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Revista de Libros 150 Revista de Libros

Gran Torino de Clint Eastwood

por Juan Pedro Aparicio
Revista de Libros nº 150, Junio 2009

Número de páginas: 3
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No sé si le darán muchos Oscars a Clint Eastwood por esta película, y tampoco sé si tales estatuillas atienden más a la comercialidad que al arte, o si logran el equilibrio casi perfecto de atender por igual a las dos cosas, como ese abrazo del hombre y la serpiente de que hablaba Dante, en el que el hombre se hace serpiente y la serpiente hombre. Lo cierto es que me había sido recomendada poco menos que como una obra maestra y fui a verla con toda la inocencia de que soy capaz, pues como espectador sigo siendo un amante del cine, sin preocuparme por tener luego que escribir un artículo sobre la película. ¿Qué voy a decir? La película me gustó, me entretuvo, pasé un buen rato, pero, a mi juicio, está a distancias casi astronómicas de ser una obra maestra.
Tiene Clint Eastwood un físico imponente y tiene en su haber una filmografía como actor que no le va a la zaga, desde los tiempos en que hacía spaghetti westerns con Sergio Leone -aquel su primer enorme éxito de taquilla que fue Por un puñado de dólares- o, incluso, desde antes, cuando coprotagonizó una serie televisiva llamada Rawhide, 217 episodios en blanco y negro, una de las más largas que se han hecho sobre el Oeste, sólo superada por El Virginiano, Wagon Train, Bonanza y Gunsmoke. Y si hablo del Eastwood actor no es porque menosprecie su importante carrera como director, sino porque, a mi parecer, sus logros como intérprete han condicionado de manera crucial su tarea detrás de la cámara, a causa tal vez de que no ha renunciado a dirigirse a sí mismo, un icono ya demasiado cargado de significación.
Cuando Leone conoció a Eastwood tenía éste ya treinta y cuatro años. Leone se decidió por él como protagonista de su película precisamente por un puñado de dólares, puesto que cobraba menos que Rory Calhoun, su primera opción. Esa película fue decisiva en la trayectoria profesional de Eastwood. Basada en la obra del japonés Akira Kurosawa de título Yojimbo (1961), en español Mercenario, iba a titularse en italiano Il magnifico straniero, aunque a última hora Leone le cambió el título, Per un pugno di dollari. Luego siguieron La muerte tenía un precio y El feo, el bueno y el malo. Eastwood rehusó protagonizar una cuarta, Hasta que llegó su hora, y Leone dijo de él que como actor sólo tenía dos registros: con sombrero o sin sombrero.
Esa estética de Leone y esa caracterización de hombre duro marcarán para siempre la carrera de Eastwood. Él mismo se encarga de importar ambas nada menos que a Hollywood (bien es verdad que Por un puñado de dólares había barrido en las taquillas norteamericanas); y lo hace primero como actor, luego como director, revolucionando la estética del western con un trazo vagamente expresionista y un incremento exponencial de los homicidios en pantalla que preludiaban ese cine de videoconsola que ha acabado imponiéndose por aquellos pagos.
Y lo mismo ocurrió con el cine policíaco, al que añadió nuevos grados de violencia, incorporando como actor a ese mismo personaje de sus películas con Leone, ahora mudado en Harry Callahan o Harry el sucio o cualquier otro nombre, porque su presencia como actor había cuajado en un tipo específico, un arquetipo, al que le eran indiferentes los directores o incluso el guión, porque cualquier obra protagonizada por él era una obra de Eastwood. Eso se pudo comprobar cuando se situó al otro lado de la cámara y se hizo director, profundizando en variantes del personaje de pétreo hieratismo, largo cigarrillo en la boca y escupitajo al suelo, rasgos que comparten, entre otros, el forastero de Infierno de cobardes (1973), el Josey Wales de El fuera de la ley (1976), el predicador de El jinete pálido (1985) o el William Munny de Sin perdón (1992). Es verdad que hay algunas excepciones, algunas de singular calidad y diferente registro, como Los puentes de Madison (1995) o Million dollar Baby (2004), que no logran mitigar, mucho menos eliminar, de la retina de los espectadores la imagen de hombre implacable que tiene Eastwood.
Esa imagen es ya un arquetipo, el de una especie de reparador de injusticias que opera con la lógica perversa de aquel Quinlan de Sed de mal, la película de Orson Welles que coprotagonizaba con Charlton Heston, en la que el veterano policía encarnado por el mismo Welles asesinaba a sangre fría porque entendía que ese era el único modo de lograr que los culpables no escaparan de la acción de la justicia. Pues bien, esa es, a mi juicio, la especialidad de los personajes de Eastwood, con los que él más cómodo se encuentra, sean sus territorios los del western o los del cine negro. Nunca tiene reparos en disparar a quemarropa, eso sí, a un asesino, esté o no armado; incluso es capaz de dispararle por la espalda, porque lo suyo es reparar las injusticias, hacer que los asesinos cumplan la pena máxima que según él merecen, evitando distracciones y rodeos, la pérdida de tiempo de un sistema garantista en definitiva, eso que suponen las detenciones, los largos procesos, las apelaciones reiteradas y, sobre todo, la eventualidad de que aquellos que él sabe a ciencia cierta culpables puedan ser declarados inocentes por la acción de la justicia oficial, una justicia naturalmente falible.
Centrémonos en ese personaje y pongámosle algunos años encima, hasta convertirlo en un anciano que acaba de enviudar, que ha perdido a la mujer con la que ha estado unido la mayor parte de su vida. He ahí el Walt Kowalski de Gran Torino. Lo vemos por primera vez de pie en el funeral de espaldas al túmulo en que se alza el ataúd mientras entran en la iglesia sus familiares y amigos. El anciano mantiene un porte todavía magnífico, alto, nervudo, con casi todo su pelo, aunque ahora es un cascarrabias que apenas logra reprimir sus sentimientos mientras ve pasar con desaprobación manifiesta a algunos miembros de su familia, sus hijos, sus nueras, sus nietos, su nieta, una adolescente casi, con piercing en el ombligo, con escotes varios, mascando un chicle.
Vuelto a casa, durante esa especie de party con canapés y copas que sigue a los funerales en el mundo anglosajón, su irritabilidad va en aumento, de modo que sale al jardín para tomar el aire y se topa con sus vecinos, una numerosa familia de orientales que vive en la casa de al lado, orientales, a los que nuestro hombre llama amarillos, cuando no ratas, pues al ver entrar a varios de ellos en la casa para lo que parece ser algo así como un bautizo, justo lo contrario de lo que él está celebrando en la suya, se pregunta a sí mismo contrariado: «¿Cuántas ratas caben en una habitación?». De vuelta con sus familiares y amigos, el cura que ha oficiado el funeral corpore insepulto, un joven sonrosado, que en la iglesia ha dicho algún que otro tópico al uso durante el sermón, se dirige frontalmente a nuestro hombre para pe­dirle que se confiese, pues tiene ese encargo de parte de la difunta.
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