En la Unión Europea, de acuerdo con la experiencia histórica, tiene un valor estrictamente retórico -como prótesis de la virtualidad institucional- aquella acción política que plantee la utopía como sístole y diástole de un determinismo de integración y de supranacionalidad in progress . Lo que estamos viviendo es la adaptación de los Estados-nación de Europa a un nuevo orden económico y a su redimensión, pero no a su extinción. Es más: el fracaso del Tratado Constitucional ha impuesto conclusiones que, si bien a menudo no se explicitan, resultan contundentes: más allá del eurorrealismo solo hay verbalidad. La Europapotencia será practicable, en su caso, por transacciones entre intereses nacionales y no por su eclipse en nombre de la idealidad supranacional. De otro modo, la persistencia en el irrealismo incrementará hasta extremos grotescos la distancia entre los pueblos y la Europa institucional.
En los próximos años, el eurorrealismo ha de consistir en tramar con consistencia la Europa de los Veintisiete, comenzando por reformas económicas y relegando los experimentos institucionales. Por su parte, los objetivos más positivos del euroatlantismo serían consolidar consensos trasatlánticos sobre mínimos muy construidos y desbrozados.
Sobre Iraq el dilema es el de la botella medio llena o medio vacía; respecto a Irán, los matices son los del palo y la zanahoria. La envergadura del enigma chino puede alterar el lenguaje del orden internacional. ¿Será la Unión Europea una potencia o se limitará a estar presente como un espacio en no poca medida al margen de un mundo en el que el nuevo orden internacional se esboza con oleoductos, contrafuegos antiterroristas, registros de patentes, megafusiones y grandes migraciones? Todo lo que sabemos es que orden y caos suelen ser un relato más brutal que contemplativo.