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Revista Hispano Cubana 20 Revista Hispano Cubana

Guillén y el problema racial (blanco) en Cuba

por César Leante
Revista Hispano Cubana nº 20, otoño 2004

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Con el título de "El Blanco: he ahí el problema" el gran poeta cubano Nicolás Guillén publicó en el Diario de la Marina de La Habana el 9 de junio de 1930 un artículo en el cual categóricamente afirmaba: "El negro, pues, no tiene en Cuba más problema que el enunciado, y mientras el blanco no se disponga a reconocer que, en igualdad de condiciones, debemos disfrutar de idénticos derechos, no se habrá dado un solo paso firme en el acercamiento de los dos grandes núcleos que integran la población cubana".
Hoy, a más de setenta años de haber escrito Guillén ese trabajo, en Cuba no se ha producido el acercamiento entre blancos y negros pedido por él. Veamos por qué.
El exilio cubano ha sido comparado con la diáspora judía y la comparación es acertada, pues del mismo modo que el pueblo hebreo tuvo que dispersarse por el mundo tras la conquista de la antigua Palestina por los caldeos y la posterior expulsión de sus territorios por los romanos, así, lenta pero imparablemente, los cubanos se han visto forzados a emprender el camino del éxodo.
De este modo, contra alrededor del veinte por ciento de los habitantes de Cuba, la Revolución ha ejercido un racismo perpetuo e implacable. Oculta bajo el manto de lucha de clases lo que ha estado siempre presente es la xenofobia. No se le han ahorrado insultos a ese alto número de cubanos (unos dos millones) que hoy viven en el destierro. Primero se les llamó burgueses porque pertenecían a la clase rica, porque eran dueños de industrias, de comercios, de fincas rurales y urbanas. Fueron los "siquitrillados", los primeros a los que la Revolución despojó de sus bienes, intentado pasar esto como un acto de justicia social ya que eran "explotadores" y explotar a un explotador es una vindicación. Pero después vinieron los profesionales, médicos, ingenieros, abogados, técnicos, pertenecientes a la clase media y entonces se les tachó de "desertores" y "vendepatrias" que cambiaban su suelo por un plato de lentejas.
Por último les llegó el turno a los empleados, obreros, campesinos, esto es a personas que no tenían otra cosa que sus brazos y su cabeza para ganarse la vida. Como no se les podía tildar de burgueses ni de "traidores", el racismo revolucionario escogió el término de "escoria".
El Gobierno cubano debió comprender que esta fuga masiva de población, fundamentalmente blanca, era perjudicial para el país. Cualquier gobernante sensato se había dado cuenta de que una nación no puede prescindir así de sus ciudadanos y hubiera tratado de ponerle coto a aquel alud migratorio, atendiendo a las razones de los que se marchaban procurando entender el porqué de su malestar, las causas que los llevaban a realizar tan drástico extrañamiento.
Pero no lo hizo. Lejos de escuchar sus motivaciones lanzó contra ellos la xenofobia social. Como es harto sabido, mediante los llamados "actos de repudio" les volcó encima el odio de sus conciudadanos, de los que hasta ayer habían sido sus compañeros, sus amigos, aun sus hermanos, en una suerte de actualizados pogromos.
De la misma manera que España desequilibró su estabilidad ética, social y económica expulsando a los judíos y a los moros, Cuba igualmente se desestabilizó al obligar a ir al destierro a un número tan avanzado de su población blanca. Aquel desastre histórico le acarreó a España el fanatismo inquisitorial y el absolutismo político, que capitaneara la contrarreforma y que no conociera la revolución industrial. El exilio cubano, asimismo, le ha ocasionado a la isla, entre otras cosas, la pérdida de un material humano quizás irremplazable, y lo que es peor: tal vez irrecuperable, así como la tendencia retroactiva que en estos momentos muestra hacia un sistema de plantación, esto es, el que imperó -¿impera?- en islas caribeñas como Jamaica, Barbados, Martinica.
La violencia que se ejerce contra cualquier conglomerado humano (o parcela de él), sea éste blanco, negro o amarillo, es racismo. Y esa violencia se ejerció y se sigue ejerciendo contra una no corta parte de los habitantes de Cuba, si bien hay que apuntar que en este momento se ha vuelto a los periodos más repudiables de la historia de Cuba, justamente a aquel que llevó a Nicolás Guillén a hurgar con dolor, y escribir: "Junto a su condición de cubano el hombre oscuro arrostra su condición de negro". Pues notorio es el que al presente el negro está excluido de las esferas de poder en Cuba y de los renglones más apetecibles de su moribunda economía, como el turismo por ejemplo. Tanto es así que el popular cantante negro Gustavo hizo en 1994 esta observación: "Las empresas de turismo parecen empresas de África del Sur en los tiempos de Pieter Botha; tú vas allí y todos son blancos, y yo me digo: "¿Dónde estoy, en Holanda?".
Desde un Más Allá en el que Guillén no creía, el poeta mulato contemplará aturdido que blancos y negros -qué están mezclados en su sangre: sus dos abuelos de su bellísima balada- no se han acercado por una unión fraternal entre estos dos grandes núcleos étnicos constitutivos de la población cubana, sino porque las retorcidas estrategias del poder los ha igualado en la discriminación. Y atónito verá cómo su poema Tengo, que él creyó paradigmático de la Cuba revolucionaria y de la alcanzado redención del negro, es de hecho subversivo en la Cuba de hoy y no hay prensa que se atreva a reproducirlo ni recitador a decirlo, sin duda porque entre sus líneas se lee: "Tengo , vamos a ver,/ que siendo un negro/ nadie me puede detener/ a la puerta de un dancing o de un bar./ o bien en la carpeta de un hotel/ gritarme que no hay pieza (...)".
Sobra aclarar que ahora los cubanos -negros o blancos, el color de la piel no importa- no pueden entrar en hoteles como el Cohíba, el Nacional o el Habana-Meliá porque estos albergues de lujo son exclusivamente para extranjeros.
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