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Revista de Libros 115-116 Revista de Libros

El calentamiento global: año 2006

por Francisco García Olmedo
Revista de Libros nº 115-116, Julio / Agosto 2006

Número de páginas: 9
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La capa a rayas, cebra o tigre, herbívora o carnívora, la bestia del calentamiento global se divisa mientras se aproxima sin que sepamos a ciencia cierta qué manjares la apaciguarían a su llegada y, en especial, si deberíamos inmolarnos a ella para salvar al resto de la biosfera. Parece que nadie debe dudar que atravesamos una fase de calentamiento global que puede causar graves problemas a la humanidad e incluso podría llevarla hasta su prematura extinción. Todos somos conscientes del problema, aunque nuestra firme convicción esté a menudo falsamente fundada, porque confundimos los avatares del tiempo atmosférico con el verdadero concepto de clima, sin distinguir entre lo aleatorio del corto plazo y la media estadística correspondiente a largos períodos de tiempo. Conviene resaltar de entrada que la relación del cambio climático con catástrofes puntuales, tales como sequías, huracanes, olas de calor o de frío, o inundaciones, es por el momento desconocida. Sí se conoce, por el contrario, que dicho cambio depende de ciertos fenómenos azarosos -las erupciones volcánicas, las variaciones del flujo solar o las veleidades del fenómeno conocido como «El Niño»- y, por desgracia, también de la actividad humana.
Respecto a este asunto, no son expertos todos los que relucen y yo debo apresurarme a informar de que no me encuentro entre ellos, sino que escribo como posible damnificado que quiere contribuir al debate social sobre el tema. Mi preocupación surgió de modo casual hace casi dos décadas en el curso de una investigación sobre la domesticación de la cebada en el norte de África [ 1 ] . La existencia de cebada silvestre en Marruecos, adaptada ahora al campo de cultivo como mala hierba, nos indicaba que esa zona había tenido un pasado climático mucho más benigno, y vimos que, en efecto, los especialistas postulaban una progresiva desertización de esa región a partir del tercer milenio antes de Cristo. ¿Cuándo le tocará ese cambio a nuestra península?, me preguntaba yo entonces. Poco después, con la creación del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) en 1988, pude constatar que mi pregunta no era tan ingenua y que el problema era real.
Es tan grande el interés por este tema y tan poco lo que sabemos sobre él que no es de extrañar que la información nueva esté surgiendo en avalancha y sea difícil de asimilar. Ante esta situación, puede resultar constructiva la tarea de revisar periódicamente por escrito las aportaciones más recientes para así poder compartir esas revisiones provisionales con quien lo desee. En 2005 publiqué una primera entrega [ 2 ] y ahora me propongo ampliarla y revisarla a la vista de las numerosas novedades científicas producidas, entre las que se incluyen algunas de considerable relevancia, tales como la constatación de un posible colapso de la circulación termosalina, nuevos datos sobre la tendencia al deshielo o el descubrimiento de que las plantas pueden ser una de las más importantes fuentes de metano, uno de los principales gases con efecto invernadero. También en los últimos meses se han generado novedades de carácter político, entre las que puede destacarse la reunión de Toronto, a finales de 2005, y a escala nacional, nuestro flagrante incumplimiento del compromiso de Kioto, junto a las posturas radicalmente catastrofistas del Ministerio de Medio Ambiente.
El IPCC, puesto en marcha por la Organización Meteorológica Mun­dial (OMM) y por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), es el órgano científico de la Convención Marco sobre Cambio Climático, y un breve examen de su estructura interna, dividida en cuatro grupos o apartados y distribuida por cinco sedes, puede dar una idea de la complejidad del problema que debe atender: 1) aspectos científicos; 2) impactos económicos y sociales y vulnerabilidad de sistemas humanos y naturales; 3) opciones para limitar emisiones de gases con efecto invernadero, y 4) contabilidad e inventarios nacionales de dichas emisiones. El IPCC ha emitido ya tres informes, en 1990, 1994 y 2001, y está previsto que publique su próximo informe en 2007. Es evidente que el problema desborda el mero ámbito de la ciencia y que, incluso en términos científicos, se está más ante la insidia de lo probable que bajo el cobijo de lo proba­do. La del clima es una ciencia más de observación que de experimento, por lo que el contraste de teorías e hipótesis no es todo lo aseado que cabría desear. Dice el proverbio árabe que «el caballo lo concibió un dios y el camello, un comité de dioses» y en la misma línea podría decirse que para el consenso científico basta un puñado de investigadores, mientras que para la ciencia por consenso hace falta un IPCC. Cuando falta lo primero, la segunda es lo más preciado que nos queda y no tenemos más reme dio que apelar a ella e incluso ir más allá, recurriendo a las intuiciones, cábalas y premoniciones de los expertos, si bien debemos escapar de la falsa sensación de certeza que estas lucubraciones puedan generar en espíritus no avisados.
ALGUNOS HECHOS PROBADOS
Número de páginas: 9
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NOTAS
  • [ 1 ]

    José Luis Molina-Cano et al., «Morocco as a possible domestication center for barley: biochemical and agromorphological evidence», Theoretical and Applied Genetics, vol. 73 (1987), pp. 531-536.

  • [ 2 ]

    Francisco García Olmedo, «Últimas noticias sobre el cambio climático», Revista de Occidente, n.º 290-291 (2005), pp. 150-165.


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