Los dos hermanos son dos partes de la contienda civil; dos actitudes algo azarosas, pues parecen adherirse a cada una de las partes según los sucesos que les afectan y no según una ideología preconcebida. Finalmente, sabemos que Martín era de carácter anarquista en el fondo de su pensamiento y que Emilio se parece más a un aventurero que a un convencido defensor de la República. Pero hay algo que no es azaroso: el fratricidio. En la novela se deja ver en varios momentos cómo su cuñada propone al hermano menor la desaparición del mayor, pero la formidable escena del beso («No, no fue en la mejilla. Fue en ese punto entre la mejilla y el lóbulo...») contiene la propuesta explícita. Hay, además, una curiosa escena en la que dos soldados escapan al peligro y se echan a dormir y, al amanecer, el pequeño (así se le denomina) despierta y, sin más, descerraja dos tiros al otro con su pistola. Mucho más adelante, como de pasada, aparecerá en la novela un cadáver en descomposición que, sin duda, es el del hombre asesinado. ¿Es el relato del crimen? En mi opinión, no. Es el relato de un crimen que opera como un sueño dentro de la realidad; todo sueño tiene un pie en la realidad y el otro en su propia lógica. La realidad es, en este caso, el fratricidio y el valor de la escena referida es claramente simbólico, además de inquietante. Lo que sucede es que tampoco acaba Benet de precisar si es el menor o un tercer individuo el que mata al mayor, pero su actitud es lógica: ¿para qué detenerse en aclarar ese punto cuando el fratricidio lo es de todas maneras por muchas razones, incluida la sinrazón de la contienda? El mensaje es claro: no es al dato costumbrista ni a la evidencia realista al que apunta el trabajo de Benet, sino que se aparta enérgicamente de satisfacer la curiosidad más superficial del lector para obligarle a levantar la mirada del suelo.
Así que dejemos de un lado a la abuela, cuya existencia de sibila apocalíptica es bastante clara, dejemos a la esposa y cuñada, dejemos de lado la anécdota casi costumbrista de Pie de Rey y sus amigachos, y centrémonos en la figura que realmente ocupa el relato de principio a fin, bien por su propio discurso -parte III, central-, bien por la voz del narrador. Simón, mientras espera, no hace otra cosa que encubrir o purgar su inacción. La guerra se acabó convirtiendo en guerra salvaje, en perfecta consonancia con las palabras de Yahveh que Samuel transmite a Saúl sobre el exterminio (genocidio, diríamos hoy) de los amalecitas. De hecho, la representante del Comité que habla con Emilio hacia el final de la novela y de la guerra preconiza algo parecido («Ninguna ocasión como ésta para no conceder tregua alguna, ¿te enteras? No habrá cuartel») y tanto ella como la sibila coinciden en reconocer que la paz no valdrá de nada, que todo el sentido de lo que sucede está en la guerra y en la destrucción. Posiblemente lo cree también Emilio y lo hubiera creído Martín.
Simón, que se considera culpable del fratricidio por omisión, además de su fugaz encuentro con la mujer, es el que espera sobre la ruina. «La moral es un castillo de naipes -piensa Simón-, la caída de una pieza resulta decisiva». Así ha justificado para él, para el padre, para el alcalde, para la tía Sunta, el desastre, así ha sido el resultado de esa guerra sobre cuya ruina medita y habla Simón, este Samuel incapaz de juzgar y de actuar, dejado de la mano de Dios, de su familia y del hermano menor que le pidió que esperase su vuelta. Esa es la gran coartada de Simón, la vuelta del pequeño. Han transcurrido... ¿veinte, treinta, cuarenta años quizá? No se sabe bien, da igual, es la atmósfera del relato de eternidad sin tiempo y de obsesivo repaso de una hecatombe familiar y nacional la que verdaderamente importa, la que se impone. El mismo prólogo es revelador de ese estado de cosas. Dice Simón (dirigiéndose figuradamente al hermano menor): «No sé si volverás pero lo cierto es que aquí estoy y aquí seguiré y no abriré esa puerta más que a ti, tanto si vuelves como si no. No me preguntes por qué lo hago. No lo sé. Lo hago y basta y buscar la razón de ello no es más que un entretenimiento que para serlo cabalmente ha de tener, como todo juego, un final: por eso la causa dice siempre: yo soy el fin». No olvidemos esta afirmación: la causa es el fin.
Hay una escena al inicio y al final que se repite con palabras muy semejantes. A la aparición de alguien innominado ante la casa, quizá sólo por el instante de una duda, de un titubeo, Simón retira el visillo, mira y lo deja caer; entre ambos actos, la duda acerca del innominado: una duda que trae consigo esperanza, revelación, inquietud, confirmación... Finalmente se dice en tono perentorio: «No salgas; no vuelvas a abrir la ventana, corre el visillo. No te muevas; observa tus manos y dime para qué valen». Al final, Simón retira la mano del visillo de la misma ventana y la novela termina así: «No abras, retírate. Observa tu mano y dime para qué sirve. Espera. Retírate. Todo ha de seguir». La diferencia central es la última frase. Todo ha de seguir. ¿Qué ha de seguir, la ruina? No solamente: también la actitud de Simón; el esperante es también el escondido; el escondimiento y la inacción han sido su vida. Quizá toda la novela transcurre en un momento, apenas un par de minutos separados por la caída de un visillo, que se corresponde con el tratamiento literario del tiempo. Quizá no quiera reconocer al pequeño, si es que era él el que titubeó ante la casa o cuando aparezca algún día. La espera es en sí la vida, una espera cautiva de la cavilación, inmóvil, recurrente, casi insomne. El gran tema no es la ruina sino la incomprensión del mundo, la pérdida del sentido de la vida (representada por la pérdida del sentido de la espera, no por el olvido de las cosas y los hechos). Esa es la espera. La incomprensión del mundo es lo que hace que la causa (el fratricidio) diga ser el fin (la espera). Simón no admitirá nunca que el hermano menor vuelva realmente, si es que vuelve.
Robert Graves sostenía en aquel un tanto tramposo, pero bellísimo libro sobre la poesía titulado La Diosa blanca , que el poeta tradicional era el cantor de la casa de la Diosa hasta que, entrando brutalmente en ella, la puso patas arriba, la desordenó de tal modo que resultaba irreconocible y por eso los poetas modernos ya sólo podían cantar, incapaces de recomponerla, el destrozo causado en la casa de la Diosa. La novela de Benet canta el destrozo de la vida y, sintiendo la impotencia de la incomprensión del mundo, construye un canto que, al menos para sí mismo, es autosuficiente y en él pone, como dije, su experiencia de todo lo que sabe u opina para sacar adelante esa construcción. Sobejano decía del libro que es uno de los más altos poemas novelescos de nuestro tiempo. Lo es, en efecto, si consideramos lo mismo respecto de La muerte de Virgilio , de Hermann Broch.
José María Guelbenzu es escritor. Acaba de publicar la novela La muerte viene de lejos.
Saúl ante Samuel , de Juan Benet, ha sido publicada por Alfaguara.