La novela cuenta cómo habiendo sido apresado por la milicia republicana Martín, el padre de éste encarga a su hijo menor, Emilio, estudiante en Madrid, que se una al bando republicano al objeto de evitar el fusilamiento de su hermano mayor. Emilio tiene una relación adulterina con su cuñada, de la que es testigo su primo Simón. Junto con la abuela que lee las cartas y hace el papel de sibila, éstos son los personajes centrales. Martín muere por acuerdo entre Emilio y su cuñada ante el silencio aquiescente de Simón; quizá muere por mano de Emilio, quizá por mano de un tercero incitado por la cuñada. En todo caso, se consuma el fratricidio, que aparece así en relación con la lucha fratricida entre republicanos y nacionales de la Guerra Civil, el relato de cuyas operaciones militares en Región completa el cuadro novelesco. Los símbolos abundan, los misterios también (¿acaso esa cuñada esquiva que provoca el drama y no acaba siendo de ninguno no es el territorio mismo de la lucha?). Pero henos ante el problema principal de este libro: su hermetismo.
Se suele identificar a Samuel con Simón, el primo, y a Emilio con Saúl. Sin embargo, hay que hacer una buena pirueta sobre el Libro de los Jueces. Es cierto que Emilio es guerrero, pero no lo es menos el mayor, Martín, guerrero y mujeriego (hay una violación en su haber y la seducción de la muchacha de arrabal en el refugio donde se esconde); en cambio, Simón ni es juez -pues no juzga- ni es vidente -pues lleva esperando una vuelta del hermano menor cada vez más lejana, por no decir incumplida- y sí es, en cambio, una figura recurrente en la obra de Benet: es el que espera. Y por eso Emilio no será el que vuelva sino solamente el esperado. La figura más emblemática de la espera en la obra de Benet es el Numa, el solitario de la montaña cuya espera es semejante a la del sacerdote del bosque de Nemi; pero Simón no aguarda a ser destronado pues, como veremos más adelante, su actitud es en realidad un final. Simón pertenece al grupo de los que aguardan, como el doctor Sebastián de Volverás a Región o la Demetria de Un viaje de invierno . Simón medita y los hermanos actúan mientras las mujeres -la abuela y la cuñada- atraviesan y marcan el relato. ¿Por qué espera Simón, nutriendo su espera de la cavilación y la memoria a propósito antes que de la historia en que se sustenta esta última? Si el lector recuerda el prólogo durante la lectura, concluirá que todo cuanto sucede está sucediendo en una especie de eternidad, porque todo parece suceder alrededor de una espera sin fin. Pero la eternidad es también, desde el punto de vista literario, el texto en suspensión o, también, la literatura en su estado más puro. Y este es el primer paso para comprender que el hermetismo del libro se produce a medida que en éste se introduce el misterio del texto, pues la pureza literaria (entiéndase que hablo de pureza como esencialidad, no como incontaminación) es un estado insondable y misterioso en sí mismo. Gonzalo Sobejano, en un trabajo agotador para desentrañar el argumento de Saúl ante Samuel , cita una pregunta de Benet en El Señor abandona a Tobías : «¿Es que alguna teoría del lenguaje o cualquier otra ciencia ha explicado dónde están el presente, el pasado y el futuro, dónde las respectivas fronteras, hasta dónde los dominios, qué les distingue?». La escritura no lo explica, pero en ella se establece lo que la vida no acierta a ordenar.
«¿Volverá esa balbuceante juventud que utiliza las palabras sin pensarlas porque no tiene tiempo para ello? ¡O más bien volverán sólo las palabras, gravadas de duras significaciones que la experiencia devuelve al verbo a cambio del expolio o depauperación del ánimo!», dice Simón al comienzo de su extenso monólogo central y, tras referirse a quien no supo ocupar su puesto o se mantuvo al margen de la contienda (él mismo, en fin de cuentas), y añade: «Así será o así es ya, esa retroactiva y purgatoria eternidad nacida al conjuro de las palabras que el yo repite una y otra vez...». Con estas palabras se define Simón como el que observa desde la inacción, reconoce su culpa por omisión, justifica su monólogo e integra el texto en esa suerte de eternidad que es la obra resuelta y autosuficiente, la conquista por parte de Benet de la pureza literaria (lenguaje, texto) como un estadio superior donde la vida se representa a voluntad y el pensamiento se ordena en torno a la narración. Ello encaja en la concepción de la novela como estampa que puede encontrarse en su ensayo sobre el Quijote y así sucede en ésta, tanto para el personaje Simón como para su concepción general. Aceptando esa conquistada autonomía del texto, se entienden bien las palabras de Benet acerca de su novela cuando dice: «Los verdaderos protagonistas de mi novela, como podrían ser los personajes, el argumento, los caracteres, fueron esquematizados lo más posible, porque lo que me interesaba era otra cosa». En realidad lo que el autor emprendió en este libro fue una suerte de summa de su experiencia y el traslado de ésta a la estampa literaria, que es su verdadero espacio literario.
La de Benet es aquí, en principio, una escritura del pensamiento, un largo interrogatorio acerca de los comportamientos del ser humano y de los conceptos que este análisis elabora; pero, a diferencia del pensador, que articula un discurso lógico, el de Benet posee la articulación de un discurso narrativo. Es decir: narra pensamiento. Esto bien podría considerarse una afirmación extravagante o caprichosa si no fuera porque la narratividad del discurso asienta el peso de su argumentación en la analogía de la imagen y no en el orden de los conceptos. Una imagen sencilla servirá como ejemplo: «En silencio y a oscuras, un yo secuestrado por la palabra va rellenando de experiencia el vacío que éstas dejan entre sí». El hermetismo, pues, no proviene de un afán deliberado de oscuridad ni de otra confusión que no sea la de tratar de entender la vida con los limitados medios de que disponemos, sino de una elección única, singular, que hace que Saúl ante Samuel sea como es y de ninguna otra manera. Los personajes -cuya historia se repite una y otra vez, sobre la cual vuelve el autor como se vuelve sobre una estampa- se convierten en los sujetos que sostienen una armazón que permite a las imágenes literarias situarse para construir la novela, por eso están simplificados: no son los conflictos de unas almas perdidas lo que aquí importa, sino un conflicto de valor general que incide sobre los comportamientos humanos. La doctrina dice que el gran tema de Juan Benet es la ruina, la ruina física, moral y aun geográfica de un país y de un pueblo. Es cierto que la ruina es el nutriente de esta larga meditación narrativa, pero no me parece que sea el objetivo final.