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La cultura pasa por aquí

Revista de Libros 147 Revista de Libros

Utopías de la excelencia.

por Martín Schifino
Revista de Libros nº 147, Marzo 2009

Número de páginas: 3
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En Las lecciones de los maestros (2004), un estudio sobre la transferencia intelectual entre mentores y discípulos, George Steiner señala que una definición de genialidad artística «apunta a la capacidad de originar mitos, de crear parábolas». La alquimia personal del creador concentra deseos o pasiones, creencias o temores, en densas unidades simbólicas: las narraciones seminales como los mitos platónicos, o «Ante la ley» de Kafka, «dan lugar a inagotables multiplicidades y potencialidades interpretativas», al tiempo que «desconciertan el espíritu». Menos exaltada, la tarea del crítico, según la frase de Push­kin que Steiner invoca a menudo, sería la de «llevar la correspondencia» de los artistas. Las cartas no se entregan solas. Y es por eso que, aunque la poesía no necesite de la crítica, ambas sean fundamentales para la cultura, como también sugirió Pushkin. No hay cultura sin comentario viviente. Una definición de talento crítico apuntaría a la capacidad de iluminar no sólo los mitos clave de las obras, sino, además, de la civilización en que están insertas. El crítico sería un mitógrafo de la vida intelectual.
La obra de Steiner aspira a considerar la totalidad de la cultura occidental, donde la palabra se expande hasta incluir no sólo las artes liberales y las humanidades, sino además las ciencias y su historia. Las polémicas «dos culturas» de C. P. Snow son, para Steiner, caras de la misma moneda. «Es absurdo hablar del renacimiento sin conocer su cosmología y los sueños matemáticos que presidían entonces la elaboración de teorías sobre el arte y la música. Estudiar la literatura y la filosofía de los siglos xvii y xviii sin tener en cuenta el desarrollo de la física, la astronomía y las matemáticas, es limitarse a una lectura superficial», ha escrito, en oraciones características. Steiner puede empezar perfectamente un ensayo sobre el giro lingüístico hablando de la crisis en los fundamentos de las matemáticas a principios del siglo xx. Lo que llama «la naturaleza híbrida de mis intereses» y «anárquicas inoportunidades» lo ha llevado a interrogar la «interfaz entre la poética y la filosofía», de Parménides a Heidegger, considerando las fronteras disciplinarias como intrínsicamente porosas. Acusado de «todólogo», Steiner responde que la especialización en las humanidades le parece «una catástrofe». «Los campos vallados [fields] -ha dicho- son para el ganado».
Steiner publicó su primer libro, Tolstói o Dostoievski, en 1960, en un momento en que, como empezaba a vislumbrarse, las ideologías agonizaban; pero el alza de la contracultura no hizo que disminuyera su interés por los grandes relatos. De hecho, intuyó que había allí otro gran relato en formación, el del fin del canon clásico como marco de referencia. En el castillo de Barba Azul: notas para la redefinición de la cultura (1971) -un tour d'horizon mirando a la civilización europea de posguerra- aborda precisamente ese problema, haciendo hincapié en la disociación entre cultura y progreso moral que acompañó a las atrocidades del nazismo y el estalinismo. El volumen, breve y abigarrado, se ha convertido en un clásico de la crítica cultural, al tiempo que señala un momento cardinal en la obra de Steiner. Los setenta fueron sin duda su década más fructífera. Además de un acreditado libro sobre Heidegger, docenas de ensayos para The New Yorker (que aparecerán recopilados por primera vez este año), un libro sobre ajedrez y potentes ficciones, Steiner escribió la que quizá sea su obra más importante, Después de Babel (1975), un estudio que guarda con la disciplina hoy conocida como translation studies una relación análoga a la que Orientalismo, de Edward Said, mantiene con respecto al poscolonialismo.
En la última década, Steiner ha escrito libros que pueden pensarse como epílogos a sus ideas fundacionales (también se ha acentuado su preocupación por el final de la cultura; en Gramáticas de la creación, de 2001, se denomina a sí mismo un «terminalista» y llega a confesar que le obsesionan las «sombras de Occidente»). Con la excepción de Errata, una autobiografía tan exquisita como esquiva, aquellos libros reúnen ensayos publicados o conferencias; Las lecciones de los maestros, quizás el más original del conjunto, se desprende, por ejemplo, de las Charles Eliot Norton Lectures, dictadas en Harvard. El talento de Steiner para el epigrama, la comparación imprevista, la frase impregnada de historia literaria, están como siempre presentes pero, quizá por su oralidad o fragmentariedad inicial, muchos de estos textos acusan cierta falta de rigor. Steiner, superinformado, flota a veces a un nivel de generalidad o presentimiento anhelante que es lo contrario del verdadero análisis. Esta obra tardía suscita la pregunta de qué queda después de los epílogos.
De acuerdo con una metáfora popular, el saber es una esfera: cuanto más se expande, más aumentan sus puntos de contacto con lo desconocido. Aunque infinito, lo desconocido presenta un límite tangible. Steiner sugiere que algo similar ocurre con lo no escrito, lo intelectualmente inexplorado: «Un libro no escrito es mucho más que un vacío. Acompaña a la obra que uno ha hecho como una sombra irónica y triste». Los libros que nunca he escrito nos ofrece siete de esas sombras. El título español, debe reseñarse, es uno de los aciertos de la fluida traducción de María Cóndor. La palabra clave es «nunca», cuya dirección temporal hacia el pasado y el futuro reproduce muy bien la duplicidad del original, My Unwritten Books. Steiner deja bien claro que estos libros ya no se escribirán; para retomar una frase de Gramáticas de la creación, he aquí un «in memoriam de los futuros perdidos». En varias ocasiones Steiner ha señalado la relación entre los tiempos y modos verbales de la irrealidad -futuros, subjuntivos, optativos- y la capacidad humana de pensar a contrapelo de los hechos, de imaginar, con toda la fuerza etimológica del verbo. «La esperanza y el miedo -ha dicho- son ficciones supremas que reciben su poder de la sintaxis». La melancolía también recibe su poder de la sintaxis («qué hubiera pasado si...»). Y, en más de un sentido, éste es un libro melancólico.
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