André Glucksmann. Occidente contra Occidente, Trad. de Mónica Rubio Fernández.Taurus, Madrid.92 págs. 16,50 euros
George Corm. La fractura imaginaria. Las falsas raíces del enfrentamiento entre Oriente y Occidente.Trad. de María Cordón.Tusquets, Barcelona.196 págs. 14 euros
Por lo general, no son fáciles de tasar las conjeturas de los filósofos metidos a ensayistas. Cuando no resultan huidizas, están plagadas de matices y cautelas. Nada de eso le pasa a Glucksmann, que abre alegremente su libro con preguntas retóricas que da por sancionadas por la historia: «¿Qué fue del incendio mental que tuvo lugar en la primavera y lanzó a tantos europeos a la calle, dividiendo el planeta? ¿Qué queda del estallido que paralizó a la Organización de las Naciones Unidas y escindió la Alianza Atlántica? Al parecer, nada. Desde la caída fulgurante de la dictadura de Bagdad, los diplomáticos intercambian abrazos y besos». Una tras otra hilvana anticipaciones con la intención de mostrar que el incidente de Irak está zanjado pese a lo que dijeron quienes anticipaban sombrías predicciones.
Ya se ve: no acierta ni una. Y son muchas, porque Glucksmann escribe a chorro abierto y sin mucho reposar. Y no son de perfiles vaporosos ni en plazos geológicos. Una tras otra, van cayendo: la existencia de armas de destrucción masiva, la veracidad de las r azones de Bush, la ausencia de resistencia, «Bagdad es la capital virtual del terrorismo mundial», «Irak no será un segundo Vietnam», «ningún parecido con la batalla de Argel». Lo dich o: ni una.
Pero, en fin, la claridad siempre es bienvenida. Glucksmann esa virtud la tiene. Pocas más, también es verdad. Bueno, justo es reconocerle cierto grado de ocurrencia. Ahí está su tesis de que el nihilismo explica el terrorismo. Sí, ya sé que ante juicios de este calibre, incluso escritos y con tiempo para volver sobre ellos, uno duda acerca de si atendió bien. Quizás al resumir el libro he debido acudir a verbos más prudentes y ortopédicos que «explicar», verbos como «tiene que ver», «subyace» o «relaciona». Pero seguro que a Glucksmann el trazo fuerte no le parecería mal. Él no está para tonterías ni para filigranas cautelosas. Él tira por lo derecho, a los hechos, no como a «los devotos del Consejo de Seguridad y de la legitimidad internacional [que] se preocupan poco por las llamadas a la realidad». Una vez resuelta en un ensayo anterior la explicación del terrorismo con la memorable hipótesis del nihilismo, en éste pasa a ocuparse de esos «devotos», de los «ingenuos y falsos ingenuos» que ponen pegas a la política exterior de Bush, con su cantinela del «sí, pero no». Glucksmann lo dice bien claro: detesta «la magia de las palabras» de los pacifistas.
Bien, hablemos de magia de las palabras. Hay un ejercicio de ilusionismo que se repite con frecuencia y que incluso tiene su nombre: la reificación. Me explico con la cobardía del ejemplo, que diría Pessoa. Se dan un conjunto de prácticas que convencionalmente calificamos como deporte y que incluyen actividades tan heterogéneas como el ajedrez, el boxeo, las carreras de coches y el alpinismo. Con facilidad, a alguien se le puede ocurrir que, puesto que tenemos una palabra común, habrá que pensar que hay también «una esencia» común a todas esas prácticas que, por ejemplo, permitiría establecer una «teoría general» del deporte. Otros casos, más discutidos y de más hondura, son las emociones o la cultura: ¿Hay lugar para una teoría de las emociones que abarque el miedo, el amor, la vergüenza o la ira? ¿Tiene sentido una teoría de la evolución cultural que ataña a «unidades culturales», a valores, creencias o ideas? No sin razones, algunos sostienen que, en casos como éstos, mejor no dejarse enviciar por las palabras, que la existencia de una palabra no asegura la existencia de «una cosa», de propiedades comunes relevantes y que es mejor limitarse a buscar explicaciones para cada caso. Por supuesto, las cosas no siempre están claras -mejor dicho, están claras muy pocas veces, cuando nos encontramos con clases naturales: las partículas elementales y poco más-, pero, desde luego, lo que sí parece seguro es que hay veces que no procede empacharnos de palabras. Por ejemplo, a propósito del terrorismo. Parece difícil que podamos reconocer en ETA, Al Qaeda, las FARC, el IRA, el terrorismo checheno, Hamas o los diversos terrorismos de Estado las suficientes características comunes como para que a la hora del análisis podamos ir muy allá
[ 1 ] . Sobre todo si la lista sigue engordando: terrorismo doméstico, terrorismo verbal, terrorismo psicológico
[ 2 ] .
Entiéndase. No es que no quepa utilizar una misma palabra para designar a grupos o prácticas tan diversas, pero a sabiendas de que nos manejamos más cerca del lenguaje de cada día y del periodismo que de la investigación cabal. Porque de otro modo pasa lo que pasa, como por ejemplo, a Glucksmann, quien, preso de la magia de las palabras, nos viene a decir que como hay una cosa que es el terrorismo tiene que haber una teoría general de la cosa, del terrorismo. Y así, como otros llegan a los genes, él llega, ahí es nada, al nihilismo, «una diversidad polimorfa no menos implacable [que el adversario absoluto y único propio de la guerra fría»]. Aquí paz y después gloria.
Sigamos con la magia de las palabras. Hay otro uso mágico particularmente tramposo que también forma parte del repertorio de Glucksmann: la metáfora. Por supuesto, siempre cabe iluminar una idea con una comparación. Pero cuando el procedimiento se estira más allá de unas líneas, empieza el truco, que tiene dos momentos: primero, se establece una analogía superficial entre lo que nos ocupa y otro escenario y, a continuación, después de deambular argumentalmente por el escenario escogido, con rigor o al buen tuntún, se vuelve con las moralejas extraídas a la realidad inicial para sostener, tan pancho, que lo que vale para lo uno vale para lo otro. Es una estrategia frecuente en las medicinas «alternativas»: el cuerpo humano es como una balanza, «por tanto» hay que buscar el «equilibrio» entre tal y tal.
Glucksmann también tiene su propia metáfora (no muy imaginativa, todo sea dicho) y, a lo largo de no pocas páginas, hace avanzar su argumentación con la comparación entre Estados Unidos y «el vaquero»: «en Solo ante el peligro , Gary Cooper, sheriff sin tropas, asumiendo el silencio de las leyes, pretende salvar a la colectividad a pesar de ella misma. Juega de manera personal. Igual que Estados Unidos, que se tomó el asunto de Irak de manera personal. El que me quiera, que me siga, y si nadie me quiere...». Al final, por supuesto, el agua llega a su molino: «[el vaquero] se ve igualmente enfrentado a la necesidad de actuar fuera de las leyes para que la ley llegue». Y a los pusilánimes, ni agua: «No dar la razón a ninguno de los dos campos, ni a Bush ni a Sadam, manifiesta pereza de espíritu, facilidad de conciencia y sequedad de corazón». Sobre los términos de la elección, Glucksmann no tiene dudas: «no se trata de escoger entre multipolaridad o hegemonía, sino entre nihilismo y civilización». Como a estas alturas el lector puede tener alguna duda, conviene aclarar que el filósofo y Bush se sitúan del lado de la civilización.