Ante el calentamiento actual cabe preguntarse por la magnitud de los que lo precedieron, por lo que la reconstrucción de cómo evolucionaron las temperaturas en los últimos milenios ocupa un lugar central en la discusión sobre cambio climático. Como el registro instrumental de las temperaturas apenas alcanza a los últimos doscientos años, el conocimiento de éstas más allá de ese límite tiene que basarse en métodos indirectos, que consisten en el análisis de cómo se comportan a lo largo del tiempo ciertos parámetros cuya correlación con la temperatura puede calibrarse tomando como base el período en que ésta se ha medido instrumentalmente. Algo así como averiguar las transacciones económicas de un magnate tramposo a través del comportamiento de sus testaferros. El registro ofrecido por los testigos o testaferros de la temperatura puede ser de alta resolución (sensibilidad temporal entre el año y la década), como es el caso de la anchura de los anillos en las secciones del tronco de los árboles, o de baja resolución (entre uno o más siglos), como ocurre con la estratigrafía del hielo, la deposición de polen en los sedimentos de los lagos, la relación magnesio-calcio en las deposiciones marinas de conchas de moluscos, la abundancia isotópica en estratos de foraminíferos y diatomeas, la abundancia isotópica o el grosor de las capas en las estalagmitas y la variación de la composición química en los corales. Las medidas de la propiedad relevante de cada testigo se realiza en perforaciones de sedimentos no perturbados, en el corazón de los hielos, en los corales o en las estalagmitas de sitios concretos, y en cada punto de observación ha de calibrarse la propiedad del testigo, aprovechando los datos disponibles de temperaturas obtenidas por medida instrumental directa. Las temperaturas de los sitios en cada momento han de relacionarse luego con la media global mediante el instrumento computacional apropiado y, a partir de esa plataforma, deducir la evolución de las temperaturas en el pasado sobre la base de seguir la evolución de la propiedad relevante de cada testigo en cada sitio.
Una descripción fidedigna de cómo se elabora un modelo climático sobrepasa los límites de este artículo y de su autor, por lo que ha de bastarnos con una descripción somera. Dicho modelo es el resultado de la integración y acoplamiento de una serie de modelos parciales, cada uno de los cuales abarca, entre otros, uno de los siguientes aspectos: la atmósfera, la química de la estratosfera, la química de la troposfera, la química del océano, la vegetación, las nubes, el hielo marino, el hielo terrestre y la circulación oceánica. El manejo de tamaña complejidad mediante ordenadores implica introducir considerables simplificaciones en las ecuaciones que describen los modelos parciales, lo que no puede por menos de generar discrepancias y confusión entre los actores de los varios intentos independientes que se llevan a cabo para modelar el clima. Esto también implica que el aumento de la capacidad de computación vaya mejorando progresivamente los modelos.
En lo que se refiere al estudio retrospectivo, aparte de la mayor o menor continuidad de los datos correspondientes a cada testigo, el principal problema técnico está en los métodos de cálculo que se utilizan para conciliar las distintas escalas temporales y para «pesar» la importancia relativa de cada una de las series de datos que se integran en el cálculo.
El primer modelo retrospectivo que se obtuvo mediante un método de este tipo fue propuesto en 1998-1999 por Michael Mann y colaboradores de la Universidad de West Virginia
[ 6 ] , y se basó únicamente en testigos de alta resolución. Según este modelo, la temperatura media del hemisferio norte se ha mantenido relativamente estable a lo largo del último milenio hasta la revolución industrial, a partir de la cual está experimentándose una brusca subida, a cuyo patrón gráfico suele aludirse como el «palo de hockey». Dicho modelo fue uno de los pilares del informe emitido en 2001 por el IPCC. El palo de hockey se convirtió enseguida en icono y hasta en arma arrojadiza en manos de los más radicales, olvidando que, aunque útil y muy meritorio, no se trataba más que de una primera aproximación sujeta a un amplio margen de error. El modelo de Mann, que negaba supuestas transiciones climáticas del pasado, como el calentamiento medieval o la pequeña glaciación, tuvo desde el principio algunos detractores que, con insistencia, han venido imputándole defectos técnicos.
Las críticas al palo de hockey se han visto reforzadas a principios de 2005 por un nuevo modelo, desarrollado por científicos suecos y rusos (Moberg
et al .
[ 7 ] ), cuya novedad radica en el uso conjunto de testigos de alta y baja resolución temporal que se integran mediante una metodología estadística más sofisticada, obteniendo así información climática que escapaba a los modelos anteriores. El trazo de las temperaturas obtenido de esta forma para los últimos dos milenios ya no se asemeja al famoso «palo», sino que presenta unas oscilaciones a lo largo del tiempo que son mucho mayores que las contempladas en ese modelo anterior. Entre dichas oscilaciones, son perfectamente discernibles el calentamiento medieval, en torno a los siglos xi-xii , y la pequeña glaciación, cuyo mínimo habría tenido lugar en el siglo xvii . La conclusión más significativa de esta interpretación del pasado es la de que sólo a partir de 1990, y no desde la revolución industrial del xix , hemos empezado a batir el récord de temperatura del milenio. Potencialmente trascendente como es esta conclusión, debe ser tomada con la misma cautela que en su día debió aplicarse a la propuesta de Mann y colaboradores, ya que los nuevos cálculos tampoco están exentos de complicaciones. De lo que no debe caber la menor duda es de que, a partir de 1995, se han dado nueve de los diez años más calientes desde que la temperatura se ha medido con termómetro. El récord absoluto se lo disputan el año 1998 y el recién acabado 2005.