La suya husmea los fluidos subterráneos, habla por la boca algo torcida de sus personajes. Sus novelas son extrañas, originales, a veces incluso proféticas, como esta Jugadores, narrada desde los ruidos y la percepción de lo inasible que vive pegado al aliento humano. En ellas no encontraremos un discurso narrativo redondo, sin fisuras, ni una estructura a prueba de bomba; en cambio, algunos destellos nos confirman que Delillo alcanza lugares que están vedados a un Roth o a un Updike. A veces parece tocar con su prosa eléctrica, fría, la conciencia profunda, el fallo psicológico que cimenta el edificio de la nación, el llamado melting pot. En cierto modo, con sus maneras de novelista posmoderno, él sigue la metódica estela de Norman Mailer: un cirujano que hurga bajo la grasa, encuentra la herida, hace una incisión y luego se va dejándola abierta. El paciente no es operable, tal vez debería volver a nacer. En Body Art hallamos una frase que resume su particular pulso de narrador de historias de la tribu estadounidense. ¿De qué trata en el fondo cualquier novela de Don Delillo? He aquí la respuesta: «Trata de quiénes somos cuando no estamos ensayando quiénes somos».