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Revista de Libros 101 Revista de Libros

Mitos y realidades de la investigación con células madre

por José López Barneo
Revista de Libros nº 101, mayo 2005

Número de páginas: 5
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Un segundo tipo de células con capacidad de autorrenovación y potencialidad para generar nuevos tejidos son las llamadas células madre adultas o células madre específicas de tejido. Se sabe desde hace décadas que en numerosos órganos de nuestro cuerpo existen poblaciones celulares que conservan la capacidad de autorrenovarse y, en determinadas circunstancias, madurar hacia nuevas células adultas. El ejemplo paradigmático de las células madre adultas son las de la médula ósea. Aquí se encuentran las «células madre hematopoyéticas», de las que derivan todas las células de la sangre (los glóbulos rojos, las plaquetas y los diferentes subtipos de glóbulos blancos), y las «células madre mesenquimales», de donde pueden derivar, además, otros tejidos [ 3 ] . También existen células madre adultas en tejidos con alta capacidad de crecimiento o regeneración, como el epitelio intestinal, la piel o el hígado. En contraste con las creencias previas, se ha descubierto recientemente una pequeña dotación de células madre adultas incluso en el cerebro humano. La idea más aceptada actualmente, aunque todavía con base científica débil, es que posiblemente en todos los órganos de nuestro cuerpo existan células madre o progenitoras responsables de la capacidad de regeneración (mayor o menor) de los mismos. Se desconoce por el momento la verdadera pluripotencialidad de las células madre adultas. Las células madre mesenquimales mencionadas anteriormente están siendo objeto de estudio de forma especialmente intensa porque en determinadas condiciones experimentales pueden convertirse en células de otros tejidos (como neuronas o músculo cardíaco). La verdadera potencialidad terapéutica de estas células está, por el momento, sometida a debate.
La terapia celular y las células madre embrionarias
Aunque la existencia de células madre embrionarias se conoce desde los inicios de la embriología moderna, hace más de cien años, el interés científico reciente por ellas se debe, fundamentalmente, a su posible aplicabilidad en terapia celular. Existen numerosas enfermedades que cursan con muerte de células específicas, producida por causas genéticas, degenerativas o traumáticas. Por ejemplo, casi todos los síntomas de la enfermedad de Parkinson se deben a la muerte de neuronas localizadas en una zona del cerebro denominada sustancia negra y a la falta del producto (la dopamina) que ellas producen. Igualmente, algunos tipos de diabetes se deben a la ausencia de células pancreá­ticas productoras de insulina. En los infartos cerebrales o del miocardio la muerte celular correspondiente se produce por falta de riego sanguíneo a regiones específicas del cerebro o el corazón, y en las lesiones medulares la destrucción tisular es consecuencia de un traumatismo. Uno de los objetivos más ambiciosos de la medicina moderna es tratar estas enfermedades mediante la producción y/o administración de nuevas células que lleven a cabo las funciones de las células destruidas o que ayuden a la regeneración parcial o total de las células lesionadas. Aunque la terapia celular se ha ensayado con éxito en algunas patologías, como por ejemplo en pacientes parkinsonianos, su uso clínico está todavía restringido a unos pocos estudios piloto. Para la mayoría de los enfermos potencialmente beneficiarios de la terapia celular, esta es sólo una opción que podría materializarse en el futuro pero que en este momento ha de considerarse como en estadio de investigación preclínica. Una de las limitaciones más importantes de la terapia celular es la disponibilidad de células que ejecuten las funciones deseadas y que puedan administrarse a los enfermos con niveles de seguridad aceptables. Por su potencialidad para producir cualquier tipo de tejidos, las células madre embrionarias proporcionan, en principio, una fuente inagotable de material para su uso en trasplantes celulares terapéuticos. Por ello, la diferenciación de células madre embrionarias a células adultas es una de las líneas de vanguardia de la investigación actual. En algunos modelos animales de enfermedades neurológicas o cardíacas el implante de células madre embrionarias ha producido mejorías en la sintomatología muy apreciables. Igualmente se ha descrito que el trasplante de células madre embrionarias productoras de insulina mejora los síntomas de la diabetes experimental.
Junto a los prometedores avances ocurridos en la investigación con células madre embrionarias, en los ambientes científicos más serios predomina una actitud cauta, e incluso escéptica, sobre la aplicabilidad de las mismas en terapia celular humana. Es indiscutible que los éxitos de la medicina actual derivan de la labor realizada previamente en laboratorios de investigación, sin embargo, son los científicos quienes saben mejor que nadie que la traslación de los resultados científicos a la práctica médica es un camino pavimentado de fracasos y decepciones. El agudo ensayo titulado «Lost in translation», aparecido recientemente en la revista Nature [ 4 ] , debe servir de freno a la euforia prematura sobre el efecto curativo de la terapia con células madre. Indudablemente, la mejor receta para una traslación con posibilidades de éxito es la investigación de calidad. Se conoce todavía muy poco sobre los mecanismos moleculares que determinan la diferenciación temprana de las células madre embrionarias y su estabilidad a medio y largo plazo. No se puede descartar, por el momento, que las células madre embrionarias supuestamente diferenciadas in vitro puedan iniciar un proceso de proliferación una vez implantadas y produzcan procesos tumorales. El uso clínico rutinario de las células madre embrionarias requerirá bien la modificación de algunos caracteres genéticos de las mismas para evitar el rechazo inmunológico, o la clonación terapéutica. Independientemente de los aspectos éticos (véase más abajo), existen numerosos interrogantes metodológicos por responder tales como las consecuencias de la eliminación de los antígenos celulares de superficie o la factibilidad y rentabilidad médica de la clonación terapéutica. Este último procedimiento implica la obtención de óvulos a los que, tras extraer su propio núcleo, se transfiere el núcleo de una célula somática conteniendo los genes del donante. Este método de reprogramación nuclear que, aunque con baja eficiencia, ha funcionado en algunos mamíferos e incluso en el hombre [ 5 ] , proporciona blastocistos con células madre embrionarias de características genéticas casi idénticas a las del individuo donante del núcleo celular. Aunque las posibilidades que ofrecen estas células clónicas son enormes, la terapia basada en la administración de células madre embrionarias exógenas diferenciadas in vitro parece, en principio, indicada sólo en enfermedades con lesiones muy localizadas (como, por ejemplo, la enfermedad de Parkinson o la diabetes). Es por el momento difícil imaginar cómo los implantes neuronales podrán suplir las deficiencias en enfermos como los de Alzheimer, con lesiones cerebrales muy amplias, en los que, además de reemplazar las células degeneradas, es necesario restablecer la delicada red de conexiones interneuronales de las que depende el control motor o la memoria.
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NOTAS
  • [ 3 ] Santiago Grisolía, M.ª Dolores Miñana y Elena Bendala-Tufanisco, Mesenchymal Stem Cells: Biological and Potential Clinical Uses . Madrid, Ministerio de Sanidad y Con­sumo/Fun­dación Valenciana de Estudios Avanzados, 2003.
  • [ 4 ] Kenneth R. Chien, «Lost in translation», Nature , vol. 428 (2004), pp. 607-608.
  • [ 5 ] Woo Suk Hwang, Young June Ryu, Jong Hyuk Park y cols., «Evidence of a pluripotent human embryonic stem cell line derived from a cloned blastocyst», Science , vol. 303 (2004), pp. 1669-1674.

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