La economía española tiene un problema con su sector exterior. Exporta más que importa en una cuantía preocupante. Y no de manera transitoria, sino sostenida. Siempre ha sido así, pero no tanto. Las últimas estimaciones hablan de un déficit de nuestra balanza corriente del orden de ocho puntos del producto interior bruto. Más o menos el tamaño del presunto déficit fiscal de Cataluña. Y, sin embargo, parece preocupar mucho menos a políticos y economistas. Nos explican que en una Unión Monetaria, la restricción exterior, la maldición tradicional de la economía española, ya no es importante. Porque no presenta problema de financiación, porque no provoca devaluaciones y porque no comporta una subida de los tipos de interés. Espero poder convencerles en este artículo de que esta línea de razonamiento es puro espejismo: miopía interesada. Se parece mucho a aquella otra de la famosa revolución de las tecnologías de la información y las comunicaciones que proclamaba el fin de los ciclos con la llegada providencial de Internet. Ahora es el euro el que ha terminado con el ciclo. Una vez más, todo es felicidad en el País de las Maravillas. Hasta que se acabe el cava.
Empecemos definiendo, para los no especialistas, de qué estamos hablando. La balanza de pagos muestra los intercambios de bienes, servicios y capitales de un país con el resto del mundo. De alguna manera, estos intercambios reflejan la posición competitiva del país y su capacidad de ahorro o endeudamiento. Por convención contable, y desde hace muchos años, aunque últimamente haya habido algunos cambios metodológicos que han inducido a confusión, estas relaciones se muestran en una cuenta llamada balanza de pagos que siempre suma cero. Esta restricción, que se consigue introduciendo una línea de errores y omisiones, es algo así como la doble partida de la contabilidad financiera. La balanza de pagos es la suma de la balanza comercial, servicios, rentas y transferencias, que se conoce como balanza corriente, más la de capitales, que recoge sobre todo las transferencias de capital con la Unión Europea, y la cuenta financiera que expresa cómo se financian los intercambios anteriores. Y todo ello, insisto, ha de sumar cero, siendo la variación de las reservas internacionales la que refleja el ajuste de la economía al exterior.
La balanza comercial es deficitaria. Siempre lo ha sido en España, al menos desde que yo recuerdo. Con los últimos datos publicados
[ 1 ] , el déficit comercial acumulado en los primeros nueve meses del año 2005 ascendió a 50.919 millones de euros, desde los 37.658 millones de euros del mismo período del año anterior. Cifra nunca antes alcanzada, y producto de un empeoramiento que ha superado incluso las previsiones más pesimistas. Un deterioro que es el resultado de que las exportaciones de mercancías sólo hayan crecido a una tasa anual del 4,1%, mientras que el crecimiento de las importaciones ha sido del 12,1%, estimulado por la sobreabundancia de liquidez producida por unas políticas monetaria y fiscal innecesariamente expansivas. La primera, la monetaria, responsabilidad del Banco Central Europeo y pensada para toda la zona, más ajustada a una Europa en recesión, como lo estuvo en el año 2004, que a una región que se encamina a su crecimiento potencial, por muy bajo que éste nos pueda parecer dada la ausencia de reformas estructurales. La segunda, la fiscal, responsabilidad directa de nuestros gobernantes y más atenta a cubrir presuntas deudas históricas o sociales y a garantizar la fidelidad de los aliados coyunturales de gobierno, siempre insaciables en su voracidad de gasto, que a las necesidades objetivas de la economía española. Baste subrayar aquí, sin adentrarnos en otros terrenos de la política económica más allá de lo estrictamente necesario, que el tamaño del déficit comercial no es un accidente de la naturaleza, sino que resulta en gran parte de una combinación inadecuada de políticas macroeconómicas.
Con el déficit comercial pasa como con la inflación, el otro gran desequilibrio de nuestra economía: que ambos tienen una lectura macroeconómica que no puede obviarse por muy incómoda que resulte. Una explicación ligada al exceso de gasto y, por tanto, a la necesidad de ajuste económico. Pero, en este país de botellón, hemos decidido que continúe la fiesta y convenido en llamar agoreros o catastrofistas a los que nos negamos a seguir el baile hasta que el cuerpo aguante. Ya lo hicimos con la burbuja tecnológica y estamos a punto de hacerlo con la inmobiliaria. Pero que nadie se engañe: que no vengan luego indignados accionistas de Terra a recordarnos que les hemos expropiado. Todos hemos decidido, por comodidad, conveniencia o ignorancia, llegar hasta la hora de los churros en San Ginés.
Pero hay también una lectura microeconómica que hacer del déficit comercial. Una lectura interesante pero limitada, porque la capacidad de actuación de los poderes públicos es en este terreno escasa y los efectos, a largo plazo. Pero no por ello una lectura menos urgente, porque el largo plazo no existe si no lo construimos ya, y porque la evidencia empírica nos enseña que sólo en momentos de crisis, y el sector exterior está en uno de esos momentos, se ponen los responsables a la obra, y la sociedad consiente en hacer mudanzas. Desde el punto de vista micro, el crecimiento exponencial del déficit comercial tiene que ver con tres insuficiencias que lastran nuestras exportaciones
[ 2 ] : la pérdida de competitividad de la economía española resultado del diferencial acumulado de inflación; la escasa y decreciente presencia exportadora en las regiones más dinámicas del mundo como Estados Unidos y Asia; y la inadecuada composición tecnológica de nuestras exportaciones, que se concentra excesivamente en el segmento medio y medio-bajo de la escala de valor añadido.
La pérdida de competitividad es conocida y está muy documentada. En mi opinión, tiene en última instancia que ver con un sistema de relaciones laborales excesivamente rígido y garantista y una negociación colectiva obsesionada con el espejo retrovisor de la inflación pasada y la recuperación de la capacidad adquisitiva, y que no presta suficiente atención a factores de productividad, competitividad empresarial o internacional, como el tipo de cambio efectivo real. Como sucede en economías que llevan siglos abiertas a la competencia exterior y que son plenamente conscientes de la importancia de la cuota de mercado internacional como garantía de calidad de vida, presente y futura.