Una precisión necesaria, sobre todo cuando no se está para las pejigueras del Derecho internacional, las sutilezas de «los defensores de la mítica ley internacional», el derecho cosmopolita o «los auspicios de la ONU revisitada y corregida por san Habermas». Los matices de las intervenciones, que son muchos
[ 3 ] , le importan bien poco: «Cuando un régimen somete a su población al suplicio, las sociedades felices tienen el deber de intervenir [...], mediante las armas si es necesario. En lugar de liarse en cuentas minuciosas acerca de la posesión de un arsenal de devastación potencial o real, en proyecto, en programa, o en funcionamiento, el gobierno de los Estados Unidos habría conseguido más audiencia invocando la causa de los derechos humanos y del deber de intervenir». El lector habrá reparado en que aquí el terrorismo ha desaparecido. Pero a él la ecuación entre falta de democracia, violación de los derechos y terrorismo no parece merecerle mayores dudas. ¡Ah!, y el nihilismo, que me olvidaba.
El ensayo de Glucksmann tiene la claridad de la simplicidad y de la falta de matices, la propia de las exclamaciones, que, por cierto, como es común en los panfletos, no faltan: «¡Ya basta de funcionarios y de empleados de lo positivo que ocultan las torpezas y enmascaran las ignominias bajo pretexto de no perder la esperanza en la ONU!». Las únicas dudas tienen que ver con el vagabundear argumental, con sus idas y venidas, algunas de ellas propias de alguien que no se achica ante el principio de contradicción. Para quien tenga una vaga idea de qué va el liberalismo, no dejarán de producirle estremecimiento sus ocasionales defensas del orden jurídico: «¿En que consiste gobernarse según unos principios? Consiste en apropiarse de la Ilustración y marchar en cabeza. El vaquero es una primera manera, euroamericana, de fundar el orden por medio de la ley y la ley sobre una libertad individual que hace frente al caos». No está de más advertir que hay otras dudas que quizá hay que atribuir a la traducción, que casi desmerece la calidad del ensayo.
La Ilustración inconsecuente
Ante productos como Occidente contra Occidente , libros modestos y de perfil más dubitativo, como La fractura imaginaria , de George Corm, resultan incluso balsámicos. Cautelas y prudencias que no le impiden marcar la raya frente a autores del palo de Glucksmann, en quien Corm parece estar pensando cuando nos dice que «el neoliberalismo triunfante y los nuevos filósofos lo utilizan [a Popper] en ocasiones de un modo totalmente desviado, fuera de todo contexto y pertinencia, para denunciar aquellos atentados a la libertad que no corresponden a la idea que se tiene de los intereses geoestratégicos de Occidente. Una idea forjada por unas "élites intelectuales" que han hecho carrera en el contexto de la victoria sobre la URSS y el comunismo, y cuyo narcisismo exacerbado se explica porque primero se dejaron llevar por la ideología marxista». La explicación no está del todo clara, pero sí está claro a quién está explicando. Vale decir que tampoco está muy claro qué pinta Popper en todo esto, ni si se le puede atribuir sin sonrojo «el perpetuo cuestionamiento de las premisas de la razón y de la ciencia».
Y es que el sentido común que en muchas páginas destila el ensayo de Corm queda seriamente desmejorado cuando levanta el vuelo y acude a los grandes nombres para sazonar sus argumentos. Sus elogios a Kant, como sus críticas a Hegel, pero también a Weber y a Durkheim, no parecen cumplir otra función que la de un pea je obligado al medio ensayístico francés, donde algo no funciona si pasan tres páginas sin que se mencione a algún clásico. Sus digresiones con la historia del pensamiento, que ocupan no pocas páginas, añaden poco a las tesis que le interesa defender, a saber: que las descripciones simplificadoras del tipo Occidente frente a Oriente confunden más que aclaran porque las tramas históricas están bastante enredadas y todas las raíces germinan en todas partes; que en las bambalinas de la «laicidad engañosa» occidental hay mucha religión y que es un mito la contraposición entre «la racionalidad de Occidente frente a la irracionalidad del resto»; que hay que mantener el espíritu de la Ilustración y que en el islam hay que deslindar el trigo de la paja, las corrientes racionalistas y las fundamentalistas.
Como se ve, no faltan en Corm buen criterio ni gusto por el matiz. Tal como están los tiempos no está de más repetir la trivialidad campanuda de que las cosas son complicadas, que la biografía de la humanidad, incluida la ideológica, es mestiza, y que en todas partes cuecen habas. Tampoco está de más recordar que las explicaciones simplificadoras sirven de poco, sobre todo las que apelan a las ideas a la hora de dar cuenta de los procesos históricos. De las primeras nos recuerda unas cuantas: además de las fatigadas a cuenta del choque de civilizaciones, las que convencionalmente y no sin exageración se atribuyen a Max Weber, que relacionan el protestantismo con el capitalismo o aquellas otras que hace unos años acudieron a los valores asiáticos para dar cuenta de los milagros económicos del Japón y de los tigres asiáticos. Tiene razón Corm al reclamar un poco de condiciones materiales: después de tantos años de abusar de la infraestructura, parece que ahora se nos ha ido la mano del lado de la superestructura, hemos acabado por pensar «que las religiones estructuran las sociedades» y nos olvidamos de cosas como la revolución industrial. Bien es verdad que en ese quehacer ayudan bien poco faenas de aliño como las páginas en que Corm se entretiene en la globalización, que no van más allá del tópico abastecido por las páginas de opinión de los periódicos.
Un buen sentido que, aplicado a sí mismo, le evitaría incurrir en esas maneras, también muy propias de cierto ensayismo francés, que llevan a transitar por la historia de las ideas con alegres saltos mortales a través de los siglos. Sucede cuando afirma que los análisis contemporáneos, muchos de ellos repletos de matices, están marcados por el trazo entre religiones «semitas» y pueblos «arios», o cuando sostiene, más anecdóticamente, que «siguiendo una trayectoria inconsciente, totalmente inspirada en la teología cristiana y en el mito de la encarnación de Dios, el Holocaus to se "transustancia" en la creación del Estado de Israel, el Estado de los judíos». Quizá tampoco esté de más esta vez recordar también en esta ocasión que cada cosa en su sitio y en su contexto. En nuestro caso: no está mal reconocer genealogías y, si uno se pone en ello, y le da por la sofisticación innecesaria y pseudoprecisa, hasta puede reescribirlas como «memes» (o genes de pensamiento), pero cuando una «idea» pasa de lo sagrado a lo profano no es una broma: es otra idea. De otro modo se acaba queriendo encontrar la teoría atómica en Demócrito, quien, por supuesto, no hubiese entendido nada si alguien le empieza a hablar de masa, carga o spin. El buen juicio que lleva a Corm a criticar «los análisis dominantes del islam, ya sean académicos o mediáticos, del último medio siglo [que] sólo se han fijado en los movimientos fundamentalistas islámicos aislados de todo contexto geopolítico», aplicado consecuentemente lo invitaría a ser más prudente en sus generalizaciones sobre «el pensamiento occidental».