No son pocas las cosas que han cambiado de lugar o de función en el sistema literario español desde la primera transición hasta hoy: los novelistas han copado la cima del prestigio popular de la literatura, no es necesariamente deplorable la literatura comercial, el ensayo ha encontrado una voz más persuasiva y animosa para dirigirse a sus lectores sin la severidad solemne de los estudios universitarios, la historia (no siempre la mejor historia) ha vuelto a ganar un público con ganas de conocerse mejor, los editores intercambian altos puestos ejecutivos con más frecuencia de la clásica, los jóvenes escritores a veces buscan agente literaria antes incluso de tener libro terminado, mientras que algunos fenómenos específicos, como los éxitos espectaculares de buenos libros de literatura (Eduardo Mendoza, Juan Marsé, Javier Marías, Luis Landero o Javier Cercas), han tendido a servir de pauta para identificar las temporadas literarias.
Los premios literarios y comerciales están, sin embargo y muy a simple vista, entre los mutantes más descarados y quizá más descarnados de una nueva actitud social ante la cultura literaria, como si el comportamiento de jurados, editores y autores, en los últimos treinta años, pudiera dar un retrato en pequeño de la interiorización colectiva de los mecanismos de mercado que rigen, también, la compraventa y promoción de literatura más allá de su valor estético, e incluso enteramente al margen de él. La plena integración capitalista que ha vivido España desde el final del franquismo ha seguido su ciclo expansivo (e intensivo) y las peripecias de los premios literarios desde entonces pueden ser una pintoresca y eficaz lente de aumento para verificar algunos nuevos comportamientos y, sobre todo, un nuevo aire, menos romántico, más cínicamente capitalista, más triunfador, como de Operación Triunfo, en los años más recientes. Si la televisión ha vivido cambios radicales hacia una masiva función de entretenimiento en el último medio siglo, no habría razón alguna para no sospechar que también los premios, dada su función promocional, no habrían de alterar también algunos de sus antiguos y más primarios criterios de funcionamiento. Quizás incluso han suplido socialmente un criterio de autoridad disuelto hoy o apenas defendido como medida de exigencia literaria o cultural: como si de veras en el imaginario colectivo esté fuera de lugar cualquier otro ejercicio de autoridad que no venga avalado por el mercado y la resonancia mediática como presuntos dictadores del gusto. Por supuesto que nada de esto vale para las minorías intelectuales y literarias, y de ahí que el diagnóstico general de esos medios sobre los premios sea globalmente descalificador: el festival de los premios encierra una gran farsa de declaraciones, esperas tensas sin misterio, ganadores con el libro impreso y encuadernado en el mismo momento del fallo, ganadores con contrato editorial firmado con el editor, jurados nítidamente cómplices o directamente cautivos de los deseos del editor.
«Sé muy bien cómo me gustaría que fuera la cultura polaca en el futuro. Sólo que cabe preguntarse si no extiendo a toda la nación un programa que no es más que mi necesidad personal». Lamentablemente, a mí me falta la imaginación de Witold Gombrowicz para proyectar el futuro de la cultura española incluso para el próximo cuarto de hora y, sin embargo, tengo la certeza de que hay un numeroso público dispuesto a formular sus ideas al respecto. El sistema de premios comerciales discrimina poco lo literario de lo mediático porque ha ido adaptándose cada vez más rutinariamente a su nueva función comercial y exclusivamente comercial: optimizar las ventas de un producto (autor y libro) con la resonancia mediática de un premio. Están tan a mano y salen tantos a cada rato que son casi siempre una desnuda provocación. Según ha escrito, a Juan Cueto le ha gustado uno de los últimos premios (lo sé capaz de leerse los restantes mil quinientos de la temporada); la novela trata de escritores, con la mano atea y sarcástica despierta, macerada en el rencor y en una amplia cultura literaria. Se titula Caja negra , su autor es Pablo Sánchez, el premio es el Lengua de Trapo y yo sé de la trayectoria del premiado (y de la limpieza integral del proceso del premio, en este caso) porque compartimos algunos años y algunos trabajos en un departamento de literatura española, el mismo departamento donde me propuse ganar una batalla total contra la melifluidad y la pequeñez del gusto estético y literario de una muchacha muy joven, una estudiante, cuando apareció por el despacho desenvuelta y convencida de que estaba bajo los efectos de una experiencia literaria única, intransferible, con el descubrimiento de su vida: la novela se titulaba El manuscrito carmesí , su autor era Antonio Gala y había obtenido el premio Planeta. Gané yo, y la muchacha aprendió a leer y a desestimar la vulgaridad novelesca, a ganarse a sí misma para una prosa y un mundo narrativos que no ratificasen su sensibilidad ineducada y cursi, sus propios prejuicios, la vulgaridad de sus sentimientos, la incapacidad para armar pensamientos complejos y más obvios que la mermelada de fresa.
Las dos circunstancias descritas son europeas, puede vivirlas el sistema cultural de cualquier país próximo con la salvedad estricta de que España dobla como mínimo el número de premios literarios que conceden los editores de otros países. Pero hay otra gruesa y decisiva diferencia que lo cambia todo un poco más: en ningún otro país los premios literarios se dirimen sobre obras inéditas, sino al revés. Los premios cumplen la función de avalar, ratificar o descalificar lo ya publicado por los editores, en lugar de respaldar enfáticamente lo que ha sido ya la decisión del editor. La rapidez de crecimiento económico de la industria editorial española ha sido inédito en Europa porque el país ha pasado de vivir en las décadas finales del franquismo en un régimen de subdesarrollo económico (que lo era también de la industria cultural), a una situación de plena integración en los sistemas del capitalismo y la explotación comercial de todo tipo de productos, incluida la literatura buena, mala o regular. La hipertrofia de la red de premios es crónica en España desde el invento del Nadal en 1944, desmesurada e inflacionaria, y es quizás uno de los síntomas más patéticos de ese aceleramiento vertiginoso, o de esas prisas del negocio de los libros frente a otros modos de persuasión y búsqueda de lectores menos descaradamente comerciales. Pero ese juicio puede invertirse y considerar sin el menor rubor la saludabilísima dispersión, acelerada y atrabiliaria, que ha vivido una cultura como la española, tan sumisa, tan humillada, tan miedosa y precaria en su capacidad de ofrecer alternativas múltiples, dispares, heterogéneas. Se habrán colado mil cosas anodinas entre tantas modernidades heterogéneas, pero han oxigenado el panorama y lo han sacado de las manos aduladoras y rancias de su humilde y seguro servidor . Quizás entre esas desventajas esté no haber logrado aún ganar una base suficiente de lectores no gregarios, autónomos, más libres e independientes de la publicidad masiva. En ese ámbito puede estar todavía uno de los agujeros negros de la democracia en forma de inmadurez de la cultura lectora, demasiado fiada a la orientación ajena o demasiado perezosa o rutinaria para explorar por cuenta propia. Lo que fue invento imaginativo para combatir una situación de emergencia, en plena posguerra y en plena descapitalización intelectual y moral, se ha convertido cincuenta años después en una rutina para situaciones de normalidad: un mero mecanismo promocional al que casi nadie renuncia porque tampoco nadie asegura del todo su carácter directamente dañino, e incluso algunos confían en su subsistente valor de descubrimiento.