Tradicionalmente, la economía española perdía reservas. Porque importaba más de lo que exportaba hasta que llegaba un punto en que nadie le prestaba divisas y tenía que hacer dos cosas: devaluar la moneda y reducir el gasto, porque no podían pagarse ni las importaciones de medicinas ni de energía. No es una exageración. Parece demostrado que el Plan de Estabilización de 1959, el programa de ajuste de la economía española siguiendo las directrices clásicas del Fondo Monetario Internacional que puso las bases del desarrollo español de los sesenta, sólo fue posible porque Franco, pese a su tendencia a considerar la paridad dólar de la peseta como una cuestión de orgullo nacional, se convenció de que no había dinero en las arcas para superar el crudo invierno
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Esa ha sido la constante de nuestra economía. Una de las pocas cuestiones en que coinciden todos los economistas, independientemente del signo político o ideológico. Obviamente, las cosas no son exactamente iguales desde la entrada del euro. Primero, porque la cotización de la divisa se ha independizado de la marcha de la economía española. Como apenas suponemos el 10% del PIB de Eurolandia -como me gusta llamar a esa tierra prometida en que para muchos, con la fe del converso, se ha convertido la Unión Europea que ha abrazado la moneda única-, influimos sólo marginalmente en la evolución del tipo de cambio euro/dólar. Por tanto, podemos registrar déficit casi indefinidamente sin que por ello el euro se debilite. En eso también nos parecemos a Estados Unidos. Segundo, porque la relación entre la balanza de pagos y los tipos de interés se ha hecho muy tenue, si es que sigue existiendo. Como el euro no se debilita porque España tenga déficit externo, no hay que subir los tipos para inducir a los ahorradores internacionales a que nos presten dinero. Y por ello, los desequilibrios de cuenta corriente no provocan un endurecimiento de la política monetaria que traiga consigo una recesión como medida necesaria para restablecer el equilibrio. Supongo que a eso se refieren algunos cuando hablan de que ha desaparecido la restricción externa de la economía española, y que ya no hay problemas de financiación. Claro que eso mismo decían Carlos V y Felipe II en los tiempos del Imperio y todos sabemos dónde acabó la plata de las Indias: en las manos de los banqueros italianos, como estudió brillantemente el maestro Felipe Ruiz
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Porque lo que el euro no ha cambiado es la necesidad de políticas económicas prudentes. Y continuar engordando el desequilibrio exterior como si no pasase nada es, cuando menos, una irresponsabilidad. Aumenta la vulnerabilidad de la economía española a acontecimientos exógenos sobre los que no tenemos ninguna capacidad de control y traslada actividad económica, creación de empleo y crecimiento a otros países; a aquellos que nos proveen de los bienes y mercancías que consumimos. Los economistas hemos desarrollado la teoría del ciclo vital para describir el comportamiento del consumo individual
[ 7 ] con el crecimiento vegetativo. Es muy sencilla, ya que se basa en que los individuos ahorran durante los períodos de madurez para poder mantener su consumo en la vejez. Las sociedades hacen algo parecido. Salvo que queramos vivir de las generaciones futuras. Porque alguien tendrá que pagar las deudas que estamos acumulando. Serán otros, pues, los que, además de pagar nuestra Seguridad Social, devuelvan al exterior los préstamos que estamos recibiendo para continuar la fiesta. Esos pagos reducirán todavía más la capacidad de crecimiento futuro. Mientras tanto, seguimos exportando empleo a nuestros proveedores de bienes y servicios, que alegremente nos financian nuestras compras con una versión especial del crédito a la exportación. Se habla mucho de que los países asiáticos, y sobre todo China, están financiando al consumidor estadounidense para que siga engordando su lista de pedidos de mercancías producidas en el sudeste asiático, casi todas, por cierto, y aumentando así el déficit comercial. Se discute abiertamente que los bancos centrales asiáticos están sosteniendo el valor del dólar mediante la compra de activos financieros en esa divisa, ayudando así a financiar el déficit exterior. Casi todos los economistas que conozco están de acuerdo en que la situación es insostenible, aunque nadie se atreve a afirmar cuándo explotará. Algunos, los más optimistas, creen que todavía hay una posibilidad de que los desequilibrios se amortigüen suavemente mediante unos cuantos años de crecimiento lento en Estados Unidos. Pero no sabemos todavía quién está financiando al consumidor español, ni cuál es su grado de resistencia, ni qué poder económico tiene detrás. Tampoco sabemos si la brecha externa se cerrará a la italiana o a la portuguesa, con una larga y penosa década de crecimiento lento, o a la argentina, en un estallido de la burbuja. Pero, mientras tanto, que no falte el cava.