Ello no obsta para que la fuerza de los datos acabe por iluminar muchas cosas importantes. La incertidumbre colectiva de los años veinte convivía, sin ser ignorada, con la seguridad en sí mismo de Adorno, mientras crecía académica y musicalmente. También sabemos ahora más de las circunstancias en que Adorno inició lentamente su exilio. Lo retrasaba, en parte por cuestiones burocráticas y personales, en parte por su escasísimo olfato político (casi todas las predicciones que hacía en privado, incluso después del ascenso de Hitler al poder, eran tan equivocadas como extravagantes). La estancia en Oxford (1934-1938), cerca de Gilbert Ryle, fue, a pesar de su soledad, menos vacía de lo que se ha pensado. Los años de Nueva York y California (1938-1950), aunque nunca le robaron su condición de privilegiado, tuvieron algo de travesía del desierto. De un modo a veces violento, se combinaban en ella su inmensa capacidad de trabajo y las favorables oportunidades de practicarla, el choque con la sociología empírica (que luego, sin embargo, contribuiría a introducir en Alemania) y su disposición a no hacer sólo teoría especulativa, los celos dentro del Instituto de Investigaciones Sociales y su necesidad de estar siempre cerca de Horkheimer, la cultura de masas en la que era a la vez huésped y observador agudo, pero también su nostalgia de la alta cultura burguesa. Produjo sus primeros libros importantes, escribió páginas enteras del
Doktor Faustus sin reclamar de Thomas Mann ni siquiera un reconocimiento (parece que la célebre polémica fue más un asunto entre las esposas)
[ 1 ] . Trató con todos los grandes de la cultura y del espectáculo y, seguramente, se hizo definitivamente mayor. Podía haberse quedado y vivir como un rentista; pero no lo hizo. Lo más llamativo es que este hombre que, poco antes de su muerte, bromearía en una carta con que, en una próxima vida, le gustaría ser un
playboy , decidió, en 1950, volver sin odio a una Alemania aún hostil y destruida. Y fue allí donde, entregado a una extenuante vida académica y publicística, llegó a ser verdaderamente Adorno mismo: la figura intelectual y moral que supo catalizar como pocos lo mejor de la cultura europea pos-Auschwitz. Fueron unos años plenos y difíciles hasta su muerte, en 1969. Hay algunas lagunas en ellos (¿por qué la aversión a Heidegger, si le daba la mano a un nazi más comprometido, como lo era Gehlen? ¿Por qué el alejamiento de antiguos amigos como Kracauer? ¿Qué pasaba exactamente con Arendt?), pero son, quizá, los que mejor aborda esta biografía. Muestra la devoción creciente de los estudiantes, la grandeza de Adorno al tratar con los verdugos, las tensiones con los conservadores y con quienes, a la izquierda y a la derecha, hacían del pasado una reivindicación mezquina. El fruto de esos años fue lo mejor de su obra final, con la
Dialéctica negativa y la póstuma
Teoría estética. Surgieron ambas en un ambiente ya enrarecido, cuando un movimiento estudiantil de tintes fascistoides se ensañaba con él como lo haría un rebelde perplejo con un padre improvisado. Adorno mantuvo una posición firme y autoconsciente. En medio de la agitación cultural y política de la sociedad alemana en los sesenta, acertó ahora mucho más que en los años de Weimar, o cuando llegó Hitler al poder. Puede que, por eso, sufriera ahora mucho más que entonces. Y puede que ese sufrimiento, más el exceso de trabajo y un nuevo desengaño amoroso, colapsaran prematuramente su corazón en 1969. El infarto no vino, como afirma una leyenda aún popular en muchas aulas y tertulias, por los pechos desnudos de tres estudiantes en clase. La vida de Adorno había sido demasiado plena como para eso. Y esa plenitud, seguramente, está esperando a encontrar expresión en otras biografías más ambiciosas que no se acomoden en la sobreacumulación de datos; pero que sin duda beberán intensamente de los que esta biografía proporciona.
Todo el trabajo de condensación que Müller-Doohm rehúsa hacer en la biografía lo realiza, en cambio, para el conjunto de la obra, Marta Tafalla en su Theodor W. Adorno. Una filosofía de la memoria . Con una transparencia en la exposición casi excepcional entre los comentaristas adornianos, esta monografía se propone bosquejar un Adorno consistente, claramente delineado y, sobre todo, muy sugestivo para muchos temas del pensamiento de hoy. Más allá de florituras dialécticas o exquisiteces culturales, Adorno es, según Tafalla, un filósofo de la moral. De la nueva moral que es preciso elaborar después de las experiencias del siglo xx ; sobre todo, la del Holocausto. Una moral de la memoria, porque su nuevo imperativo categórico rezará: «¡Que Auschwitz no se repita nunca más!». En torno a él, la autora reteje con coherencia casi todos los conceptos claves del pensamiento adorniano. El principio de la negatividad y la reivindicación de lo no-idéntico, el concepto de mimesis -dibujado en su doble imbricación estética y moral-, lo corporal y lo material; la memoria, el dolor, la política, los márgenes y el fragmento, la transitoriedad y la historia: en la pluma de Adorno, y más aún en las de casi todos quienes han escrito sobre él, todas esas nociones dibujan un territorio oscuro por el que sólo pueden transitar los iniciados -y, a menudo, quienes se toman por tales-. Con una escritura limpia y elegante, con un gran tacto y sensibilidad en el uso de las citas y los comentarios, Marta Tafalla consigue iluminar ese territorio para que entren en él lectores de hoy, también quienes estén muy lejos de Adorno. La luz que produce, seguramente, es más amable que su objeto. Buceando más en él, en Adorno y la realidad histórica, sería inevitable hallar más aristas, superficies menos lisas que las que traza este libro. La memoria contiene en sí más tensiones y fracturas que las de una reivindicación moral -y, de hecho, sólo en ellas puede plantearse-. Aunque Adorno, su obra y su persona dan pie para un pensamiento amistoso en relación con la naturaleza y los animales, puede que no suscribiera todo lo que su intérprete sugiere aquí, movida por intereses que se han manifestado en otros textos más recientes (véase Los derechos de los animales , Idea Books, 2004). La suavidad de esa luz no implica que el libro ignore las contradicciones y las fallas, pues la autora tiene la honestidad de señalarlas, así como las grietas que hay en Adorno; pero, en cierto modo, quedan supeditadas a la propia intención moral del libro como reivindicación de la memoria, de la diferencia y de la pluralidad. Hace así un trabajo de actualización, que recupera a Adorno para casi todas las cuestiones urgentes que están hoy por pensar. Tanto más cuanto que lo que hemos dado en llamar Auschwitz no cesa, de un modo u otro, de repetirse. Cómo digamos eso y cómo lo recordemos depende, en un sentido nada baladí, de cómo leamos precisamente a autores como Adorno. Y sólo por una malsana voluntad de olvido puede alguien, hoy, decidir no leerlo.
Antonio Gómez Ramos es profesor de Filosofía en la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro publicado se titula Reivindicación del centauro.