Un contundente anuncio de lo que se avecinaba pudo verse en la serie de exposiciones con las que el museo cerró para acometer las obras de remodelación en 2001. Bajo el título MoMA 2000 se revisó gran parte de la colección en tres muestras que abarcaban desde 1880 hasta el presente. El rasgo más llamativo de la serie era que no estaba ordenada cronológica, sino temáticamente. El MoMA, que había abanderado una visión lineal y evolutiva del arte moderno, anunciaba ya un cambio de modelo expositivo. Ese cambio queda patente en la actual ordenación de la colección permanente. Las salas en que se halla cuentan con cuatro accesos (salvo las que están en las esquinas), lo que abre notablemente las posibilidades de deambular libremente por ellas. Esto se traduce en una sensación laberíntica, un ataque frontal a esa narración lineal y cronológica del arte moderno favorecido por Barr y el MoMA desde su fundación. Como acertadamente apunta Paul Goldberger en las páginas de The New Yorker , las salas, más que episodios lineales de una narración, son «vínculos hipertextuales» que ofrecen conexiones en múltiples direcciones. Aún más, la sensación es que uno ya no se encuentra frente a obras u objetos artísticos, carnales, sino delante de iconos de la narración moderna del arte. Como en una página web , donde el tránsito se articula mediante iconos que te transportan de un espacio a otro. Esa es la sensación que transmite la actual disposición de las obras. En ese sentido, la colección es ahora una cornucopia de estilos que conviven más o menos amistosamente. No es argumental ni propositiva. Esa laxitud en la narrativa comisarial parece querer huir de todo dictado imperativo, invitando al espectador a construir su propio recorrido. El museo ahora es un entretenimiento amparado en la falacia del libre deambular ciberespacial. Así, en una sala, frente al Cartero de Van Gogh puede verse a la vez Las señoritas de Avignon en una galería contigua; o plantarse delante de Formas únicas de continuidad en el espacio de Boccioni y no poder evitar que te salte encima, desde la distancia, Muchacho llevando un caballo de Picasso. El visitante se ve empujado a correr de una sala a otra, en una apabullante sensación de urgencia, de precipitación en el recorrido y, en última instancia, de hartazgo de delicias. La escultura sale especialmente malparada: las obras de Brancusi aparecen amontonadas en un lugar mínimo. Pájaro en el espacio y Columna infinita, versión I están tan juntas que no pueden apreciarse adecuadamente. En fin, uno no puede más que preguntarse: ¿cuál es el objetivo de esto? ¿Cuál es el catecismo que hoy abraza el MoMA? Sin duda posee la mejor colección de arte moderno del mundo, pero sin un Barr que se lo dé, el nuevo MoMA carece de pulso, de orientación intelectual.
A vueltas con el museo
A pesar de sus proclamas, el Museo de Arte Moderno de Nueva York hace tiempo que ya no es la institución óptima para responder al arte de su tiempo, tal y como lo concibió Alfred H. Barr Jr. Es obvio que las prácticas artísticas se han transformado respondiendo a los modos de producción y consumo culturales de nuestros días, y en esa coyuntura el MoMA ha optado por una actitud más acomodaticia: velar por su colección y administrar los réditos del capital cultural que ha generado y genera. Esto se traduce en una notable ineptitud para lidiar con el arte de hoy. El modo de presentar las obras en las salas de arte contemporáneo es descorazonador. No entraña ningún riesgo y no asume ningún reto expositivo. Ahí se presentan las huellas de trabajos de Rem Koolhaas, Gordon Matta-Clark o Rachel Whiteread como si se trataran de pinturas de Matisse o de esculturas de Rodin. Es decir, subrayando su condición de objeto autónomo, como si fueran obras de arte moderno. El MoMA soslaya así rasgos fundamentales del arte actual, como su carácter documental, efímero o virtual. Lo que caracterizó al museo al confrontar el arte de su tiempo -crear un nuevo vocabulario para un arte nuevo y generar inéditas estrategias comisariales para presentarlo- en absoluto asoma en las salas de arte contemporáneo. En suma, lo que se desprende de la drástica rehabilitación arquitectónica y la reforma de sus estrategias expositivas es que el MoMA nada guarda del espíritu que originalmente le insufló vida. Ojo: no es esta una actitud nostálgica ante un pasado mítico perdido. Sencillamente, por lo que por el momento puede verse, el MoMA no es el lugar al que acudir para acercarse a las prácticas artísticas de nuestros días ni donde se nos ofrece una aproximación crítica y propositiva de la historia del arte moderno. En este sentido, el Museo de Arte Moderno ha muerto, y la propuesta que lo reemplaza no parece estar a la altura de la original. c
Bibliografía
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Carol Duncan y Alan Wallace: «The Museum of Modern Art as Late CapitalistRitual: A Marxist Iconographical Analysis», en Marxist perspectives , invierno de 1978.
Sybil Gordon Kantor: Alfred H. Barr Jr. and the Intellectual Origins of the Museum of Modern Art , Boston, MIT Press, 2002.
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