www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España


Última actualización: (CET)

La cultura pasa por aquí
Revista de Libros 93 Revista de Libros

¿Enfrentamiento imaginario?

por Félix Ovejero Lucas
Revista de Libros nº 93, septiembre 2004

Número de páginas: 4
imprimir

La polémica ha alcanzado un elevado grado de sofisticación y, desde luego, está más allá de mi competencia terciar en ella. Pero espero no resultar impertinente al recordar algunas cuestiones de principio que quizá ayuden a despejar algunas formulaciones nada inhabituales y que también aparecen aquí y allá en los ensayos comentados, bien es verdad que con desigual presencia. La primera: entre las acciones y los textos escritos median las suficientes premisas e instancias como para que prácticamente se puedan realizar atrocidades en nombre de cualquier idea y con cualquier texto como inspiración, incluidas las guías telefónicas. Se han asesinado personas en nombre del cristianismo y del budismo, de las luces y de las sombras, del anarquismo y del comunismo, ahora bien, esa circunstancia no impide reconocer que hay ideas que ofrecen más resistencias que otras a su uso bárbaro. Mientras muchos comunistas -por cierto, el grupo más numeroso de las víctimas de Stalin, si los números importan- pudieron criticar la dictadura de la Unión Soviética sin abandonar sus ideas, no se ve, salvo exégesis delirantes, cómo alguien puede buscar argumentos a favor de la tolerancia en Mein Kampf . Ceteris paribus , las ideas que no aceptan exponerse a la crítica racional, como muchas religiones, están peor pertrechadas para evitar las prácticas contrarias a los principios democráticos. Segundo: el más elemental suceso es el resultado --se explica como resultado- de una interminable conjunción de causas. Juan se mató no sólo porque resbaló, sino también porque cayó por la escalera, porque su cráneo se quebró, porque la ley de la gravitación «operó» y por bastantes cosas más. Cada una de las causas es una condición necesaria de su muerte y todas ellas conjuntamente conforman una condición suficiente. A la hora de dar cuenta de la muerte de Juan, la decisión de destacar una u otra causa responde a las exigencias del contexto explicativo, sin que se puedan reconocer unas como «esencialmente» más fundamentales que otras. Si eso pasa con sucesos elementales, no hace falta decir lo que ocurre con el terrorismo, de tan complicada identificación. Tercero: es falso que para detener un mal no exista otro remedio que «intervenir sobre sus causas». Aunque, en ocasiones, en especial cuando se trata de evitar la reproducción de la patología, y cuando es posible, hay que actuar sobre las causas, no siempre sucede de ese modo: cuando se cura el cáncer de un fumador, cuando se reparan los males de una sequía o de un terremoto, no se interviene sobre las causas que desencadenaron los males. Cuarto: el hecho de que no exista «el terrorismo» sino «los terrorismos», aunque invita a no ignorar las diferencias, que muy razonablemente pueden sugerir la aplicación de estrategias diferentes, no quiere decir que no podamos adoptar las mismas estrategias para combatirlo. El que no exista una teoría general del terrorismo no quiere decir que no quepa combatir del mismo modo las diferentes prácticas terroristas. Uno se puede haber roto un brazo de mil maneras diferentes, pero sólo hay una de curárselo.
Pido disculpas al lector por el inventario de lugares comunes. Pero es que ante ensayos tan sueltos no puede uno por menos que acordarse de lo que algunos darían en llamar «rancio positivismo» a ver si nos ayuda a aterrizar en el sentido común, tal vez menesteroso pero siempre firme. En este caso, por lo menos, nos queda el consuelo de que nos aproxima a la conclusión de uno de los clásicos consolidados sobre estos asuntos, ya con veinte años a sus espaldas y ahora reeditado: Una historia del terrorismo , de Walter Laqueur [ 5 ] . Formulada con su misma modesta provisionalidad, la de alguien que sabe que sí, que las cosas son complicadas: a la vista de la diversidad de los procesos implicados, acaso lo mejor es abandonar un rótulo que abarca cosas demasiado hete­ro­gé­neas.
Con todo, con sus dudas y ambigüedades, y para utilizar el dilema que tanto le gusta a Glucksmann, el ensayo de Corm resulta más «civilizado» que la «bárbara» soflama del filósofo francés. Éste, paradoja sobre paradoja, en nombre del liberalismo parece dispuesto a hacer mangas y capirotes con acaso la mayor conquista civilizatoria de la Ilustración: el derecho [ 6 ] . Para ser justos, hay que decir que tampoco parece tomarse muy en serio su propio dilema. En realidad, parece que su dilema sea entre «nosotros y los otros», a cualquier precio. Y eso se aleja bastante de cualquier idea de civilización. Se entienda por «civilización» lo que se entienda, seguro que incluye la presencia de principios morales, muchas veces cristalizados en forma de derechos, que actúan como restricciones que limitan el conjunto de las «soluciones» aceptables. Por eso mismo, si de lo que se trata es de defender la libertad, entonces no vale cualquier cosa. No nos interesa una solución a cualquier precio, que es precisamente un axioma de la estrategia terrorista, sino una solución justa, al menos elementalmente justa.
Y llegados a este punto quizá sea cosa de aclarar que si no nos interesa cualquier solución, sino una solución justa, no es, en contra de un tópico bastante extendido, porque «si la solución no es justa, no es solución». Es sencillamente falsa la creencia de que si las soluciones a los problemas no son correctas en algún sentido normativo, los problemas no desaparecen, no acaban por rebrotar, por ejemplo. Esa mirada hidráulico-homeopática de los problemas es un resto de teleología incrustado en la Ilustración que escapa al rastreo de Corm: presumir que el curso de la historia tiene una dirección y una estación de llegada, el triunfo de la razón y de la justicia, y que ponerle trabas es ponerle puertas al campo. Desgraciadamente, las cosas no son así. La solución final de los nazis era una «solución» al «problema» judío y Fujimori «solucionó» sin mirar en los procedimientos el terrorismo de Sendero Luminoso. También en el País Vasco, si se accede a las exigencias de ETA, se acaba el terrorismo. O con un estado policial. Pero esas soluciones no nos parecen aceptables no porque no sean soluciones, sino porque no vale cualquier solución, porque fundamentalmente nos interesan, para ponernos en el léxico tremebundo de Glucksmann, las soluciones «civilizadas». Curiosamente, ninguna de las que propone.
Félix Ovejero Lucas es profesor de Ética y Economía en la Universidad de Barcelona. Entre sus últimos libros publicados destaca La libertad inhóspita.
Número de páginas: 4
imprimir

NOTAS
  • [ 5 ] Walter Laqueur, Una historia del terrorismo , Barcelona, Paidós, 2003.
  • [ 6 ] Por cierto, que apenas nada dice Glucksmann del otro frente del «liberalismo», de fronteras adentro. Un silencio que, si nos ponemos estupendamente parisinos y echamos mano de las filosofías de la sospecha, no deja de ser elocuente. Y aquí, desde luego, hay reflexiones que no podrían desatender (o sí) trabajos menos torpes que los maniqueos «pacifistas» que maneja. Por ejemplo, Jeremy Waldron, «Security and Liberty: The Image of Balance», en Journal of Political Philosophy , vol. 11, núm. 2 (2003), págs. 191-210, y Ronald Dworkin, «Terror & the Attack on Civil Liberties », en The New York Review of Books , vol. 50, núm. 17 (2003), págs. 37-41.

¿Desea opinar sobre este artículo en el foro? Pinche aquí.

Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Lunes, 17 de Noviembre de 2008 05:19:51