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La cultura pasa por aquí
Revista de Libros 110 Revista de Libros

¿Cuánta globalización podemos soportar?

por Julio Aramberri
Revista de Libros nº 110, Febrero 2006

Número de páginas: 3
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¿Dónde está la Europa faldicorta?
Pese a lo que creen tantos comunitaristas, no hay sistema social complejo que no contenga subculturas de oposición. Las hubo en Roma, las hubo en la China imperial, las hubo en las ciudades italianas del Medievo. Las ha habido en todas partes y es de esperar que la cosa siga. Eso que llamamos modernidad, es decir, el conjunto definido por ciencia-tecnología, mercado e imperio de la ley, ha generado un sinnúmero de ellas. Ha habido quien creía que era posible evitarla o incluso atrasar el reloj como si nunca hubiese existido («Carabelas de Colón, todavía estáis a tiempo»); otros se han caracterizado por pensar que ese mecanismo (es una forma de decir) podía ser reemplazado rápidamente y a voluntad por otro que fuera más racional y mejor. El marxismo clásico defendió la segunda posición, en tanto que la reacción romántica contra la sociedad moderna, hoy relevada por posmodernos y fundamentalistas que añoran lo que creen que fuera el pasado, resume la primera.
La modernidad, sin embargo, es coriácea, como lo prueba la historia del marxismo y de los movimientos sociales que se inspiraron en él. Las expectativas de revolución social quedaron pronto archivadas en la Europa occidental y las del siglo pasado se hicieron en contra de las tesis básicas de Das Kapital . Mientras que Marx no concebía que el fin del capitalismo pudiese llegar más que allí donde hubiera alcanzado su máximo desarrollo (dejando a sus sucesores el carnudo problema de definir cómo se comía eso), los bolcheviques y sus seguidores pensaron haber encontrado en cosas como el «desarrollo desigual y combinado» o el «eslabón más débil» la palanca que iba a permitir que sociedades recién salidas del feudalismo se convirtiesen en líderes de la economía mundial en unos pocos años. Ya sabemos en qué dieron esas ilusiones. La famosa planificación centralizada no ha sido otra cosa que un mecanismo de acumulación inicial de capital obligada a dar paso a sistemas más dinámicos basados en el mercado, como ha sucedido con la transición de los países de Europa oriental, Rusia incluida. En China y en Vietnam sucede otro tanto, aunque vaya acompañado de invocaciones rituales al socialismo por mor de evitar una quiebra de legitimidad, pero el sistema chino, desde la inclusión de los empresarios en el PC, se parece cada vez al extinto Movimiento Nacional, con un sector público atrasado y obsoleto, unos sindicatos que mayormente actúan como policía de las resistencias de los trabajadores y unas burocracias públicas corruptas conchabadas con sectores empresariales. Sólo Castro y Chávez parecen todavía creer que se puede ir del neolítico al presente sin pasar por el fielato capitalista.
La mayor parte de lo que hoy pasa por izquierda se ha instalado en la crítica posmoderna a la modernidad y sigue combatiendo, como los soldados japoneses perdidos en las islas del Pacífico después de 1945, una guerra ya acabada. Cuando vuelven la vista a lo que llamamos cambio social, los posmodernos, mohínos por tener que prestar atención al sinsentido de este bajo mundo (¿acaso no les enseñó Lévi-Strauss que la historia es un calidoscopio?), lo hacen para explicar casi todo lo sucedido durante los últimos sesenta años como una imposición del modelo americano u occidental cuyo último alias es la globalización. Así son Moisés y los profetas según la escuela poscolonial, pero tanta vacuidad no podía durar porque las cosas tienen el fastidioso hábito de ser siempre más complejas.
Antonio Negri trata de evitar esa trampa en su crítica de la modernidad. No es fácil la lectura de sus breves textos sobre el papel de Europa en el nuevo concierto mundial agrupados en el libro que comentamos. Para seguirlos hay que haber leído un trabajo anterior dedicado al Imperio [ 1 ] , escrito en colaboración con Michael Hardt; si no, uno puede marearse en el bosque de categorías, neologismos y precisiones, a menudo tan abstrusas como innecesarias, que allí se ofrecían y aquí se dan por supuestas. El mundo anterior a 1945, decían esos autores, se caracterizó por ser una pluralidad de naciones soberanas. Sin duda, no todas lo eran. Las naciones de Europa, con Japón pisándoles los talones, habían levantado a lo largo de tres siglos sendos imperios coloniales en los que la periferia quedaba sometida a las necesidades de las metrópolis. Pero ése es el mundo que ha desaparecido en los últimos sesenta años y el antiguo orden plurinacional ha sido reemplazado por el Imperio.
«Claro, claro -dirá el otro-, justamente por Estados Unidos», pero no es eso lo que Negri tiene en las mientes. Sin duda, insiste, el actual poderío estadounidense no tiene competidores reales y desempeña un papel aún clave en el nuevo orden, pero América no deja de tener límites. Negri y Hardt insisten mucho en la importancia de la guerra de Vietnam que, según ellos, supuso una derrota militar de Estados Unidos. Si la nueva etapa del capitalismo se caracteriza por el estallido de los estados-nación, Estados Unidos no puede ser una excepción. El nuevo orden internacional está formándose como un conglomerado en el que el funcionamiento del capitalismo ha desbordado su marco nacional e imperialista. Las grandes empresas multinacionales y los mercados globales siguen lógicas distintas de las de las naciones y a éstas no les queda más remedio que plegarse a ellas.
El Imperio se articula en torno a esta realidad en formas complejas, variables o, como los autores prefieren con un uso bastante cursi, rizomáticas. No es una sopa primordial, claro, pero tampoco una pirámide. En la cumbre hay una pluralidad de agentes. Estados Unidos es la gran potencia organizadora de consensos en Naciones Unidas y, junto a ella, aparece un grupo de naciones-estado con poder suficiente para canalizar los intercambios monetarios internacionales y otras instituciones articuladoras (G-7; los clubes de París y Londres; Davos y otros foros) más varias organizaciones internacionales sectoriales. El escalón siguiente lo forman una serie de redes extendidas al conjunto del mundo por las empresas transnacionales, así como la mayoría de los estados-nación, que son poco más que organizaciones territoriales con poder limitado. Finalmente están los grupos que representan los intereses populares en esta concertación global, básicamente las ONG.
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NOTAS
  • [ 1 ]

    Empire , Cambridge, Harvard University Press, 2000.


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