En última instancia, sin embargo, la responsabilidad de lo que haya sucedido en el sentido más integral y pleno de la palabra está fuera de los lectores, al margen de ellos, y en todo caso son los menos responsables de la dinámica festivalera que afea hoy al sistema literario. Ese retrato, además, lo emite la gigantesca industria cultural de la comunicación y el entretenimiento (de la que un pedazo valioso y exiguo es la revista que leemos ahora). Me pongo en la piel de Gombrowicz por vía de inmersión en sus diarios y no se me ocurre nada seguro para reparar ni los desperfectos de banalidad ni la falta de compostura que ha traído la democracia. De vivir en otro país y de ser novelista, quizás envidiaría tantos premios, de tantos dineros muchos de ellos, para enseguida hacerme cargo melancólicamente de las consecuencias degradantes que tienen en la jerarquías sociales del mérito cultural y la estricta calidad. Y podría, por tanto, echar de menos nostálgicamente aquellos viejos y heroicos tiempos de plenitud cultural antifranquista, cuando el premio Biblioteca Breve se entregaba casi a una obra maestra detrás de la otra, y no como ahora, en que treinta años después, con su resurrección, ha recaído en escritores sin obra equiparable a la de ninguno de la etapa clásica del premio.
También había sido ejemplar el inicio del premio Nadal, cuando dejó con un palmo de narices y un resentido sentimiento de fraude a César González Ruano (no es el lugar, pero las cartas de ira y decepción que le manda a Ridruejo en 1944 describen la peripecia sin tapujos), porque perdió su novela y ganó Nada , y poco después llegó una época dorada para ese premio. Conectado inverosímil y astutamente con los mejores de los jóvenes de entonces, gracias en parte a la información priviligiada que tenía sobre todo ello Rafael Vázquez Zamora, pudo llegar a premiar lo que estaba haciendo el hijo de un jerarca como Rafael Sánchez Ferlosio, una tímida muchacha que calló como una muerta hasta que se falló el premio y se supo que Sofía Velloso era Carmen Martín Gaite («no un seudónimo como los de ahora, que son un secreto a voces, sino con todas las de la ley», dijo ella misma hace unos años), y cabrá suponer que el premio era tan fiable como para no aceptar las presiones que un novelista frustrado como José María Valverde había hecho sobre Ridruejo para que a su vez Juan Ramón Masoliver interviniese a su favor. Porque ni Delibes, ni Laforet, ni Martín Gaite, ni creo que Ana María Matute ni prácticamente ninguno de los quince primeros ganadores hubiesen podido saber nada de antemano o estar sobre aviso.
La larga lista de concursantes sin éxito (Juan Goytisolo, Juan García Hortelano, Antonio Rabinad) es todavía más clara. Después el Nadal se desorienta algo, rendido a la superioridad de los autores que atrae el Biblioteca Breve a lo largo de la década de los sesenta (pese a Álvaro Cunqueiro, por ejemplo, que fue Nadal en 1968 o Fernández Santos en 1970), y todo eso lo explica bien Antonio Vilanova en su introducción a 50 años del Premio Nadal (Barcelona, Destino, 1994). El equipo de lujo de Seix Barral, moderno, de izquierdas, casi sin pasado propiamente franquista y casi todos jóvenes revoltosos (Castellet, Carlos Barral, Gil de Biedma, Ferrater, Valverde), premia a un hombre próximo a ellos en 1958, Luis Goytisolo, y después a un casi perfecto desconocido, Juan García Hortelano, que es lo mismo que sucedió en la primera convocatoria del premio Herralde de novela casi treinta años después, al borde del precipicio en la primera convocatoria y gracias a un contacto personal de última hora (¿fue Carmen Martín Gaite ese contacto?), capaz de descubrir, como en los viejos tiempos, a un escritor excepcional al que se le concede el premio, Álvaro Pombo, que sería además, junto con Enrique Vila-Matas y Paloma Díaz-Mas (futuros ganadores del premio a su vez), uno de los finalistas de esa primera edición con El hijo adoptivo . Para entonces, Valverde había defendido ya a capa y espada para el premio Biblioteca Breve una obra maestra como La ciudad y los perros , en 1962, y el premio no va a dejar de encadenar, uno detrás de otro, grandes nombres de novelistas, algunos con contactos previos (el caso más obvio es el de Juan Marsé y seguramente el de Juan Benet, para Una meditación , después de haber sido desestimada Volverás a Región en una convocatoria anterior del Nadal), y otros sin ellos, o sin que fuese tan evidente la proximidad: Carlos Fuentes, Guillermo Cabrera Infante, Vicente Leñero.
En la década de los ochenta, la editorial Destino está viviendo cambios estructurales y el premio se relanza en busca de una literatura nueva, de, para, por y bajo la democracia. Aspira a resucitar su papel de la primera posguerra con la primera democracia consolidada, y los nombres son de excelentes prosistas sin grandes novelas, como es el caso de Manuel Vicent, frustrado Nadal de 1979 con Ángeles y neófitos y ganador en 1986 con Balada de Caín , o de excelentes prosistas capaces de ingenionísimas y turbadoras novelas, como Juan José Millás y su Nadal de 1990, La soledad era esto. Ninguno de los dos es un descubrimiento del premio, como no lo había sido el Umbral que gana con Las ninfas en 1975 el mismo premio que perdió con El Giocondo en 1968. Pero es que la década de los ochenta iba a ser del Herralde, capaz de colocar en el mapa de la narrativa de la democracia, entre premiados y finalistas, a Sergio Pitol, Miguel Sánchez-Ostiz, Félix de Azúa, Rafael Chirbes, Pedro Zarraluki, Justo Navarro y, en tiempos más recientes, Roberto Bolaño, Pablo d'Ors o Alan Pauls, sin que el jurado haya alterado cuatro de los cinco jinetes que lo dirimen desde 1981 hasta hoy: Juan Cueto, Salvador Clotas, Esther Tusquets y el propio editor. Concursan en el Nadal de los ochenta un promedio de doscientas obras, la mitad de los que suelen concurrir al Planeta y el doble de lo que atrae el Herralde de novela.