La llegada de Rafael Borrás a la editorial Planeta en 1973 está minuciosísimamente contada por él mismo, y su dirección literaria casi desde el mismo momento también, en dos gruesos tomos de memorias, La batalla de Waterloo y La guerra de los planetas (ambos en Ediciones B): miles de datos se esparcen allí y, entre ellos, sensatas consideraciones sobre el modo de relanzar un desprestigiado premio como era el Planeta por entonces. Hoy su prestigio popular es absoluto, unánime e ingobernable: su nivel de consolidación en España es sólo comparable al que tienen algunos de los galardones o distinciones institucionales como los Nacionales o el Cervantes, pero en absoluto es comparable con los otros dos con crédito literario que controla la misma empresa Planeta, es decir, el Nadal y el Biblioteca Breve, ni tampoco los comerciales como el Ateneo de Sevilla o el Fernando Lara, y desde luego sin competencia posible en ese terreno con el premio Herralde. El Planeta es como antes el Partido, El premio , y así tituló Manuel Vázquez Montalbán una novela que aprovechaba cosas de las que sabía y de las que sabían sus amigos sobre la peripecia de ese premio, por lo demás tan pública y conocida, tan bien seguida por los periodistas. No pongo yo la ironía: el prestigio es esencialmente una medida social de apreciación del valor de algo, y ninguna televisión o periódico dedicará tanto espacio y atención y conexiones y ent revistas en directo a ningún premio, de manera que es sin ninguna duda el más popularmente prestigioso fuera y dentro de España. Sólo está desprestigiado en los propios circuitos literarios, entre editores, comentaristas y escritores (incluidos los que ya lo obtuvieron), precisamente porque se procura desprestigiarlo, rebajarle el crédulo crédito al que lo ha elevado su inmediato impacto mediático. Pero esa lima tiene repercusión cero en la realidad social y cultural española, y las reseñas de los libros mismos premiados, cuando son negativas, juegan en otro terreno. En el de la industria del libro y la cultura, el premio Planeta carece de rival inminente, y no es casual que haya captado ganadores en los medios televisivos y haya atraído sobre sí la imagen del libro necesario del año, como los medios próximos al diario El País tratan de convertir el premio Alfaguara en el otro centro de la literatura comercial.
Porque seguramente Juan Cruz y el Premio Internacional Alfaguara es lo más próximo al relevo que yo pueda ver en el panorama reciente, en lo que hace a medios económicos, estrategias de mercado y promocionales, y selección de autores premiados, y me recuerda en gran medida el papel que desempeñó Borrás cuando reimpulsó el premio Planeta en los años setenta. El mercado interior de lectores, en evidentísima expansión entonces, era el terreno propio de Borrás, mientras que el que ha de pisar Juan Cruz está fuera de las fronteras seguramente, y de ahí la naturaleza marcadamente prohispanoamericanista del Alfaguara. Es una señal que define también la ruta del Biblioteca Breve y el Anagrama en las últimas convocatorias.
La tónica general de esos premios y de la mayor parte de los más conocidos y mejor dotados sigue una pauta semejante: son libros solicitados, sugeridos, instados, propuestos, animados o alentados por el editor en busca de un autor, de manera no disímil a como actúan la mayor parte de editores con su catálogo ordinario. Ponen las orejas, están atentos, tratan con escritores y son amigos de escritores, los escritores son amigos o enemigos entre sí y se explican y se explayan y se alían y a veces hasta se delatan y se confunden, de manera que la información sobre proyectos, novelas empezadas, libros indecisos o precipitadamente terminados, o malhadadamente inconclusos a tiempo, forma parte de la rutina de un editor sin que haya allí nada distinto que el ejercicio de un oficio practicado a todas horas. Y estar atento significa observar el panorama, conocer a los autores, y aspirar a atraerlos a un premio con beneficio mutuo si las expectativas se cumplen. Un editor como Jorge Herralde ha hablado de los premios como el principal método de tráfico de autores, y así los saltos de una editorial a otra de novelistas están vinculados a la dotación económica de un premio. Porque ese premio de 30.000 euros o de 200.000 euros, y son cifras en ambos casos reales, funciona como contribución suculenta a las cuentas de un escritor que ha aceptado entrar en un mercado donde los beneficios constituyen parte de la vida profesional del autor. Lo cual, dicho así, parece una cosa tan primaria que no acaba de entenderse dónde puede estar el problema. El hecho de que Juan José Millás gane el premio Primavera de Espasa Calpe, al igual que ganó antes el Nadal, siendo autor hoy sustancialmente fiel a Alfaguara, describe una realidad industrial más compleja que antes. El escritor (aunque puede que ni llegara a imaginarlo cuando empezó a escribir a oscuras) es un valor de marca, un reclamo, un producto que un editor desea adquirir para hacer dinero con sus libros. La fealdad espantosa de la frase no está reñida con la pureza inmaculada de la literatura. Lo está seguramente con un modelo de funcionamiento anterior, si no preindustrial, sí más artesanal, menos económicamente determinado, más amistosamente entrañable, en la línea de lo que dan por extinto editores como André Schiffrin en su hermoso y elegíaco La edición sin editores (Barcelona, Destino, 2000).
Sin embargo, un escritor de menor entidad novelesca que Millás, como Fernando Sánchez Dragó, se ha declarado más de una vez partidario radical del sistema (y acaba de recordarlo con contundencia y veracidad en Historia de los premios Planeta , Barcelona, Planeta, 2006): fue dos veces finalista de ese premio y en una ocasión vencedor. No tiene nada contra ellos, excepto las latosísimas promociones que ganador y finalista deben aceptar junto al cheque. Y hay una razón indefectible, y es que cada premio lo dirime la mayoría de un jurado con nombre, apellidos y biografía literaria o editorial. No hay más responsable de la victoria de Maria de la Pau Janer, o de César Vidal, o de Antonio Muñoz Molina, o de Álvaro Pombo en sus respectivos premios que el autor con su obra y la mayoría de votos del jurado que emite su fallo. Examinar desde otro ángulo el asunto es una forma de despejar pelotas fuera del gremio literario y mandarlas al mercado para rebajar la responsabilidad de quienes la tienen estrictamente. Son los jurados quienes aceptan o rechazan las reglas del juego y toman sus decisiones por convicción, conveniencia e interés (o desinterés), incluso si el editor ha jugado sus propias cartas, y entre ellas puede estar la criba de cinco originales finalistas donde sólo hay uno mínimamente aceptable y que con todas las de la ley acabará defendido como el mejor de los posibles. Y habrá ganado el candidato promovido por el editor.