La consecuencia del nuevo mapa de los últimos veinte años no es unánime ni universal, pero las cosas han cambiado de aspecto y de función. El oficio de descubrimiento que tuvo el Nadal o el Biblioteca Breve, a veces en sentido estricto, se ha convertido en un papel difusor y exaltador, lo cual ha propiciado la instalación en la minoría del circuito literario de dos cosas: la renuncia a cambiar el sistema de premios, reproduciéndolo a escala menor, y la fatalidad con la que se convive con la rampante vulgaridad premiada (y mediáticamente entronizada como eximia excelsitud). Nadie se cree nada, por supuesto, y la única cosa segura en el sector es, por tanto, que entre los partidiarios del sistema y su actual funcionamiento están sin duda los concursantes con obra publicada ya y la aspiración irreprochable de aumentar su audiencia, o ratificar un crédito o ganar dinero. A menudo de acuerdo con su agente literaria y sus recomendaciones o indicaciones o sugerencias. No difiere esa práctica sustancialmente en los últimos treinta años y se aplica hoy a cualquier género y con cualquier aspiración literaria: los que se remontan a las esencias (porque hay premios también para esencias) y los que transigen con la mugre costumbrista, los que hacen aventuras y los que postulan géneros intermedios o mixtos o infiltrados, los que navegan en muchas aguas y los que sólo navegan a remo.
Es noticia reciente y conocida que un antiguo premiado como Juan Marsé con el Planeta de los tiempos heroicos ha desistido de mejorar los filtros de selección de originales y se ha retirado del jurado al ver desatendidas sus reclamaciones. José Manuel Caballero Bonald ha sido jurado del reciente Biblioteca Breve que ha ganado Luisa Castro sin protestar el resultado, pero sí deploró el reaccionarismo ideológico de la novela vencedora en otro jurado literario que había presidido. ¿Quieren tomarse como indicios de un bochorno contagioso? Es lo que son: llamadas de aviso o de hastío o de saturación del propio sistema. Quizá la más radical, en todos los sentidos, es la que ha emitido el fallo desierto de un premio de ámbito español e hispanoamericano, fallado en la feria de Guadalajara, que había aspirado a cumplir con requisitos de exigencia y calidad fuera de lo común. Es lo que intentó Tusquets, no era la primera vez y no es casa precisamente inexperta en la evaluación de originales y candidatos para otro premio tan consagrado y valioso como el Comillas de biografías y memorias. Los tres son indicios del deseo de algunos editores de saltar del tren en su marcha alocada y reforzar la confianza y el crédito de lectores menos gregarios. No todos los premios aspiran al prestigio del Planeta y se conforman con llegar a aguas menos populosas, quizá desde la conciencia de que una novela de Roberto Bolaño como Los detectives salvajes , o una novela como El jinete polaco , de Muñoz Molina, podrían intercambiar los premios que respectivamente obtuvieron, pero no sirven ambas para señalar el criterio de calidad de cada uno de los dos premios en cuyo palmarés están (el Herralde y el Planeta). La primera es norma plausible del Herralde, la segunda es excepción del Planeta, mientras que el Nadal animó una novela joven sobre jóvenes que está muy lejos de la recién premiada novela de Eduardo Lago, Llámame Brooklyn , que ni es joven ni escribe para jóvenes sino que es una larga, meditada y compleja novela de autor aplazado, lentamente madurado. El mundo novelesco de Maria de la Pau Janer, que ha ganado el último Planeta, está muy cerca de las series televisivas de producción propia en las sobremesas catalanas (si conecta TV3), y apenas tendrá nada que ver ni con Mario Vargas Llosa y su Lituma en los Andes ni con el mundo de Antonio Muñoz Molina y su El jinete polaco , pero tampoco con algunos otros anteriores o posteriores a ese premio.
Ni siquiera la astuta selección de este o aquel título para contar la historia de los premios servirá de gran cosa sin instalar ese fenómeno en coordenadas más generales o, por el contrario, ceñirlo a las más particulares. A mí me ayuda a terminar una noticia que me manda Enrique Vila-Matas porque se la he pedido, aparecida en El País , firmada por Miguel Mora y Amelia Castilla el 27 de enero de 2001. Ambos cuentan la peripecia que siguió el «II Premio Casa de América de Narrativa Americana Innovadora», editado por Lengua de Trapo y dotado con un millón de pesetas, para alcanzar un acuerdo suficiente sobre el resultado. El presidente (Enrique Vila-Matas) y los miembros del jurado (Juan Villoro, Héctor Abad, Eduardo Becerra y la jefa de comunicación de Casa de América, Ana López Alonso) habían desestimado de común acuerdo las cinco novelas finalistas que el equipo de la editorial había cribado y decidió reclamar información sobre los originales desechados hasta que apareció una caja grande con un manuscrito que era varios manuscritos y contenía setecientas páginas de una novela que era varias novelas, o al revés. Esta circunstancia fortuita (la caja, no el manuscrito) estuvo en el origen de la curiosidad por leer todas esas páginas que Villoro confió en que no fuesen buenas (para no tener que leerlas) y que resultaron ser inmejorables. No porque fuera, según la crónica de El País , una novela perfecta y maravillosa, pero sí una novela moderna, literaria y distinta, aunque desde luego no era exactamente comercial como el propio autor, el argentino Tulio Stella, sabía muy bien. No es un cuento de hadas, pero tampoco un cuento verdadero: es un cuento que parece una ficción romántica para seguir creyendo que los premios no son fundamentalmente medios de promoción de autores. El caso que acabo de contar puede que no valga de modelo y está tan tocado por el dedo del azar y la extravagancia, que podría estar atado directamente a la invención de Vila-Matas. Pero al menos define con precisión quiénes dan o dejan de dar los premios literarios.