que los dispositivos de seguridad han de extremarse si no queremos que las excursiones se conviertan en sesiones de fuegos artificiales.
La mayoría de las posibilidades enumeradas se sustentan en conceptos bien establecidos, pero, como en el caso del hidrógeno, una buena parte de ellas necesitan refinarse todavía, por lo que requieren incentivos apropiados y un considerable esfuerzo de investigación y desarrollo. Por esta razón, incluso el mencionado objetivo de estabilizar la concentración atmosférica de CO 2 en torno a las 500 partes por millón puede resultar inalcanzable sin un robusto consenso global.
LOS COSTES DEL CALENTAMIENTO Y DE LA PREVENCIÓN
El estudio de las consecuencias económicas de las distintas opciones de respuesta al calentamiento global supone acoplar los elusivos modelos de cambio económico a los no menos precarios que describen las consecuencias del cambio climático. No es fácil valorar el posible deshielo del Himalaya o la desaparición de especies de la rana arlequín, pero hay que intentar acotar los costes y beneficios de cada opción si queremos aspirar a un comportamiento racional. Si todo el cambio fuera antropogénico, la inversión a calcular sería la destinada a eliminar las causas y, en la medida de que no fuéramos capaces de eliminarlas, a paliar los efectos, mientras que si el calentamiento estuviera produciéndose esencialmente por otras causas, sólo cabría evaluar los costes de las medidas paliativas. Es curioso constatar que no parece que haya evaluaciones de cuánto costaría evitar que Bangladesh se sumerja o rodear mediante diques la isla de Manhattan, y que los escasos estudios se hayan centrado en evaluar los costes de limitar la emisión de gases invernadero.