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La cultura pasa por aquí
Revista de Libros 114 Revista de Libros

La reoca de los premios

por Jordi Gracia
Revista de Libros nº 114, Junio 2006

Número de páginas: 6
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Lo que podía parecer una situación muy específica de España quizá no lo es tanto, de acuerdo con algunos indicios y algunas consideraciones (sin duda terriblemente insuficientes). Siegfried Unseld estuvo al frente de la editorial Suhrkamp desde 1959 y en 1978 publicó algunas conferencias sobre su experiencia de editor. En una de ellas se extendía sobre los modos de encajar un proyecto intelectual y literario en el mapa de un sistema capitalista desarrollado: «Quien lucha en este terreno por una transformación, cree que la cultura debe democratizarse; quien entiende por cultura un proceso de humanización de la vida cotidiana, ineluctablemente entra en conflicto con su tiempo, y esto es válido especialmente para el editor que no participa en la caza del simple best seller , sino que publica libros para apoyar lo que puede y debe ser, es decir, lo que es progresista, en oposición a lo que simplemente es , es decir, lo puramente afirmativo. No es una contradicción organizarse de modo capitalista y editar literatura progresista» ( El autor y su editor , Madrid, Taurus, 1985, p. 19). Por estas mismas fechas, España estaba lejos de ser nada parecido a Alemania en términos de industria editorial y literaria y, sin embargo, sí comparte en esencia los problemas de encaje entre un editor literario y un sistema ineluctablemente capitalista. La salida del desprestigio culto del Planeta justo en esos años tuvo mucho de maniobra inteligente, actividad industriosa y perspicacia histórica. Borrás supo hacer encadenar tres premios Planetas que lograron un efecto de legimitación duradero (y tentador) a quienes sólo unos pocos años atrás se habrían abochornado de comprar o exhibir un premio Planeta (que es donde estamos ahora en los medios intelectuales y literarios). Pero en la transición más caliente, casi predemocrática, las cosas fueron de otra manera. Al mismo tiempo que fundaba Borrás una colección contaminada del fraquismo de su dueño, José Manuel Lara, y que se llamó Espejo de España, el premio de novela se postuló y actuó como aliado del cambio que había de vivir la sociedad española, y quizás el más simbólico de todos fue Jorge Semprún, quien accedió a ganar el premio de acuerdo con la dedicatoria que Borrás transcribe en La batalla de Waterloo , y más aún con las extensas explicaciones del segundo tomo sobre este y otros casos. Después fueron en 1977 Juan Marsé y en 1978 Manuel Vázquez Montalbán, con finalistas como Juan Benet en 1980.
El impacto social e ideológico entonces de esos triunfadores tuvo mucho de sentimiento de traición para la izquierda menos integrada porque significaba una suerte de claudicación bajo el icono del capitalismo editorial en España. Legitimó democráticamente un premio e instaló a la izquierda en la democracia capitalista, posrevolucionaria y posfranquista. Con sintaxis y gramática muy retorcida, Unseld trata en la misma página de legitimar consoladoramente la subversión del orden capitalista desde el interior del orden. Cito, y prepárense para el laberinto: «Una empresa organizada de modo capitalista que contribuye a esclarecer la estructura psicogenética del individuo y la estructura sociogenética de la sociedad, y al mismo tiempo el fundamento sobre el que la misma se erige, contribuye objetivamente más al progreso que si, por una supuesta etiqueta progresista, renuncia a ese fundamento que le permite ejercer una influencia de la que puede esperarse que transforme al individuo y a la sociedad misma». Es inconfundible el aroma de la izquierda socialdemócrata y pactista alemana que, desde luego, España todavía no tenía por entonces. Incluso podría formularse de otra manera, y eso fue lo que tuvo de pionera la actividad de al menos tres de esos cuatro escritores vinculada a Planeta: ampliar el público para un pensamiento que seguía siendo crítico y progresista. Usaba la casa del poder, pero no su lenguaje ni su ideología. Borrás cuenta que Semprún se convenció de concursar pensando en la difusión potencial de su libro Autobiografía de Federico Sánchez , y el propio Manuel Vázquez Montabán contó eso mismo de muchas maneras directas e indirectas (la más indirecta de todas seguramente su testamentaria novela El estrangulador ). Planeta parecía convertirse en la vanguardia ideológica y popular de una izquierda en fase de aclimatación a la democracia, cuando en realidad la lectura mayoritaria que la izquierda hizo de esos premios fue la claudicación traidora de intelectuales burgueses o en fase muy crítica de aburguesamiento.
De golpe, aquel trío, junto a Juan Benet, venía a hacer legítimo el éxito de ventas de un escritor de izquierdas y podía empezar a corregirse la angustiosa y patética tendencia a equiparar éxito de público con mediocridad congénita. Esa inercia la hizo pedazos la narrativa hispanoamericana de García Márquez, Vargas Llosa o Julio Cortázar al menos una década y pico antes, a veces también con premio. Sin embargo, a la altura de 1980, Ángel Sánchez Harguindey no tenía dudas sobre el significado de la edición del Planeta 1980 con Benet de finalista por El aire de un crimen : «Puede ser definida como la transgresión radical de una norma no escrita: presentarse a un premio no es indigno», y podía ir ya terminándose con el «principal quebradero de cabeza» que es para «los escritores dignos» el premio Planeta. Benet ya le había contado con detalle a Harguindey la oferta insistente de Borrás, la satisfacción de Lara padre por verlo de concursante sin seudónimo (porque Benet rechazó el pacto de la plica), la firma del contrato por dos millones antes del fallo (y dos millones era la cuantía del finalista) e incluso la entrega fuera de plazo del manuscrito (la crónica se recoge en Juan Benet, Cartografía personal , Valladolid, Cuatro ediciones, 1997, pp. 167-168).
Y esa primera conciliación de mercado y literatura puede haber sido el origen de una acentuada degradación actual del sistema mismo, como si estuviese llegando a un final de ciclo en el que la permisividad y la encanalla­da costumbre hubieran ido escalando puestos que conducen a un cinismo más holgado, descarado e impúdico de lo que pudiera serlo antes, en justa correspondencia con la expansión de un semejante cinismo al resto de ámbitos sociales. Las toxinas éticas del capitalismo salvaje existen y degradan: resignarse a ellas o incluso aceptarlas como mal menor no significa negarlas ni tampoco por fuerza responder apocalípticamente (o melancólicamente) como si algún ser supremo e inmaterial (como el mercado) fuese responsable de todo ello, y no lo fuésemos quienes hemos participado de un modo u otro en el embrollo, como candidato, presentador, crítico, lector, comprador, informador o ese reducido pero nada pequeño club de miembros de jurados de premios.
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