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Revista de Libros 108 Revista de Libros

Juan Valera: libros para un centenario

por Alberto González Troyano
Revista de Libros nº 108, Diciembre 2005

Número de páginas: 2
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De los novelistas españoles del realismo decimonónico, Pérez Galdós figura en las historias de la literatura como el más consolidado. Después, aunque con una obra narrativa menos extensa, Clarín ha renovado en las últimas décadas el justificado aprecio con que contaba, gracias sobre todo a la audiencia, cada vez mayor, conseguida por La Regenta . Emilia Pardo Bazán, al interés que encierran sus novelas, ha añadido, en los últimos años, la combativa mirada crítica femenina, deseosa de resaltar el papel de­sempeñado por las mujeres escritoras.
En otro orden de acogida, Fernán Caballero, Alarcón, Pereda y Palacio Valdés llevan tiempo recluidos, sin lograr romper con el estatuto reservado a los estudios académicos y las lecturas ocasionales de los interesados por el regionalismo y la literatura local. Frente a todos esos nombres, ya fijados y catalogados, surge Juan Valera todavía sin un encaje lo suficientemente nítido, como si se resistiese, pasado un siglo de su muerte, a asumir un puesto definitivo en los anales decimonónicos. Esta misma dificultad ya la padeció -o la gozó- en vida y ello no deja de constituir uno de sus encantos personales, porque cabe pensar que él mismo difuminó su grado de identificación con la literatura, de manera que apenas sabemos cuáles fueron sus verdaderas apuestas profesionales y cuáles caían del lado de la simulada diversión, la necesidad económica, la búsqueda de celebridad o el juego provocador. La literatura o, mejor, la escritura, constituyó una de las prioridades de su vida. Sin embargo, quizá la vanidad le aconsejó que ésta apareciese dentro de un amplio muestrario de actividades en las que el novelista, el crítico, el poeta, el ensayista, el dramaturgo, el historiador y el periodista se mezclaban con el cortesano, el político y el diplomático sin que ninguno se mostrase dispuesto a reclamar, para su campo, un reconocimiento que disminuyese el interés de sus restantes dedicaciones.
Una instintiva curiosidad parecía empujarle a experimentar con todos los géneros literarios, como también lo animó a desplazarse, como diplomático, por distintas geografías y a estar atento a cuanto se publicaba en las otras lenguas cultas. Ambicionó cargos políticos, pero no menor fue, en muchas épocas, su entusiasmo por la vida mundana, con las posibilidades de cortejos y seducciones amorosas que comportaba y que supo experimentar con audacia. Por ello, su personalidad despertó los más dispares comentarios y críticas. Unos quisieron ver en él, por su cortesía y clasicismo formal, un rezagado del siglo xviii , otros lo contemplaron como rara y casi única figura cosmopolita y hedonista en la España provinciana y mortecina de la última mitad del xix ; también hubo quienes lo consideraron un diletante, más o menos frívolo, al que una cierta indolencia de raíz andaluza no le permitía asentarse en una sola y seria opción literaria y profesional, pero tampoco faltaron los que atribuían a un exceso de inteligencia y lucidez su postura escéptica e irónica ante los posibles frutos ofrecidos por el mundo político, el literario o el social.
Y si para sus contemporáneos tanto su proyección pública como su obra resultó difícil de valorar con precisión, el paso de un siglo no ha cerrado los interrogantes que ya en su tiempo se plantearon. De todos modos, como buen síntoma de valía, su obra narrativa se ha publicado con regularidad durante el siglo transcurrido, pese a que fueron escritas a contracorriente de la tendencia de la mayor parte de las novelas de aquellos años. En momento histórico tan inestable y corrupto -el último tercio del xix - predominaba una mirada crítica y rea­lis­ta para abordarlo. Sin embargo, Valera decidió en unas novelas, «escritas en libertad», apostar por la autonomía del arte, describiendo las imágenes de una Andalucía rural no contaminada por los enfrentamientos de la época, y cuyo encanto literario -tal vez por ello- ha perdurado. Los ingeniosos conflictos amorosos en los que basó parte de sus intrigas implicaban peligros y rupturas, pero nunca se desbordan para poner en entredicho la supuesta armonía social existente. Su atrevimiento fue mayor al configurar a sus protagonistas femeninas, creando una serie de personajes -co­mo Pepita Jiménez, Juanita la Larga o Doña Luz, entre otras- cuyos retratos resultaron logrados tanto por sus comportamientos como por la vitalidad psicológica que les infundió. El desafío y la rebeldía de estas heroínas ante los dilemas morales planteados no adquirían tintes radicales, pero sus iniciativas ya anuncian una fortaleza femenina capaz de sortear las tradiciones que obstaculizaban su dignidad y su realización.
Además de esas novelas más difundidas, Valera -siempre ávido ante cualquier nueva empresa literaria- escribió otras que se alejaban de las recurrentes evocaciones andaluzas. La más significativa tal vez sea Morsamor , publicada casi al final de su vida, en la que se permitió la travesura de mirar hacia el pasado para construir una novela histórica de compleja ambientación aventurera y orientalizante. Por fortuna, en estos momentos actuales en los que esa literatura es bien acogida, una nueva edición, muy bien preparada por Leonardo Romero Tobar, permite comprobar cómo la versatilidad fue uno de los rasgos de Valera. Otro tanto cabe decir de su narrativa breve y de sus cuentos, que, dada su calidad y gracia -tal como ha mostrado Marieta Cantos en un espléndido libro- pueden también beneficiarse del presente auge de este género. A este respecto, la lectura de títulos anteriormente menos asequibles se facilita ahora gracias a una nueva edición de sus obras completas, patrocinada por la Fundación Castro y preparada con sumo esmero por Margarita Almela, que ya cuenta con tres volúmenes publicados.
Una buena serie de libros ha venido, pues, a confluir en este centenario de la muerte -en 1905- de Valera, testimoniando el atractivo de una obra que mantiene aún su aire incitante y abierto. Pero junto a esta labor recuperadora, emprendida por editores, historiadores y críticos, han surgido otras aportaciones más peculiares, que pretenden responder a algunos de los interrogantes planteados por el escritor andaluz. En estos trabajos parece como si los personajes de las novelas de Valera se hubieran oscurecido ante la curiosidad despertada por el personaje del propio autor, convertido así en protagonista de unas biografías que resultan llamativas con sólo contrastarlas con el clima doméstico y átono en que transcurre la vida de casi todos sus compañeros de generación. Y, en efecto, bajo su apariencia de hombre mesurado, sin estridencias exteriores, Valera vivió, leyó y escribió con tal avidez que sus contradicciones y sus lados oscuros afloran sin apenas ocultación. Movido por ambiciones incompatibles, solicitado por mundos no menos diversos y expuesto a una alternancia cíclica de voluntarismo e indolencia, reflejó -en comportamientos y escritos- los estragos de fuerzas a veces opuestas e irreconciliables. Si a ello se une el peso de una tradición familiar aristocrática y un ambiente político podrido, con los que no pudo o no quiso romper -pero que, sin embargo, entraban en conflicto con la mirada lúcida e irónica proporcionada por su cosmopolitismo, su cultura y su inteligencia-, se comprenderán las extrañas vicisitudes a que estuvo sometida su vida.
Situaciones similares las han padecido muchos escritores españoles. Quizás incluso todas esas ambivalencias formen parte del legado biográfico más común, pero en el caso de Valera existe algo que lo convierte en un valiosísimo ejemplo único: una correspondencia tan extensa como espontánea, escrita sin el filtro censor ni el pudor moral habituales en las cartas privadas. Además de la calidad literaria que las sustenta, Valera adoptó un tono directo, extravertido, sin atenerse al oportunismo del qué dirán y, como consecuencia, su lectura posterior ha fascinado a quienes han tenido acceso a tan excepcional escritura.
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