Quizá, por tanto, el caso español es raro sólo en la proliferación de premios a manuscritos, pero no en la lógica de fondo de la industria cultural europea, o es raro sólo en la vistosidad follonera de un fenómeno común. En un análisis comparativo entre España y Alemania, publicado en 2001, Hans-Jörg Neuschäfer proponía algunas diferencias y semejanzas entre ambos sistemas literarios para concluir con rotundidad que en Alemania había resistido el «estatus semirreligioso» de la literatura junto con «una normatividad casi metafísica» que le había permitido oponerse «al reino del nuevo Dios único y verdadero», que pronunciaba, sin embargo, en francés, «le Dieu Capital», porque tomaba la frase de un novelista de hace cien años, Émile Zola. España estaba en lo segundo, evidentemente, porque aquí la literatura se había dado al mercado en cuerpo y alma, incluida la izquierda y el hermetismo legendario. En Alemania hay pocos premios, no tienen excesiva dotación económica, carecen del glamour español, apenas alcanzan resonancia mediática, e incluso pueden resultar perjudiciales para la apreciación del selecto reducto de los «entendidos» (López de Abiada et al. (eds.), Entre el ocio y el negocio , Madrid, Verbum, 2001, p. 210). Ni peor ni mejor literatura, sino procedimientos de comercialización distintos, sobre la base de sociedades con valores jerarquizados de manera más firme o solvente, e incluso más púdicamente. Porque el factor de diferencia verdaderamente llamativa, escribe Neuschäfer, tiene que ver con la ubicuidad de los escritores como mensajeros, portavoces, avaladores, transmisores y en tantísimas ocasiones receptores de aquellos premios que han contado con ellos como candidatos primero, jurados a menudo, autores casi siempre. El bochorno cultural germano de verse mezclado con una operación mercantil -un anuncio, una presentación, una entrega social de premio, una cena con cámaras, un reportaje televisivo que en directo retransmite el acto del fallo o las deliberaciones del jurado- veta toda posible contaminación, al menos hasta la fecha, de este tipo de mecanismos promocionales que las editoriales en España inventaron para vender libros y que los autores han aceptado porque los venden. No parece mucho más compleja la situación vista de esta manera: existen muchos más premios y tienen muchos más beneficios, editor y autor, en España, porque la industria editorial y literaria o, mejor, esencialmente literaria, no ha escapado a la dinámica rigurosamente nueva, moderna o posmoderna, que ha arrastrado a la parte más comercial de la edición literaria hacia el campo de cualquier otra industria del espectáculo o del entretenimiento. Y encima, en España, frente a la severa asepsia germana, no tenemos crítico que haga de Gran Crítico («un rol social que en España no existe», dice Neuschäfer), y si alguno lo pretende es carne (y espíritu) de la rechifla general, si no de cosas peores.
Y quizá por eso también podría ser aconsejable ensayar otros métodos antes que seguir con la hipócrita cantinela de protesta contra los premios comerciales cuando muchos escritores alteradísimos con esa deriva patológica han sido o fueron ellos mismos beneficiarios del sistema. Su perversión progresiva no ha variado cualitativamente el modo de operar y lo que antes era comercialmente viable y rentable (una izquierda como la que encarnaban Marsé o Semprún) parece haberse escorado hacia los presentadores televisivos de actualidad (pero eso vale sólo para la órbita de los Planeta). Sociedades menos atropelladamente democratizadas e industrializadas que la nuestra, como la británica, han buscado una manera alternativa de promover la venta del libro de literatura. O, mejor, han hallado una fórmula que preserva los requisitos de calidad y exigencia literaria sin renunciar del todo a la popularidad de los escritores contemporáneos menores o mayores. La revista británica Granta , bajo la dirección de Ian Jack, ha publicado ya tres números en torno a Los mejores jóvenes novelistas británicos . Aparecieron en 1983, 1993 y el último en 2003, y es en éste donde el director apunta algunos de los cambios vividos en veinte años en lo que hace al valor de icono o de marca que no todos pero sí muchos escritores han obtenido. Se remonta a principios de los ochenta para contar un acto de «nacionalismo cultural» impulsado por el Consejo de Marketing del libro con el fin de llamar la atención sobre la valía de los nuevos escritores británicos: «Verlos a todos juntos resultaba algo extraño, como una pieza de nacionalismo cultural más propia de la Segunda Guerra Mundial: escritores contra Hitler. Extraño, en realidad, el mero hecho de verlos: en aquella época, los escritores todavía eran personajes privados, sus vidas públicas se limitaban principalmente a lo que estaba impreso en la página» (p. 3), a excepción, evidentemente, del «estrecho círculo de las editoriales de Londres».
Nada es así ahora en Inglaterra ni tampoco en España y la producción de libros literarios no escapa a una ley que es más general y no exclusivamente literaria: tampoco las promociones de las películas, ni las moribundas gesticulaciones de los Papas, ni las inauguraciones de las Olimpiadas, ni las conferencias mundiales de políticos, ni los encuentros de la NBA, tuvieron antes el tratamiento descaradamente mercantil y promocional de hoy. Si los escritores se desenvolvían bien con las cámaras y sus personalidades públicas importaban tanto o más que sus propios libros, podía ser innecesaria incluso la promoción a través de ese primer Granta dedicado a ellos: «Poco a poco, y vagamente -escribe Ian Jack-, tomé conciencia de que era ese mismo bombo que a menudo rodea a la autoría lo que hizo que Lo mejor de la narrativa británica fuese incluso más necesaria. Lo que en un principio había sido un ejercicio para promover la novela literaria en un momento en el que había muy pocos focos iluminando esta rama particular de la cultura puede ahora desempeñar un papel nuevo para el consumidor como guía independiente de novelistas que merecen ser leídos en una época en la que [...] tantísimos focos están controlados por el dinero del márketing y la suma del anticipo a los escritores» (pp. 3-4 de Granta en español , núm. 0, verano/otoño de 2003). Llanamente, eso significa la desconfianza generalizada que el sistema ha engendrado sobre lo que presenta como literatura, y la necesidad de hallar mecanismos correctivos para mantener las ventajas del sistema y remediar sus nuevas desventajas o perjuicios. La opción particular ha sido una combinación de literatura y mercado sin deplorar el mercado ni abandonar a su suerte a los escritores: el mecanismo corrige las nuevas condiciones que la industria cultural y el capitalismo global han inventado para no dejar de leer y publicar buena literatura, aun cuando la mayor parte de los lectores españoles seguirán viviendo bajo la conciencia prestigiosa del Planeta.