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Revista de Libros 113 Revista de Libros

Eva (y Adán) al desnudo

por CARLOS LÓPEZ-FANJUL
Revista de Libros nº 113, Mayo 2006

Número de páginas: 2
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Con todo lo que puede alegarse en su favor, hay algo que se echa en falta a lo largo de la obra. La condición necesaria para que la selección natural opere (indirectamente) sobre cualquier rasgo anatómico, fisiológico o etológico es, por ponerlo en términos simplistas, que al menos algunos de los genes que originan la variación hereditaria de esos caracteres cumplan esa misma función con respecto al único atributo sobre el que la selección natural actúa directamente, esto es, la eficacia biológica o contribución de descendencia de cada individuo a la generación siguiente. En otras palabras, no basta que la lógica darwinista expuesta al principio de esta reseña indique lo que debería ser seleccionado: es también preciso que esto sea, además de ventajoso, posible. La impracticabilidad de la comprobación de este principio en la especie humana, donde la experimentación no es éticamente admisible, no deja de ser reconocida por García Leal (p. 32), pero resulta inquietante que las cautelas que esa incertidumbre aconseja suelan reducirse a la mera inclusión de una cláusula precautoria en las discusiones evolutivas.
Puede decirse que la publicación de El mono desnudo (1967) marcó el momento en que el análisis de la sexualidad humana, hasta entonces parcela privativa de antropólogos, psiquiatras y sociólogos, no pudo seguir ignorando las opiniones de los biólogos evolutivos, a la sazón confinadas al limbo científico por sospechas de incorrección política. Desde entonces, Desmond Morris ha dado a la prensa otras trece obras sobre el tema en cuestión, la última de las cuales es objeto de esta reseña. La mujer desnuda ofrece una interpretación del cuerpo femenino que es, al mismo tiempo, biológica y cultural. El texto se estructura en veintidós capítulos en los que las distintas partes del cuerpo, de la cabeza a los pies, se tratan siguiendo un mismo esquema. En primer lugar se presentan con detalle los datos anatómicos, fisiológicos y etológicos pertinentes, acompañados de consideraciones evolutivas que, por el contrario, suelen recibir menor atención. A esto sigue una exposición histórica de cómo las distintas modas han tratado de modificar las diferentes partes del cuerpo siguiendo un proceso espacio-temporal que acaso podría calificarse de «evolución por prótesis». El pormenor es simplemente apabullante, o al menos así me lo parece, y va desde la especificación de las señales que pueden transmitirse partiendo de los seis movimientos esenciales de la cejas o de las nueve formas de cruzar las piernas, hasta la descripción de los estilos más populares de depilación del vello púbico o la clasificación de los distintos tipos de ombligo. Si la lon­gitud de un capítulo pudiera servir como medida de la importancia relativa que el autor atribuye a la parte del cuerpo en él tratada como indicador de sexualidad, se llega a una ordenación en cuatro grupos. Aquellos que comprenden entre cinco y diez páginas corresponden a los atributos de menor interés (mejillas, boca, cuello, hombros, brazos, cintura, caderas, espalda y pies), de once a catorce se dedican a los rasgos de significación media (frente, orejas, nariz, vientre y vello púbico), entre dieciséis y diecinueve se adjudican a los caracteres cargados de un fuerte contenido erótico (cabello, ojos, labios, manos, genitales, nalgas y piernas) y, por último, nos encontramos con los pechos, para los que se reservan veintiuna páginas. Dejo a cada lector la comparación de este orden de preferencia con el suyo propio.
Parece, pues, que, para dar un ejemplo del modus operandi de Morris, podría concentrarme en examinar lo que opina sobre este máximo del atrac­tivo sexual femenino. El pecho cumple dos funciones, una de ellas obvia, la maternal de proporcionar alimento a la cría, y otra la sexual, de interpretación más compleja a pesar de su innegable contenido lúbrico. A diferencia de las hembras de los primates, cuyas ubres son planas fuera del período de lactancia, la hembra humana muestra unas tetas voluminosas, aunque sus dimensiones, en contra de la opinión popular, poco tengan que ver con la cantidad de tejido glandular, de la que depende la producción láctea, y mucho con la acumulación de tejido graso. Para nuestro autor, los exuberantes pechos de la hembra humana no son otra cosa que unas nalgas simuladas que sustituyeron a las auténticas como indicador de fecundidad, una vez que la especie abandonó la posición cuadrúpeda propia de los primates, cuyas hembras exhiben en su trasero inequívocas señales de celo mediante la hinchazón de la vulva, para adquirir la postura erecta en la que los reclamos delanteros, dicho ahora con toda propiedad, son determinantes. Aunque esta interpretación pudiera parecer excesivamente rebuscada, por no decir retorcida, las mamas de las hembras del papión gelada son una copia fiel de sus nalgas, hasta el punto de que ambas cambian de color en las mismas fases del ciclo menstrual. En su momento, la presión de la selección natural a favor de la función sexual de la opulencia mamaria debió de ser tan intensa que comprometió la función maternal de ese órgano, cuya forma es mucho menos adecuada para la lactancia que la de nuestras primas antropoides; pero esta solución de­sa­gra­da a ciertos colectivos feministas que no admiten otra función de los pechos que la más evidente, rechazando su calidad de anzuelo sexual, y para justificar esta postura han propuesto hasta siete explicaciones diferentes que Morris desmonta una tras otra con facilidad.
Hasta aquí el tratamiento estrictamente biológico. El cultural consiste en una ágil y entretenida discusión de las modas, en ocasiones con minucioso detalle, que van desde la tinción de los pezones en la antigüedad clásica al moderno topless . No deja de ser divertido que uno de los factores que parece haber contribuido más a la sustitución del incómodo corsé por el actual sujetador fuera la propaganda en contra del primero por parte de la Junta de Industrias Bélicas de los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial. Este organismo, alarmado por la cantidad de metal consumido en la confección de varillas de corsé, se enorgullecía de haber ahorrado así el material suficiente para construir dos acorazados.
Morris plantea muchas de sus explicaciones evolutivas de la función sexual de las distintas partes del cuerpo, expuestas de pasada en el capítulo 1, como subproductos del proceso denominado neotenia o prolongación de los rasgos y actitudes juveniles durante la fase adulta, mucho más acusada en nuestra especie que en los demás primates. Sin entrar en detalles, es evidente que la objetividad de este enfoque es mucho mayor cuando se refiere a los rasgos anatómicos que a los de comportamiento pero, independientemente de la conformidad de cada uno con determinadas especulaciones evolutivas, no cabe duda de que tanto el texto como las numerosas fotografías que lo acompañan proporcionarán solaz e información a un amplio sector de lectores. La obra, redactada con la soltura y claridad de que su autor ha dado abundantes pruebas, está bien traducida y sólo he advertido los acostumbrados patinazos propios de las prisas. Por ejemplo, la costumbre traspasada ( = transmitida) de generación en generación (p. 146), la sanación ( = curación) de las llagas (p. 160), o la zona más esforzada ( = castigada) de la espalda (p. 220).
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