En cuanto al éxito, Blanco enumera como elementos positivos el reequilibrio del reparto de la riqueza, la mejora de la calidad democrática que supone la diversificación de centros de poder y la recuperación de culturas y tradiciones que estaban en trance de desaparición. Desde un punto de vista de la opinión ciudadana, Blanco aporta datos de sondeos que muestran el creciente número de ciudadanos que están satisfechos con la marcha del Estado de las autonomías y, en concreto, con la actuación de las instituciones autonómicas en su propia comunidad.
Pero, junto a ello, Blanco subraya la cara negativa de la moneda: las continuas reivindicaciones nacionalistas -de las que el plan Ibarretxe y el proyecto del nuevo Estatuto catalán son una muestra evidente- no sólo contagian de pesimismo a muchos ciudadanos sobre la marcha de las comunidades en donde los nacionalismos son dominantes, sino que contribuyen también a deslegitimar a las instituciones centrales del Estado y, en definitiva, al Estado en su conjunto. Ello constituye el lado negativo de la España de las autonomías. Así pues, éxito y frustración van mezclados: en las comunidades sin aspiraciones nacionalistas predomina la percepción del éxito; en las otras, la frustración.
Por último, Blanco trata de los cambios que necesita la España de las autonomías tras veinticinco años de desarrollo. Parte de dos premisas: primera, las comunidades autónomas han alcanzado un gran número de competencias y, segunda, aunque éstas no son idénticas en unas y otras, tienen derecho que lo sean. Además, un Estado de las autonomías bien ordenado no es aquel en el cual las autonomías tengan cada vez más competencias, sino aquel en el que cada nivel de gobierno -comunidades o Estado- tenga las competencias que mejor puede ejercer. Blanco aporta para su argumentación una certera frase de Ramón Jáuregui: «El óptimo de autogobierno no es el máximo de autonomía».
Así pues, dentro de esta filosofía de fondo, el autor mantiene que para terminar el arduo edificio del Estado de las autonomías en el sentido federal que está en su misma naturaleza, deben reforzarse los mecanismos de integración: por un lado, han de desarrollarse los procedimientos de colaboración y lealtad federal que incrementen la multilateralidad y disminuyan la bilateralidad en las relaciones entre el Estado y las comunidades; por otro, acometer definitivamente la tan esperada reforma del Senado, a fin de que contribuya a ser el marco en el cual culmine esta cooperación y colaboración. Ambas son necesarias para que el modelo español, ya estructuralmente federal, sea también funcionalmente federal.
El libro del profesor Blanco, espléndidamente escrito, es probablemente la mejor y más clara explicación acerca de las causas profundas de las dificultades actuales del Estado de las autonomías. Causas que podrían resumirse en una sola: los nacionalistas nunca podrán integrarse definitivamente en un Estado federal como es el español porque siempre querrán alcanzar un Estado propio. La inútil tarea de integrarlos, por tanto, es equivocada y sólo puede conducir a la melancolía.