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Revista de Libros 111 Revista de Libros

Que no falte el cava

por Fernando Fernández Méndez de Andés
Revista de Libros nº 111, Marzo 2006

Número de páginas: 3
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Hace unos años, el escaso crecimiento de la productividad se presentaba como el problema del modelo de crecimiento español. Hoy, esos mismos economistas, desde otros púlpitos, lo presentan como un éxito resultado de la fuerte creación de empleo. Ni antes ni ahora tenían razón. A todos nos enseñaron que, a medio plazo, no puede crecer la renta real de los trabajadores sin que crezca la productividad de la economía. Por eso está desplazándose la actividad económica hacia zonas del mundo donde la relación salarios/productividad es más atractiva, y por eso corremos el riesgo de quedarnos como un país de servicios. Es lo que he llamado la enfermedad holandesa de la economía española: que podemos acabar especializándonos en actividades de bajo valor añadido. Los otros dos factores citados -concentración geo­grá­fi­ca y funcional inadecuada de nuestra oferta exportadora- son también conocidos y han sido acertadamente diagnosticados por la Secretaría de Estado de Comercio. Hay que evitar la tentación de pensar que pueden solucionarse fácilmente con más gasto público, con más apoyo y subvenciones directas a las empresas políticamente correctas, porque están en los sectores y regiones adecuados. No es ese el camino, sino el más largo y costoso de señalar orientaciones, difundir buenas prácticas, prestar servicios adecuados a los empresarios que arriesgan; y ampararles con la potenciación de la marca España, con la imagen de un país que es un activo intangible necesario para el éxito en el comercio internacional [ 3 ] . En definitiva, crear un clima adecuado para los negocios, que fomente la competitividad de nuestras empresas, reduzca la carga fiscal que soportan y elimine obstáculos y regulaciones innecesarias. Justo lo contrario de lo que está sucediendo con el perverso desarrollo del Estado de las Autonomías, que corre el riesgo de poner en peligro el mercado interior, ha incrementado los funcionarios (que, como personajes en busca de autor, producen normas incesantemente) y ha multiplicado por cinco en cuatro años el número de empresas públicas.
Normalmente el déficit comercial se compensaba, al menos parcialmente, con los ingresos de servicios, rentas y transferencias: con el turismo, remesas de emigrantes y subvenciones europeas. Pero estas partidas han perdido peso equilibrador, si no han cambiado completamente de signo contribuyendo a un deterioro más estructural que coyuntural de nuestra balanza por cuenta corriente. El superávit de turismo y viajes en los nueve primeros meses del año pasado se redujo en un 5,1% hasta situarse en 20.135 millones de euros, como consecuencia de un factor transitorio, aunque nada apunta a que se revierta a corto plazo, como es la fortaleza del euro; y otro permanente: los españoles, al hacerse ricos, se han acostumbrado a viajar al extranjero y España, que ya no era un país de bajos salarios, tampoco lo es de bajos precios en hostelería y recreación. El turismo sigue aportando más del 10% del producto nacional y ha realizado una profunda transformación productiva hacia la calidad y la diversificación de la oferta. Tendrá que seguir haciéndolo si no quiere ser una víctima más del euro; y la Administración tendrá que asegurar la disponibilidad de un recurso absolutamente clave como es el agua allí donde la demandan los turistas [ 4 ] . Por su parte, la balanza de rentas se ha deteriorado fuertemente, ampliando su déficit en más de 4.000 millones de euros en el período considerado.
La inmigración ha supuesto el cambio estructural más importante de la economía española en los últimos diez años. Su contribución al crecimiento y a la década de prosperidad de la que hemos venido disfrutando es indiscutible. Su impacto en la liberalización de facto del mercado de trabajo y, por tanto, en la competitividad externa de la economía, tampoco. Pero su efecto en la balanza de transferencias es fuertemente negativo, y lo será cada vez más durante muchos años. Tanto que esta cuenta, normalmente excedentaria, ha registrado un déficit de 409 millones de euros en los nueve primeros meses del año que contrasta con un superávit de 735 millones de euros el mismo período del año anterior.
Por último, la cuenta de capital acumuló en el período de referencia un superávit de 5.762 millones de euros, inferior en 400 millones de dólares al del año anterior, y que se enmarca en la reducción de las transferencias de capital provenientes de la Unión Europea (fondos FEDER, de carácter regional; FEOGA, a las zonas rurales; y de Cohesión). Pero lo peor está aún por llegar. Al margen de la interpretación personal de la posición negociadora española en las Perspectivas Financieras 2007-2013, lo cierto y verdad es que España se convertirá en contribuyente neto y dejará de ingresar anualmente más de cinco mil millones de euros, un 12% del déficit por cuenta corriente. Cantidad que se añade de manera pasiva a las necesidades de financiación de nuestra economía. Porque eso es lo que significa un déficit de las balanzas por cuenta corriente y de capital; que la economía española necesita conseguir anualmente financiación del orden del 8% del PIB para no perder reservas. Una cifra impresionante, superior incluso en términos relativos a la de Estados Unidos. Esa es la magnitud de la fiesta que algunos insisten en que no tiene fin.
Las inversiones directas son negativas en casi 9.000 millones de euros, un resultado de la internacionalización de nuestras empresas y la pérdida de atractivo de la economía española con la globalización y la ampliación de la Unión Europea que se traducen en que las inversiones españolas en el exterior casi doblan a las extranjeras en España. Por lo que la financiación necesaria para cerrar la brecha externa sólo puede provenir de inversiones de cartera, tradicionalmente consideradas altamente volátiles, de flujos de deuda que hay que repagar en el futuro y harán aún más negativa la balanza de rentas, y de préstamos en el interbancario europeo. Una financiación que hasta ahora ha resultado sencilla, y barata, porque la economía europea estaba en crisis y su envejecida y ahorradora población no tenía en sus países fáciles proyectos de inversión. Pero se trata de una financiación altamente dependiente del ciclo europeo de ahorro-inversión. Y una financiación que puede obligar, más pronto de lo que muchos parecen considerar, a tener que pagar un diferencial de tipos significativo. Porque es posible -sólo posible, pero no por ello menos preo­cupante- que con la recuperación francesa y sobre todo alemana, los bancos de esos países, y los fondos de inversión, tengan menos excedentes que colocar en el interbancario europeo o en mercados de capitales extranjeros.
Endeudarse no es malo. Los economistas conocemos bien desde los tiempos de Keynes la paradoja de la frugalidad, por la que un exceso de ahorro provoca el estancamiento económico. Pero endeudarse por encima de las posibilidades de repago, y hacerlo de manera continuada durante décadas no es prudente. Aunque haya gente dispuesta a financiarnos. Recuérdense crisis externas recientes de las que deberíamos haber aprendido algo. Hay incluso quien sostiene que esas crisis fueron provocadas precisamente por la abundancia de capital, por acreedores irresponsables que forzaron artificialmente la voluntad de endeudamiento de un país con sus argumentos falaces. Tesis que considero una tremenda sandez, aunque es defendida por muchos economistas encantados de encontrar otra excusa más para condenar la globalización. Pero también estoy seguro de que si alguien se hubiese pensado dos veces descorchar las últimas botellas, las cosas hubieran sido distintas.
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NOTAS
  • [ 3 ]

    El Real Instituto Elcano lleva tiempo trabajando sobre este tema y sus publicaciones han abierto una línea de investigación muy prometedora y de inmediata aplicación, si el escenario político lo permite.

  • [ 4 ]

    Desconozco si existe algún estudio serio publicado sobre la rentabilidad relativa del agua en la agricultura y, por ejemplo, los campos de golf. Pero, a priori, ni en términos de empleo, medio ambiente, contri­bución al valor añadido global o incluso ocupación del territorio por la población rural, está claro a quién sería favorable el balance.


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